Espejito, espejito, sabio consejero, saber quién es la más hermosa …tú mi reina, eres la más bella del reino.
Y cuando Blanca Nieves crece, cuando su adolescencia deja entrever los hermosos atributos que le acompañarán durante toda su vida, convirtiéndola en una joven y bella mujer, aquella que hasta el leal y obediente, pero al mismo tiempo sincero espejo reconocía como única, la estocada en el corazón de la madrastra no se hizo esperar.
Surgieron desde lo más profundo de su corazón, el miedo y el horror de perder su lugar, su reino, su belleza, su poder y probablemente al amor de su vida.
Su única esperanza para continuar dominando y controlándolo todo, incluida su propia existencia, era, eliminar a la única amenaza que se hacía cada vez más clara, más real y asfixiante, la bella BLANCA NIEVES.
A veces, los cuentos de hadas, son mucho más que eso, son una manera de expresar realidades inconscientes de forma tal, que sean accesibles a nosotros sin representar aparentemente una amenaza.
Blanca nieves, enfrentada a una mujer llena de rabia, de miedo y de envidia, debe pasar toda suerte de obstáculos y peligros para sobrevivir, y lograr posicionarse ahora, en su nuevo lugar. El de una reina, el de la única dueña de aquel tan controvertido y peleado reino. Deberá luchar contra su rival para tomar lo que le pertenece.
Nada diferente de una realidad. Pero una que de verse como es, puede llegar a aterrarnos.
El ser humano es también mamífero, un ser que tiende a dominar y defender su territorio, y una hembra es además mucho más celosa de su rol, de su trono, de su poderío.
Cuida su nido, cuida a su familia, a su macho y a sus crías, proveyendo lo necesario para su supervivencia y defendiéndolos de cualquier amenaza externa. Todo ese reino le pertenece.
Una hembra, es territorial, y probablemente impulsiva. Tiende a ser dominante y hasta cierto punto, controladora.
Y por un largo tiempo, todo este trabajo le sirve para mantener viva a su manada. Una manera diferente de la de los machos que, si bien protegen, cuidan y mantienen al rebaño, la hembra cautelosa observa y controla manteniendo todo en su lugar.
Pero, ¿qué pasa cuando una cría hembra crece y se convierte en una futura reina?
¿Dos hembras viviendo bajo el mismo techo? ¿Será esto posible sin los enfrentamientos que naturalmente se producen con el único objetivo de dominar el territorio?
Estamos acostumbrados a ver, vivir y observar conflictos entre una pareja, una relación romántica que lucha cada día para mantenerse a flote y crecer en armonía. Luchas de poder, reconciliaciones, competencias, cambios y sufrimiento, pueden quedarse enanos ante la poderosa y fiera relación de una madre y su hija. La pequeña, simpática, amorosa y leal hija, la hija de mamá.
Una niña que crece, se desarrolla y comienza a tomar la forma de una gran hembra, una mujer, una evidente rival de la hasta ahora única reina y señora de la manada.
Nada fuera de lo natural, la lucha por dominar su territorio. La pequeña hija intenta mantenerse a flote, comprender realidades y la necesidad de encontrar sentido a su nuevo lugar, a aprender otras maneras de estar y de comportarse. Un proceso realmente difícil pero necesario para su posterior rol, el de tener y proteger a su propia familia.
Mientras tanto, debe encontrar su camino, darse cuenta que tiene por delante una ardua y tenebrosa labor al enfrentar a su reina, a su madre, para así poder seguir con su vida.
La tarea no es fácil, ni para la hija ni para la madre. Pues esta última debe enfrentarse con su propia realidad y toda su larga lista de miedos, de asuntos que se han quedado en el “olvido”, que se han guardado en lo más profundo de su corazón, para hacerse cargo de sus tareas cotidianas e importantes, dejando de lado, muchas veces, su propio crecimiento.
Este es el punto clave en esta tan intensa y poderosa relación. La madre sigue siendo un ser humano que siente y sufre, y muchas veces encuentra consuelo en un hábito no tan saludable, el hábito de enfermar, de lastimar, de manipular, de chantajear, solo para no enfrentarse y reconocer sus propias heridas. Convirtiendo a la hija en su mejor blanco.
Sin embargo, además de ser mamíferos, los seres humanos contamos con la razón, la inteligencia, las emociones, con la posibilidad de analizar, de darnos cuenta, con habilidades cognitivas que nos permiten, si así lo queremos, observar lo que sucede a nuestro alrededor, en nuestro interior y trabajar en ello. Pues entre tanto ajetreo por el cuidado de los hijos, una madre puede terminar llevando su vida de una manera automática y olvidar que ellos crecen y de un día para otro, ponerla de cara a su realidad, recordándole que el tiempo ha pasado, que tal vez no sea la misma mujer joven y atractiva que fue, y que tras olvidar que también es pareja y digna de ser amada, toca sus heridas mas profundas, y se llena de angustia, de ira y de celos, lo que puede provocar un constante ataque a quien se ponga en su camino.
Aunque no podemos evitar que nuestros instintos hagan su trabajo, con toda seguridad, podemos identificarlos, y fortalecer aquellas cualidades que nos hacen únicos, logrando así un equilibrio emocional.
La madrastra no deberá morir, pues tanto ella como Blanca Nieves, pueden sin duda alguna, resignificar su historia y entonces encontrar un nuevo sentido a su existencia, a esta nueva y fascinante etapa de vida. Para hacer posible una relación, si no amorosa, una relación de respeto, guardando siempre el lugar que corresponde a cada una y con su propio príncipe azul.
Y colorían colorado, este cuento se ha terminado.
Y RECUERDEN, TODO SALDRA BIEN AL FINAL. Y SI LAS COSAS NO ESTAN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.









