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El jubilado y la fosa, historias del valle de la desesperanza

Por Redacción
4 abril, 2022
En Especial
El jubilado y la fosa, historias del valle de la desesperanza

Romualdo Aguirre Hernández en su domicilio en Orizaba, Veracruz, muestra fotografías y el altar en honor a su hijo, Edgar Isaías Aguirre Alvarado, de 28 años, desaparecido en 2019.

Con una gorra cubriendo la mayor parte de su cabello blanco, botas, jeans y la esperanza bajo el brazo, el hombre se adentra a lugares sombríos, donde la muerte se regodeó con el sufrimiento de los hombres y se alió a los gobernadores de las tinieblas.

Con siete décadas y media de vida encima, el hombre se sumerge en terrenos que despiden olores a miedo y venganza en exterminios, aniquilaciones, masacres y carnicerías humanas.

Los intensos rayos del sol caen sobre su arrugada piel y Romualdo Aguirre Hernández busca indicios de cuerpos humanos, señales de su hijo perdido en una guerra sin fin.

Un machete y una varilla son sus armas para arrebatarle al olvido a su hijo Edgar Isaías Aguirre Alvarado de 28 años, desaparecido en 2019 en una zona de una lucha encarnizada y feroz entre grupos de la delincuencia.

Hubiera querido que en el primer día que se integró a las búsquedas en fosas clandestinas regadas por todo el estado pudiera recuperar a su niño. Lleva más de un año trabajando de sol a sol durante toda la semana escudriñando olores a carne podrida en las entrañas de la tierra.

Un machete le ayuda a desyerbar un área de tierra hundida y cuarteada, luego sumerge una varilla lo más profundo posible y, como en una cacería, olfatea cualquier tufo a gas, una mezcla de pestilencias salidas de cuerpos descompuestos.

Los últimos doce meses su vida los ha pasado entre restos humanos semienterrados, observando osamentas y percibiendo colores y olores de la sangre, grasa y restos que las brigadas de búsqueda llaman ‘la sanguaza’. Sus cansados pasos han recorrido campos del terror en Orizaba, Río Blanco e Ixtaczoquitlán.

Don Romualdo prende una vela en el altar que hizo en su casa, con la fe de que Isaías pronto sea localizado.

Obrero textil durante años, sabe tejer fino, tener paciencia para jalar la hebra que le llevará a ubicar a su hijo, el más cercano, con quien platicaba cosas de hombres.

En ocasiones, con el corazón constreñido, no necesita olisquear, la varilla arranca trozos de piel humana para mostrarle que ahí puede estar un hijo, una hija, un padre, una madre, un hermano o una hermana.

‘Lo que son las cosas, no encontramos a nuestros familiares, pero encontramos cuerpos de otras familias que, creo, es un consuelo, ¿verdad?’, se dice siempre, como con alivio.

Siguió los pasos de su esposa, Norma Alvarado, quien se unió a un colectivo de búsqueda de personas poco después de la desaparición de su hijo. Jubilado y sin su trabajo de cuidado de un área verde privada, se adhirió a los buscadores.

Hay días en que se le ve apartado, sentado en medio de la maleza, pensativo y solitario. El cansancio hace mella en su cuerpo, pero contento y motivado jamás detiene su lucha personal. Su deseo de encontrar a su ser amado acaba con la fatiga.

En las brigadas, los rezos para implorar el eterno descanso de las víctimas y las plegarias para agradecer que sus hijos finalmente dejan la oscuridad, son un aliciente para todos, incluido don Romualdo.

‘Siempre ha sido con la fe en Dios y de que nos ayude a localizarlo, a encontrarlo’, dice con voz entrecortada el hombre mayor.

La enfermedad que corroe

Veía a sus hijas inquietas. Llegaron sin avisar al hogar que las vio crecer. Se aventaban miradas cómplices. Era un lunes y su presencia en casa sorprendió a Romualdo y a Norma.

Las montañas que rodean Orizaba, como murallas naturales, brindaban un remanso a su vista, pero no a su seguridad. El Pueblo Mágico llevaba años conteniendo los intensos latigazos de violencia de su vecina Córdoba, una ciudad industrial donde una escisión de grupos delincuenciales la había convertido en un campo de batalla.

Elegante y pulcra, la ciudad era ejemplo de civilidad, modernidad y transformación turística, pero en sus entrañas, en sus profundidades, un movimiento trastocaba a los suyos, en silencio, temor y oscuridad.

—Papá, quiero hablar con ustedes, soltó una de ellas—. Él, sentado en el pequeño comedor de la cocina, y su mujer en la sala. —Mamá, ven, queremos hablar con los dos—lanzó su otra hija.

Intentando el menor daño, buscando las palabras adecuadas, si es que las puede haber para un momento similar, describieron lo sucedido:

—Queremos hablar de Édgar, no sabemos nada de él—. Y que la esposa recibió llamadas telefónicas avisando que lo tenían secuestrado y que querían dinero.

Fue como si Romualdo hubiera recibido un duro golpe en el cuerpo. Le invadió una desesperación, sintió como si una enfermedad hubiera ingresado a su ser y sus músculos se tensaron como ligas.

Su compañera recordó que justo ese sábado 18 de mayo del 2019 había hablado con su hijo, aquel hombre casado, dedicado a su taller de aluminio y cristales. Incredulidad.

‘Es que es una noticia que le dan a uno de golpe y no lo puede uno creer, no lo cree uno y yo también no lo creía, le digo, ¿cómo puede ser?’, trata de explicar sus reacciones, como si fuera necesario hacerlo.

En el centro de Orizaba, cerca de las tres de la mañana, fue la última vez que lo vieron, junto con dos amigos, en un sitio donde convivían. Los tres desaparecieron. Los sentimientos de rencor brotan contra los perpetradores.

‘Esos cuates son malos, malos’, asegura.

No andaba en malos pasos, dice. Cree que sus salidas de sábados a tomarse unas cervezas, fueron suficientes y el motivo para que se lo llevaran. Rememora cada ocasión en que pidió a su hijo dejar de tomar y llegar a buena hora a su casa.

Sus familiares los protegieron. Los aislaron de las agresivas llamadas para exigir dinero, de las negociaciones y de las angustias por tratar de juntar recursos. Solo sabían lo esencial del secuestro y de las exigencias de los captores. Así fue protegido su fracturado corazón y su salud mental.

Por eso sus pensamientos sobre lo sucedido dan mil vueltas. Y las explicaciones rondaron y rondan la cabeza del hombre de 75 años.

Desánimo y desilusión

A la distancia, veía a su esposa llorar a diario. Por las madrugadas se quedaba sentada en el comedor rezando e implorando a Dios por un milagro. Fuerte como le enseñaron que tenía que ser un hombre, se apartaba.

A veces trataba de darle palabras de aliento. Quería sacarla de ese letargo de tristeza, quería que dejara de sollozar, quería que todo fuera como antes, cuando Edgar Isaías estaba presente.

—Ya no llores porque te va a hacer daño, hija, tanto llorar y desvelarte, rogaba en esos eternos días de desánimo y desilusión—. Un ‘déjame’ con rabia contenida recibía.

Soportaba los malos momentos, aguantaba la respiración y el llanto. ‘Tú no sientes nada por tu hijo’, le recriminaba Norma porque no le veía llorar. Aguantaba el enojo, pensaba que era natural: era la madre, de ella había nacido y perder un hijo era difícil.

Se decía que debía tener tranquilidad para los días que venían por delante, porque en todas las cosas de su casa se extrañaba a su retoño. Más de un año aguantar los reproches: ‘déjame a mí, no te preocupes, tú no lo sientes’, le decía.

‘¿Cómo no lo voy a sentir?’, afirma, a la distancia, con un nudo en la garganta. Se sincera: ‘era mi único varón aquí en la casa, nada más cuando se encontró a una pareja, se fue’. Y se deshace en lágrimas.

Se respira dolor

A veces le rondan pensamientos de venganza, se imagina con un arma para ajustar cuentas; en ocasiones maldice las cárceles que mantienen vivos a los desalmados; en algunos momentos piensa en la muerte como único castigo; y lamenta la desidia ciudadana que da vuelta a la página a cada noticia de una desaparición.

Ha sido tan cruel la realidad que todo se ha normalizado: desapariciones, balaceras, secuestros, asesinatos. El dolor es el aire que se respira, que se nota en los rostros de la gente, que se vive a diario.

Aquel distanciamiento que sufrió de Norma quedó en el pasado. Cada vez que se alistan para iniciar la faena en los cementerios clandestinos, un sentimiento los une con pasión. Sus compañeros de colectivos los arropan y motivan.

‘Si usted viera cómo trabajamos, cómo se empieza a trabajar en un área en donde nos dicen que es positivo (posibles restos humanos en el terreno), es mucho trabajo, mucha labor que se hace para que después entren las autoridades y ellas se encargan de extraer el cuerpo”.

Sobrelleva el tiempo al lado de un muñeco de trapo con la ropa y los olores de su niño desaparecido. Un programa de su colectivo, le permitió tener la figura de su muchacho, como una forma de motivarse y guardar en la memoria los recuerdos.

Para una ciudad como Orizaba, pueblo mágico, de tradición y costumbres arraigadas, vivir de esta manera ha sido un duro y cruel golpe a la sociedad. Orizaba, a pesar de su enorme desarrollo económico de las últimas décadas, ha sufrido lo mismo que todo el estado de Veracruz, que todo el país. Hombres, mujeres, jóvenes, niños han desaparecido y han sido violentados de muchas maneras.

La gente se resiste a aceptar una realidad que supera a todos. Don Romualdo sigue buscando a Édgar, como si fuera la búsqueda de la fe y la esperanza misma; como si en esa búsqueda radicara ya día tras día y a cada momento, el único sentido de la vida. Como si buscar al hijo, a la hija, al esposo o al padre fuera el motivo de nuestra existencia.

Buscar, quizá con la única esperanza de alcanzar la paz y terminar con la incertidumbre.

Texto de Édgar Ávila Pérez

Fotos: Juan José Enríquez

Etiquetas: desaparecidos MéxicoEdgar Isaías Aguirre Alvarado desaparecidoRomualdo Aguirre Hernández entrevista
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