Fue una costumbre de algunas civilizaciones antiguas pensar profundamente en el nombre que recibirían los recién nacidos, pues éste determinaría su destino. Hoy no es así y la selección del nombre se ha vuelto una cuestión banal que muchas veces únicamente busca satisfacer los gustos y pulsiones particulares de los padres o perpetuar el nominativo que desde generaciones anteriores se ha repetido, privando a los recién llegados a este mundo de la oportunidad de poseer una identidad propia, libre de los vicios de su árbol genealógico.
Es arriesgado postular, como los antiguos, que el nombre encierra al destino, sin embargo, es al mismo tiempo innegable que el nombre, al ser una palabra, posee un significado, el cual, lo conozcamos o no, actúa sobre nosotros. Algunos nombres son bellos, tanto en su sonido y escritura como en su significado, pero otros son más bien engañosos, pues aunque podrían ser agradables a la vista y al oído, no lo serían tanto en su sentido, en lo que quieren decir en un nivel profundo.
Por el nombre somos y si alguien nos lo arrebata dejamos de existir, pues nuestra identidad va de por medio en esa palabra que nos asignaron al nacer. Por el nombre somos y por el nombre llegamos a ser. Pongamos como ejemplo a los antiguos griegos, en cuyos nombres se esconde el destino de sus hombres, de sus héroes y de sus dioses. El nombre del mirmidón Aquiles, por nombrar a un heleno destacado, significa ‘el dolor del pueblo’ y esto es porque cuando Aquiles participa en la guerra se convierte en una pesadilla para sus adversarios, a quienes masacra sin piedad, pero cuando decide no participar en los combates, el dolor que se presenta no es para sus enemigos, sino para su propio pueblo, el cual es derrotado irremediablemente. ‘Aquiles’ significa, a fin de cuentas, ‘dolor’ y esto lo sabían sus padres cuando le otorgaron su nombre. ¿Qué será de los infantes que reciben un nombre cuyo significado es desconocido para sus padres? Nombrar siempre debe de ser un acto consciente.
Un compañero de Aquiles es el salamita Ájax, cuyas características lo describen como un hombre robusto, de gran estatura, poseedor de una fuerza descomunal, cruel y sin miedo. Ájax peleó junto con Aquiles en la guerra de Troya y a la muerte de éste, Ájax pidió para sí las armas que Aquiles había dejado, sin embargo, éstas le fueron entregadas a otro insigne griego: Odiseo. La decisión produjo en Ájax una furia tal que entró en un estado temporal de locura que lo hizo desear la muerte de sus compatriotas, así que por la noche, mientras todos dormían, se escabulló en los campamentos griegos para terminar con la vida de sus iguales, lo cual la diosa Atenea no permitió y para proteger a Odiseo y al resto de los helenos produjo un encantamiento en Ájax que lo hizo creer que un rebaño que se encontraba ahí cerca eran los soldados de los que buscaba venganza. Ájax, loco y hechizado, masacró al rebaño y se llevó a un macho cabrío a su casa al que torturó hasta la muerte pensando que era Odiseo. Cuando la locura temporal cesó, Ájax descubrió que el cuerpo torturado no era el de Odiseo, sino el de un inocente animal y debido al arrepentimiento que sintió por haber terminado con la vida del rebaño, Ájax se suicidó. De lo anterior nos da cuenta Sófocles en su tragedia “Ájax”, leamos:
«No puedo decir lo que ocurrió afuera, sino que al regresar traía cogidos con ataduras toros, perros pastores y carneros: todo un botín de velludas bestias. Y cuando hubo llegado, lanzóse sobre ellas cortándole el cuello a unas y abriendo en canal a otras; otras aún fueron atadas e insultábalas cuales a seres humanos. Finalmente echóse de nuevo fuera y encaróse con un espectro; vomitando insultos contra los atridas y contra Odiseo; y regocijábase más cuanto más soeces eran sus palabras, celebrándolo con fuertes carcajadas. Después regresó a la tienda y lentamente empezó a recobrar el juicio. Pero así que vióse rodeado de bestias mutiladas y observó la tienda ensangrentada, rompió a llorar con amargo llanto y su desesperación subía de tono por momentos. Arrancábase los cabellos y por fin cayó entre las bestias destrozadas, donde permaneció largo rato silencioso.»
Pero no es en el estado de locura temporal en donde se encuentra el destino de Ájax, sino en su suicidio, veamos: después de que Ájax recobró la cordura, abandonó su casa y caminó toda la noche hasta un paraje desolado en el que hizo un agujero en la tierra en el que colocó en posición vertical una espada y luego de asegurarse de que la espada había quedado firme en la tierra y que nada podría removerla, se lanzó sobre ella, muriendo al instante atravesado. La cuestión del destino se nos revela cuando revisamos el significado de ‘Ajax’ y descubrimos que esta palabra griega viene de ‘aia’ que significa ‘tierra’, precisamente el elemento primigenio sobre el que Ájax coloca la espada para quitarse la vida. La escena en la que este guerrero muere no es más que un símbolo de la tierra volviendo a la tierra, o del polvo volviendo al polvo.
Cierto es que la brevedad o longevidad de nuestra vida, así como la felicidad o desgracia de nuestra existencia no se encuentran ya escritas, pues el destino no es una posibilidad, sin embargo, es innegable que en el nombre que hemos recibido se halla plasmada, de manera simbólica, nuestra visión del mundo y la manera en el que lo recorremos, de ahí la relevancia de comprender el significado de la palabra que, por ahora, nos define en todo momento.
De la locura y muerte de Ájax, Odiseo y Minerva hablarán así: «—Odiseo: Siento pena por su desgracia, aunque sea mi enemigo, porque veo que no somos nada más que imágenes y sombras vanas. —Atenea: Como nace el día y desaparece, así todo lo humano.» Nuestro nombre es el sol por el que todos los días nacemos en la dimensión del significado y es por nuestro nombre que seremos recordados al partir, sin embargo, y replicando las palabras de la diosa de la sabiduría, un día nos apagaremos también en el recuerdo, pues sólo somos imágenes y sombras.
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