Dentro de lo que hemos aprendido a identificar como “democracias iliberales” destaca el uso de espantajos. Todas las semanas se sueltan borregos, que compiten por niveles de incredulidad, como parte de una estrategia coordinada para asegurar clientelas electorales. Así, esta semana tuvimos dos muy claros ejemplos. Uno de cara a las elecciones intermedias en los Estados Unidos y otro, alrededor de los significados de la marcha para “defender” al INE. En ambos casos se ha hecho crecer el bulo que no es un asunto partisano, de apoyar a tal o cual partido, sino acerca de la democracia. Mientras que en los Estados Unidos fue el partido Demócrata el que alentó tal monserga, en México es el sistema de partidos de la transición. Sin rechazar ninguna de las múltiples críticas que se pueden hacer a su gobierno, dominando ambas cámaras del legislativo, los demócratas pedían el voto para sus impresentables candidatos con el lamento “vote blue no matter who” (vota azul sin importar quién sea). Hacerlo por los republicanos según ellos era ir contra la democracia. Idénticamente, “la alianza opositora” en México arenga a marchar este domingo 13 sea en Ciudad de México o en al menos una docena de capitales estatales, entre otras ciudades, contra la reforma electoral propuesta por el presidente y su coalición de partidos. Tal cual, se dice es para salvar a la democracia.
El temor dentro del partido Demócrata tiene que ver con la ausencia de liderazgos que permitan certezas a mediano plazo. El presidente Biden es constantemente señalado por los evidentes síntomas de demencia senil y no se confía en la capacidad de la vicepresidenta para asegurar nada, mucho menos la elección del 2024. En el caso mexicano, la oposición a la coalición gobernante no ha logrado perfilar una candidatura creíble y confiable. Quiénes gozan del reconocimiento entre el electorado son tan deleznables que entregarían la elección a cualquiera seleccionado por el presidente. Ahí es que adquiere sentido el tremendismo con que se inventan espantajos usando restos y desecho de distintos orígenes; lo único que deben compartir es la capacidad de infundir temor. Así, en el caso estadounidense se dice—sin rubor—que el Republicano no es más el Gran Partido Viejo de Lincoln sino la degradación de Trump y sus “deplorables” hordas clamando “Make America Great Again (MAGA). Inexorablemente, se reitera es un descenso hacia el fascismo y no hay ausencia de epítetos con que esconder ambos partidos comparten la misma agenda corporativa. Para el caso mexicano, la reforma electoral no tiene forma de ser aprobada si los partidos de oposición tampoco ganan algo en ella. Pueden alterarse leyes secundarias y recortarse presupuestos, pero las posibilidades de avanzar en los cambios radicales como la elección de consejeros electorales por voto popular o reducir el número de legisladores son casi nulas. El trabajo legislativo cede no sólo ante el temor de que ciertos personajes sean perseguidos penalmente, sino también por la incapacidad de contar con una plataforma común mínimamente consistente. Más allá de nuevos logos y membretes vanos lo que se propone es una alianza de la reacción.
Mientras que en los Estados Unidos se perfila un empate en que los republicanos logran controlar la cámara de representantes y los demócratas mantienen el senado, en México la marcha ha logrado sacar de quicio al presidente. Ambos son logros indudables. En el primer caso se inicia desde ya la búsqueda de candidatos viables para la elección presidencial del 2024. Por parte de los republicanos serán Trump y el gobernador reelecto de la Florida DeSantis los primeros en apuntarse. Seguirá una docena entre gobernadores, senadores y representantes, a más de personajes del empresariado, pero esos dos definirán la agenda de la discusión. Sus diferencias son de estilo siendo del primero la desmesura y el segundo una versión más domesticada del mismo radicalismo. De manera irremediable, el séquito de Biden en las primarias demócratas volverá a hacer el simulacro ante los donantes que ahora quizás sí apuesten por la interseccionalidad del espejismo woke. Quién represente más elementos de opresión conjugada cotizará mejor, no en la realidad sino contra el espantajo de MAGA.
Por su parte, la supuesta defensa del INE no esconde la ausencia de propuestas, liderazgo e identificación de la alianza opositora con el electorado. Ese es el espantajo con el que se pretende capitalizar la extinción de la figura presidencial al fin del sexenio. Es de sobra conocido, no en este en todos los casos, que el carisma del líder no se transfiere ni al partido ni a sucesores. El presidente López Obrador deberá enfrentar así la que todos los presidentes priístas tuvieron como su más difícil decisión: asegurar su impunidad. No es secreto dónde radican sus preferencias, la duda es si dan para ganar en una lección abierta y limpia. Por su parte quién sí pueda hacerlo no necesariamente asegura lealtad más allá del día de la investidura. Respecto a este dilema es que se compondrá el amasijo opositor. Debiendo importar la trayectoria, capacidad y liderazgo de la candidatura, será simplemente quién pueda aglutinar más ira y resentimiento contra el gobierno actual. Esto, que en Estados Unidos se ha llamado “angry politics” (política de la ira o del enojo) tomará carta de naturalización entre nosotros. Cosas que eran impensables como votar por la reacción serán aceptables si nos convencemos de la mentira que no es por ella sino por la democracia.
Es mediante el uso de espantajos como las diferencias entre sistemas y tradiciones políticas tan contrastantes convergen. En su contrapunteo se hacen indistinguibles tanto estrategias como vacío de las propuestas. También es parte de la integración del NAFTA, por más que las diferencias institucionales sigan siendo abismales.









