Aunque parece una función pasiva, el sueño es un proceso tremendamente activo. De hecho, mientras dormimos, el cerebro no deja ni un momento de trabajar. Hace un trabajo distinto al de los periodos de vigilia.
El sueño, por utilizar una metáfora sencilla, vendría a ser como un taller de reparación al que llevamos el coche, que se lleva a cabo cada noche al dormir. El trabajo necesita de unas horas mínimas de dedicación. Si se duerme menos, habrá cosas que se queden sin supervisar y reparar.
El famoso Neurólogo argentino Facundo Manes, ha dicho que el sueño está asociado con funciones inmunes, endócrinas, de aprendizaje, memoria y juega un rol esencial en el bienestar emocional. Durante el sueño, por ejemplo y entre otras cosas:
Se consolidan nuevos recuerdos y aprendizajes y se actualizan los antiguos sobre la base de lo que acabamos de aprender. Se forjan nuevas conexiones neuronales y se fortalece la salud del cerebro a largo plazo.
Las neuronas sintetizan proteínas y otras moléculas que les sirven para recuperarse del desgaste sufrido durante la vigilia y mantener sus funciones. Se fortalece el sistema inmunológico. Las personas que duermen menos son más propensas a infecciones. Las vacunas tienen más eficacia después de una buena noche de descanso.
Se reduce la inflamación en el cuerpo. Se produce un descenso de la presión arterial y la frecuencia cardíaca, lo que permite que el corazón baje el ritmo y trabaje a menos revoluciones.
Se mantiene en orden el sistema endocrinológico, el que regula toda la producción de hormonas. Se produce un aumento de la hormona de crecimiento, que es fundamental en el desarrollo físico y cognitivo durante la infancia, pero también en la recuperación y la restauración de tejidos durante la adultez. Son motivos de peso para dormir.
Periodista. Catedrática de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la BUAP. Pionera en Puebla de noticiarios y programas de radio con perspectiva de género desde 1997.









