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Se tiene la creencia de que aferrarse a la vida a cualquier precio es un acto de amor y quizás así lo sea cuando uno mismo ha decidido luchar con todo lo que se tiene contra la muerte, sin embargo, hay casos en los que no es uno mismo quien toma esa decisión, sino los otros, y como ejemplo están aquellas personas enfermas que han caído en un profundo coma o en el abismo de alguna enfermedad terrible que no hace más que causar sufrimiento a quien la padece. ¿En estos casos, aferrarse a la vida, o mejor dicho, obligar a alguien a aferrarse, es también un acto de amor o de egoísmo? ¿Lo que se busca es la recuperación del enfermo o evitar la soledad del otro?
No es fácil elegir qué hacer con la vida cuando la salud está en decadencia. Hay quienes soportan el dolor con estoicismo y sin dar ni un paso atrás, pero también están los que se rinden y piensan, mas no lo dicen, en que sería mejor apagar de una vez y para siempre sus funciones vitales. Para quien no padece los estragos del dolor es fácil decir que nada está por encima del mantenimiento de la vida, tampoco faltarán quienes escudándose en un discurso religioso estarán en contra de adelantar la llegada de la muerte, sin embargo, solamente el que sufre conoce el filo de las espinas sobre las que camina..
El derecho a vivir, no es más importante que el derecho a morir. Un humanismo mal entendido ha condenado a muchas personas a padecer un sufrimiento injustificado y a llevar una vida degradante. Nuestras políticas públicas todavía tienen mucho trabajo por hacer en materia de garantizar una vida digna, y esto implica tanto a las personas que ya nacieron, a las que están por nacer y a las que, por situaciones extremas y adversas, no deberían nacer, y es que, aunque los ánimos se incendien, en ese afán de poner a la vida por sobre todas las cosas se han traído a este mundo a personas que nunca han conocido una realidad distinta a la del sufrimiento. El aborto y la eutanasia son los rostros de Eros y Tánatos, y mientras que a algunos se les obliga a nacer, a otros se les prohíbe morir, siendo el sufrimiento una condena inmerecida.
Reflexionar en torno al tema de la muerte no es sencillo, la mayoría de las personas evita el tema por considerarlo tabú y por suponer que al hablar de la muerte se le está invocando. A la muerte se le rehuye, principalmente, por dos cuestiones: el temor a dejar de existir, y el horror que causa el suponer que la antesala de la muerte es el sufrimiento, aún cuando no es siempre así. La primera cuestión es menos frecuente que la segunda, no son muchas las personas que hacen una pausa en sus actividades cotidianas para imaginar cómo será el mundo cuando ellas ya no existan, sin embargo, cuando se adquiere consciencia de la finitud propia y que un día todo aquello que uno ha conocido desaparecerá con la muerte propia, la vida no vuelve a ser la misma, pues ver cómo todo envejece y se acaba es inevitable. En cuanto a la segunda cuestión, que el sufrimiento es la antesala de la muerte, tiene sus excepciones, como las muertes súbitas por algún accidente, o el infarto que produce un paro cardiorespiratorio y que si bien podría generar cierto tipo de dolor, éste no será mayor a los segundos que tarda el cerebro en desvanecerse. Pero esta segunda cuestión tiene también su parte terrible y en ella están todas aquellas personas sometidas a un sufrimiento que dura meses o años antes del desenlace.
La fe en el más allá, en la vida ultraterrena, es uno de los alivios más socorridos por quienes se acercan a la inexplicable experiencia de la muerte, inexplicable no desde el punto de vista matérico, sino filosófico y espiritual. ¿Qué pasa después de la última exhalación? ¿Es la muerte el final o tan sólo un paso a una nueva manera de ser? Realmente nadie lo sabe y si bien la fe tiene certezas con respecto a lo que hay más allá de la expiración, la ciencia conserva sus dudas. Pero si se le teme a la muerte es, además, porque nos hemos esforzado, desde hace milenios, por ensombrecerla, por hacerla semejante a las tinieblas e identificarla con imágenes horrendas que no hacen sino avivar las más terribles fantasías.
¿Qué pasaría si hiciéramos lo contrario y representáramos a la muerte como el estado ideal de la existencia (aún sin saber si después de este paso hay alguna forma de existencia)? ¿No sería mejor, acaso, que en lugar de fingir que nadie morirá, se practicara una pedagogía de la muerte desde la infancia? El pensador, Arthur Koestler, en su obra En busca de lo absoluto, habla en estos términos de la muerte:
«Tras haber hecho campaña en favor del derecho a vivir de quienes han sido condenados a muerte, me parece apropiado hacerla en favor del derecho a morir de aquellos condenados, por principios erróneamente humanitarios, a una prolongación dolorosa y degradante de la vida. Cuando la gente habla del “miedo a la muerte” a menudo hablan de dos tipos de miedo: Uno es el miedo al estado de muerte (o no existencia); el otro, el miedo al proceso de morir, a la agonía de la transición hacia ese estado. Los místicos de todas las religiones siempre han afirmado que una gran fe en la vida después de la muerte no sólo priva a la tumba de su victoria, sino también a la muerte de su aguijón. En otras palabras, la fe mística puede producir una forma de eutanasia: una muerte pacífica del cuerpo. El escéptico puede decir que se trata de un efecto de placebo; es lo mismo.
Un país desconocido cuyo único acceso atraviesa una cámara de torturas resulta atemorizador. Y al revés, la perspectiva de quedarse tranquila y beatíficamente dormido no sólo es un alivio, sino que puede ser auténticamente deseable para abandonar este adolorido cuerpo mortal y regresar al estado de nonato. Sólo el proceso de transición, de volver al estado nonato, nos vuelve a todos cobardes. Todo el concepto de la muerte como estado sería más aceptable si morir fuese menos horrendo y espantoso. Así, la eutanasia es algo más que la simple administración de un analgésico letal: es un medio de reconciliar al hombre con su destino.»
Nacemos sin pedirlo y al final no queremos irnos, en todo esto, practicar una pedagogía de la muerte desde la infancia es la clave para reconciliarnos con el destino.









