Incapaz de reaccionar por sí misma, de aplicar de inmediato sus propios reglamentos y códigos para mostrar su fuerza coercitiva aplicando sanciones o medidas en caso de incumplimiento de sus normas y así mandar un mensaje que sirva de ejemplo a eventos futuros, doña Fede y Las Chivas dejaron ir esta valiosa oportunidad para actuar agazapados como siempre, dejando pasar las cosas esperando que la amnesia colectiva haga su trabajo.
El tema de Chicharito fue tendencia durante varios días y doña Fede solamente reaccionó y actuó cuando desde Palacio Nacional les dieron una nalgada en la mañanera con la declaración y postura de la presidenta a pregunta ex profeso sobre el tema. NO tengo pruebas, pero tampoco dudas de que si este tema NO hubiera llegado a este escenario, doña Fede lo hubiera dejado pasar como acostumbra
Lo que son las coincidencias. Con muy pocos días de diferencia, en Palacio Nacional se volvió a tocar un tema sobre implicaciones de misoginia en las conferencias. Los dos casos con personajes ligados a nuestro futbol. Antes le tocó a Salinas Pliego, ahora a Javier Hernández. Con el jugador hubo cartita de doña Fede y multa; con el empresario dueño del Puebla, Mazatlán y un porcentaje del Atlas, un silencio absoluto.
Depende “el sapo”…
Las declaraciones y posturas personales en sus redes sociales de ambos personajes merecieron un trato muy distinto de las autoridades futbolísticas, algo común en doña Fede, que aplica el reglamento y códigos a conveniencia, dependiendo de si es amigo o enemigo, si el involucrado es general no se le aplica igual que al soldado raso. El actuar y sancionar siempre de forma discrecional.
Podemos estar en total desacuerdo o a favor de las posturas personales que ambos hicieron públicas, pero lo que debemos entender es que, por absolutamente desafortunadas que creamos que hayan sido, es su manera de pensar, su manera de entender las relaciones hombre-mujer, su manera de actuar, en síntesis, es sin duda el pleno ejercicio de su libertad de expresión, nos guste o no.
Y justo en este término es cuando debe centrarse el debate. Cierto, la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero también es innegable que esta NO es absoluta y tiene límites para la protección de otros derechos y valores. ¿Dónde termina la libertad de expresión? Los juristas coinciden en que termina justo donde comienza el daño a la reputación, a la dignidad, donde incita a la violencia, el odio o la discriminación, entre otras acepciones.
¿Libertad o libertinaje?
En estos tiempos tan complicados, en todos los sentidos se esperaría que dos personajes tan importantes que son públicos tuvieran plena conciencia de que los comentarios hechos en redes sociales ya no son posturas estrictamente personales, pues entran en el terreno de lo público y por consecuencia a las restricciones legales, morales y éticas sobre la libertad de expresión.
A esa “conciencia”, madurez, sensatez, prudencia y congruencia en lo que se debe o no se debe decir públicamente también se le conoce como «el deber ser». ¿Qué es el deber ser? Se refiere a las normas, principios o expectativas que rigen cómo algo o alguien debería actuar, comportarse o ser, en contraste con la realidad actual o el «ser». Es un concepto fundamental en ética, filosofía y derecho, que establece un estándar de conducta deseable o esperado.
Para hacerlo más entendible, el deber ser es lo que se considera correcto, justo, moralmente aceptable o legal, según un sistema de valores o normas establecido. Por ejemplo, en ética, el deber ser podría referirse a la obligación de ser honesto o justo.
Este concepto del llamado deber ser también plasma por escrito en algunos de los contratos laborales que firman los futbolistas con sus clubes a los que cada día son más restrictivos en muchos sentidos, más en los nuevos tiempos de redes sociales, que suelen ser como la “santa inquisición”.
El caso Carlos Albert-ESPN
En alguna cláusula del contrato laboral se puntualiza que el jugador en sus propias redes sociales y con cualquier comentario personal no debe trasgredir las normas que contempla el deber ser; en caso contrario, aunque sean sus propias redes sociales, le da al club la atribución de sancionarlo de muy distintas maneras, dependiendo de la gravedad del tema.
No es un tema nuevo. Desde hace años, jugadores y hasta comunicadores firman contratos laborales en donde prácticamente “alquilan” sus redes sociales a sus contratantes que, en la mayoría de los casos, les restringen algún tipo de opiniones y temas delicados para evitar problemas legales y mediáticos.
El ejemplo más conocido sobre la incorporación de cláusulas restrictivas a las opiniones en redes sociales de los contratos fue la salida del querido y polémico Carlos Albert de la cadena ESPN en el 2017, por poner tuits sobre la transmisión del debate presidencial que se empalmaba con un juego de la Liga MX.
Para no dejar dudas sobre lo que relato, la explicación sobre el tema salió de la pluma y letra del periodista en la columna del diario La Afición, que a continuación reproduzco de forma textual:
«Consideré importante darle salida a mi creencia de que la preferencia de TV AZTECA por el futbol carecía de sentido social, y aprovechando MI TWITTER PERSONAL, envié varios mensajes invitando al público a darle la espalda al futbol y ver el debate en ese horario”
El comentarista asegura que de inmediato recibió una llamada de su jefe en ESPN asegurando que sus mensajes en redes sociales habían enfurecido a «mucha gente dentro y fuera de la empresa», por lo que le pidió «no trabajar el próximo domingo» a reserva de que le informaran lo contrario.
«Finalmente, se me comunicó que mis jefes en ESTADOS UNIDOS habían decidido dar por terminada la relación laboral «PORQUE MIS TWITTERS INVITANDO A NO VER EL FUTBOL ATENTABAN EN CONTRA DE UN SOCIO COMERCIAL DE LA EMPRESA».
Redactó así usando mayúsculas el buen Carlos Albert, en aquella columna del 2017.
CH14 se disculpa
Estamos hablando de un evento sucedido hace ocho años y de opiniones sobre un tema político, no de misoginia, no de discriminación, que hoy se ha vuelto mucho más complejo. De aquel tiempo a la fecha todo se ha magnificado, hay más redes sociales, hay más hipersensibilidad para temas delicados; por ende, hay contratos más y más restrictivos con comunicadores y jugadores sobre el uso de sus redes sociales y opiniones.
Tanto escaló el tema de Javier Hernández, que tuvo que emitir un texto en sus redes sociales ofreciendo una disculpa pública a quien pudieran haberle causado malestar o confusión sus palabras, mencionando que nunca fue su intención limitar, herir ni dividir, y se comprometió a expresarse con una mayor claridad y sensibilidad en temas tan delicados.
No sé qué opine usted al respecto, quizá también esté atrapado y confundido entre lo que es una opinión y en qué momento, forma o circunstancia debe guardarse para sí mismo, sin compartirlo de forma pública. El debate seguirá abierto, para muchos es un atentado a la libertad de expresión, para otros una incitación a la misoginia, a la discriminación del género.
Pero más allá de con qué postura se identifique usted, en lo que hay una plena unanimidad es que desde hace ya mucho tiempo al jugador NO solo se le contrata y paga fortunas por anotar o evitar goles; sus obligaciones crecen exponencialmente con la fama y los nuevos tiempos. Los clubes pagan por su talento en la cancha y por evitarles problemas mediáticos en redes sociales.
La fama no es sencilla y quien la obtiene, además de dinero, tiene responsabilidades de conciencia ética e imagen ineludibles. Bien me dice un amigo, en forma de chiste, sarcasmo y verdad: “¿Quién dijo que la vida de artista es fácil”?
«El deber ser no es una imposición externa, sino una elección interna hacia la virtud. Es la ética que nos impulsa a ser mejores personas y a construir un mundo más justo”.
Foto de Instagram @ch14_
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