Según la presidenta Sheinbaum, México se ha consolidado como el país “más democrático del mundo”. Una afirmación, por decir lo menos, temeraria. Se sostiene, nos dicen, en la elección popular de los tres poderes, en la participación ciudadana, en el espectáculo de la revocación de mandato y en las reformas constitucionales.
Es la narrativa mañanera. Y aunque en la calle pocos la compran completa, ha logrado sostenerse gracias a ese peculiar acuerdo de simulación que, para mal, hemos normalizado entre sociedad y gobierno.
Pero tenían que venir los suecos con su V–Dem 2026 a pinchar la burbuja. No sólo la nuestra: la de medio planeta. Incomodando a la 4T, y a tres cuartas partes del mundo que todavía se cuentan la historia de que viven en democracia.
La tesis central es brutal: la democracia, como la conocíamos, va de salida. No desaparece de golpe, se va erosionando hasta quedar la pura cáscara. Y México, según el Instituto V-Dem, ya cruzó esa línea. Dejamos de ser una democracia. Somos, sin rodeos, una autocracia.
Aunque haya elecciones.
Hoy votar ya no garantiza democracia. Ahí empieza el problema. En México, bajo el liderazgo de la doctora Sheinbaum, se consolida un modelo donde las formas permanecen, pero el fondo se diluye. Urnas hay… competencia real, cada vez menos.
El reporte es particularmente duro al clasificar a México como una “autocracia electoral” en zona gris. O sea: un régimen que aún conserva ciertas apariencias democráticas, pero que ya cruzó suficientes líneas como para dejar de serlo. Y lo más preocupante es que los países que entran en esta zona rara vez se quedan ahí. Lo normal es que al año siguiente empeoren.
Si hay dudas sobre hacia dónde vamos, basta con mirar lo que está ocurriendo con el INE. El proceso de renovación de consejeros, que debería ser técnico, transparente y orientado a blindar la imparcialidad del árbitro electoral, empieza a oler a una tentación apenas disimulada de capturarlo.
El V–Dem no es sólo un diagnóstico; es una advertencia. Los países que cruzan a esta zona no suelen detenerse. Primero debilitan a las instituciones, luego las ocupan y, finalmente, las normalizan como extensiones del poder. Cuando el árbitro pierde autonomía, real o percibida, podrán seguir habiendo elecciones… pero cada vez habrá menos democracia.
Lo vimos en otros países donde el deterioro fue paulatino, casi imperceptible al inicio. Cuando uno quiere reaccionar, ya no hay mucho que defender. En ese sentido, lo de México no es una anomalía; es un patrón.
Y peor aún: México no cae solo. Durante años, América Latina fue vista como una región en proceso lento, sí, pero constante, de consolidación democrática, con México a la cabeza. Hoy, esa narrativa se desmorona. El retroceso mexicano pesa. Por tamaño, por influencia, por simbolismo. Hoy estamos contribuyendo activamente al deterioro democrático de la región.
No estamos hablando de un tropiezo sexenal. Esto es, como bien apunta el reporte, una tragedia generacional. Los retrocesos democráticos no se corrigen con un cambio de gobierno ni con una buena elección. Revertirlos toma años, a veces décadas. Implica reconstruir instituciones, restablecer contrapesos, recuperar confianza pública. Es cirugía mayor.
Y por mucho que nos repitan que aquí “sí hay elecciones”, el punto es otro: están cada vez más condicionadas. Más cargadas. Más controladas. Lo que antes era un juego con reglas claras, hoy es un terreno inclinado. Y no sólo de facto, con presiones, clientelismo y uso de recursos públicos, sino cada vez más de manera legal.
Ese es el verdadero cambio de época: la captura ya no se da en lo oscurito.
Las reglas del juego se están rediseñando desde el poder, con el aval de quienes deberían equilibrarlo. Y en ese proceso, los partidos han decidido participar. Algunos por convicción, otros por conveniencia, varios por simple supervivencia. Pero el resultado es el mismo: un sistema que simula competencia mientras concentra poder.
Las “democracias liberales”, esas donde hay división de poderes, libertades civiles, prensa crítica e instituciones autónomas, empiezan a parecer un lujo del pasado. No sólo es México. El V–Dem 2026 deja claro que incluso países que eran referencia mundial hoy muestran signos de desgaste.
Nadie está a salvo. Pero eso no nos exime. Al contrario: nos obliga.
Porque si algo muestra la evidencia comparada es que la caída no es inevitable, pero sí probable si no se reacciona a tiempo. Y el tiempo, en estos procesos, es un recurso escaso. Los países que logran revertir la autocratización lo hacen relativamente rápido, apoyados en tres pilares: instituciones fuertes, sociedad activa y presión sostenida.
Hoy México no tiene ninguno en plenitud.
Las instituciones han sido debilitadas o capturadas. La sociedad civil resiste, pero bajo presión. Y la discusión pública se ha ido estrechando entre polarización, propaganda y autocensura.
No es un buen punto de partida.
Pero tampoco es un punto final.
Porque si algo duele del V–Dem no es sólo el diagnóstico, sino el espejo que nos pone enfrente. Nos obliga a dejar de repetir que “aquí no pasa nada” y a preguntarnos, con seriedad, qué estamos dispuestos a hacer para que sí pase algo.
Defender la democracia no es un acto romántico. Es mera supervivencia.
Un abrazo










