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Una burbuja y una sombra

Por Miguel Ángel Martínez Barradas
17 diciembre, 2021
En Análisis
Una burbuja y una sombra

Los peces viven en el agua, flotan, avanzan y descansan inmersos en este elemento del cual son inconscientes, a pesar de que es gracias a éste que su vida está asegurada. Los peces viven en el agua sin saber que están en ella, pues no pueden verla, sin embargo, es por su instinto de supervivencia que de alguna manera “saben” que hay un límite infranqueable del cual deben de huir y este es el de la superficie, aquella línea en donde el agua se hace aire y nadar resulta imposible. Los peces viven en el agua, no pueden verla, saben que hay un límite, pero son inconscientes de todo lo demás. Los peces viven en el agua sin saber que viven.

Así como los peces viven en el agua sin ver el agua, los hombres viven en el aire sin ver el aire, aunque hay una diferencia: los hombres saben que el aire existe. Sin embargo, saber que el aire existe no es suficiente para ser verdaderamente conscientes de lo que la existencia del aire implica, como tampoco saber que el aire existe asegura la comprensión de la existencia del agua ni de los peces que la habitan. ¿Acaso, de alguna manera, no somos semejantes a los inconscientes peces que no ven el agua? Pues, aceptémoslo, todos los días vamos por la vida sabiendo que el aire existe, pero siendo inconscientes de su presencia. Si fuera lo contrario no sólo notaríamos la presencia del aire, sino que, además, sabríamos cuántas veces se han inflado nuestros pulmones gracias a éste desde que comenzamos a avanzar por estas ideas. Respiramos más por instinto que por consciencia y eso no es precisamente saber que el aire existe. Somos peces esclavizados a su instinto de supervivencia.

El aire es la fuerza que alimenta la vida, el libro del ‘Génesis’ lo refiere cuando menciona que Adán recibió el hálito de vida, ¿y qué es este hálito sino aire? Por el aire, tomado éste desde su lado simbólico y no químico (el oxígeno), la tierra levanta a las plantas, el agua impulsa a los peces, el fuego aumenta su tamaño y el hombre desarrolla sus aptitudes. El aire está ligado a la respiración y si bien ésta ocurre en los organismos aeróbicos de manera automática, eso no significa que no pueda perfeccionarse su uso a fin de mejorar la calidad de vida.

Las técnicas de la respiración consciente han sido desarrolladas principalmente en las diferentes culturas que conforman a la civilización oriental. La respiración consciente es el método de desarrollo de la consciencia que los occidentales llamamos simple y llanamente “meditación” y que, llevada a sus más altos grados de aplicación, asegura la “iluminación”, el “despertar”, la comprensión de todo cuanto uno es y existe. En este sentido, el iluminado, el despierto, el buda será aquel hombre consciente, en todo momento, del aire que le rodea.

La sinología es el estudio profundo de la cultura China, con seguridad, una de las más complejas y desarrolladas de oriente (la otra podría ser India). Con la apertura de las fronteras en el siglo pasado no fueron pocos los occidentales que se sintieron atraídos por la civilización China y que decidieron ir más allá de los libros para experimentar con toda su fuerza y vigor lo que implicaba vivir en las antiguas regiones asiáticas. En este sentido, el alemán Richard Wilhelm demostró tal pasión por la sinología que tradujo, por primera vez y a su lengua, algunos de los textos sagrados chinos más relevantes, por ejemplo, el ‘I Ching’ y ‘El secreto de la flor de oro’, escritos que no tardaron en ser traducidos al inglés y después al español.

De las mencionadas obras, es la de ‘El secreto de la flor de oro’ la que por ahora nos interesa, pues es en ésta en donde la práctica de la respiración consciente se explica a detalle, sólo que en un lenguaje que no cualquiera podría comprender y es que este texto, según explica Wilhelm, se redactó durante el siglo XVIII para un grupo esotérico (de “elegidos”) que lejos de buscar los placeres mundanos, adoptó el camino de la consciencia como única vía. De las vastas lecciones de esta obra, citemos las siguientes: «Lo que es por sí mismo se llama Tao. No tiene nombre ni figura. Es la vida una. El Gran Uno no tiene nada por encima de sí. El secreto de la vida es usar la acción para llegar a la no–acción. Se debe tomar entre manos el trabajo sobre la esencia. La Flor de Oro es la Luz. ¿Qué color tiene la Luz? Se toma la Flor de Oro como alegoría. Ésta es la verdadera fuerza del Gran Uno trascendente. Aunque el hombre viva en la fuerza (aire, prana) no ve la fuerza (aire), así como los peces viven en el agua pero no ven el agua. El Corazón Celestial se halla entre el Sol y la Luna (es decir entre ambos ojos). Todas las mutaciones de la conciencia espiritual dependen del corazón.»

“El secreto de la Flor de Oro” distingue dos corazones en el hombre. Uno es el de carne, aquel que parece un durazno y que se halla en el centro del pecho, siempre esclavizado su movimiento a los estímulos externos motivados por las buenas y malas experiencias. El otro corazón es el que está en medio de los ojos (¿la glándula pineal?) y cuya relación con el Tao (con la potencia única y original) es directa, pero que se encuentra dormida debido a nuestra incapacidad de reconocer el aire, debido a nuestra semejanza con los peces que no ven el agua. ¿Cómo remediar esta situación? “El secreto de la Flor de Oro” propone a la respiración como único sendero de perfeccionamiento, pues es el aire el que alimenta al corazón celestial que se halla en el entrecejo, justo el punto en el que incontables pueblos ubican al tercer ojo: el de la consciencia, el ojo que todo lo ve.

El taoísmo considera que una de las causas por las que el hombre es inconsciente del aire que lo rodea es por su temor a la muerte, y esto lo explica en un lenguaje simbólico: «Confrontado con Cielo y Tierra el hombre es como una criatura efímera. Pero, confrontados con el Tao, también Cielo y Tierra son como una burbuja y una sombra.» Considerando lo anterior, ¿vale la pena ser conscientes del aire sabiendo que no somos más que una burbuja y una sombra?

www.elmundoiluminado.com

Etiquetas: El mundo iluminadoMiguel Ángel Martínez Barradas
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