Generalmente, quien colabora en algún medio de comunicación (radio, tv, prensa, internet) concluye con una frase pegajosa conocida como rúbrica. (El combativo periodista Tomás Mojarro golpeaba con su puño derecho la palma izquierda, entrecerrada, y se despedía diciendo: “Por si esta fuera la última vez.”)
Hace años, paren una colaboración televisiva que tenía yo, se me ocurrió despedirme con la frase: “Y recuerden: desconfíen de quien no usa bien el idioma.”
Un día una señora me reconoció y, tras felicitarme por mi aportación a la divulgación del bien hablar, me dijo: “Le hice caso, y ahora desconfío de una vecina, pues había de oír cómo habla.”
Entonces me retracté, y volví a mi antigua frase sobre la lectura: “Y recuerden: si diez o veinte minutos al día leemos, uno o dos libros al mes leeremos.”
Y es que temí que esa desconfianza se volviera otra cosa, acaso algo violento.
Años después leí una entrevista que le hicieron al lingüista y comunicador español Alex Grijelmo, en la cual el entrevistador le preguntó: “¿Qué caso tiene que usted se desviva por decirle a la gente que habla así y asado, o que escriba así y de este modo, si al final de cuentas, como no hay castigo por expresarse mal, nadie le hace caso.”
Entonces Grijelmo le dijo que esto no era verdad. Hay castigo para los malos usuarios del idioma. Y tal castigo es la desconfianza de quienes los oyen o los leen.
En efecto, acaso no haya necesidad de mencionarlo como rúbrica de una sección en los medios, pero es real. Desconfiamos instintivamente de quien se expresa mal.
Sin duda ése es su mayor castigo, además del hecho de que corran el riesgo de no darse a entender.
Así pues, en la medida de lo posible, usemos bien el idioma.
Y tal será en lo sucesivo nuestra rúbrca. Gracias.
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Lic. en Letras españolas egresado de la BUAP, escritor, autor de cerca de 40 libros.









