Si alguien enferma, si alguien se comporta mal…la culpa es de los padres. Pero, ¿y los padres?
Bueno, ellos también presentan un problema de comportamiento y entonces, ¿de quién es la culpa?
Pues del abuelo, un abuelo que también tenía sus problemas y sus historias difíciles, y presentaba, probablemente, una conducta incongruente, violenta, tal vez alcoholismo, algún trastorno de personalidad, entre otras conductas extrañas o violentas.
¿Y antes de él? El bisabuelo, o la bisabuela…una mujer enérgica, depresiva, esquizofrénica, o con algún otro trastorno o historia que provocaba un comportamiento tan alterado que también lastimaba a quienes le rodeaban.
Tal vez también su madre o padre presentaban otro problema de conducta o de tipo neurológico que hizo que sus acciones fueran erráticas y, entonces, todo se descuadró.
Y si nos vamos hacia arriba en el genograma, podremos encontrar una larga lista de personas probablemente trastornadas, que pertenecían a culturas con costumbres rígidas, creencias que a nuestro parecer son injustas, perversas e insanas, y que definitivamente generaban miedos y ante una personalidad débil (porque no todos responden de la misma manera), provocaban probablemente síntomas de algún trastorno emocional o comportamientos indeseables que lastimaban a otros y a ellos mismos.
Entonces, ¿a quién culpamos cuando vemos que alguien comete un acto indebido o ilícito? Me parece que no hay una respuesta única ni clara.
No se trata de justificar actos violentos, se trata de entender cómo es que se forman ciertas personalidades, porque de los castigos, se encarga la ley.
Resulta que nuestra personalidad es la suma de muchos factores. Cuando pequeños, la mayoría de ellos eran factores externos, eventos vividos durante la infancia, costumbres adquiridas de la familia, al igual que las creencias que regían nuestras acciones o decisiones. Situaciones alegres, de contención, o de violencia. Pues es preciso mencionar y recordar que las únicas víctimas en el mundo, a quienes es necesario cuidar y proteger, y para quienes la responsabilidad es aún desconocida, son los niños.
Pero también es preciso tener en cuenta que, al crecer, cada ser humano, comienza a decidir cómo vivir, cómo pensar, en pocas palabras, comienza a darle forma a su propia filosofía de vida. Ahora con más responsabilidad que cuando se era pequeño, y es aquí donde radica el secreto que desvela de quién es realmente la culpa de lo que nos sucede.
Si bien, es verdad, que lo que vivimos de niños puede influir fuertemente en la formación de nuestra personalidad, también es verdad que cada individuo tiene rasgos únicos por su temperamento, una muy característica forma de responder a los estímulos externos, con la que nacemos, mas todo lo que se aprende de fuera, todo lo que se experimenta de manera personal, todas las decisiones que se toman por iniciativa propia. Es decir, al paso del tiempo y con la constante interacción con los otros, más verdades, más estímulos, más realidad se nos presenta y se presenta también la posibilidad de cambiar o modificar gran parte de esa filosofía en la que nos hemos basado para interpretar nuestra existencia.
Además de tomar en cuenta también, aquellas creencias o rituales que nos hacen seguir perteneciendo a la manada, a la familia en la que crecimos, con lealtades, con secretos, actos solidarios y demás situaciones que nos identifican como sistema familiar, diferente al resto.
Y con esto también tenemos que lidiar para encontrar congruencia interna. Pues no siempre aquellas costumbres o creencia familiares son las más adecuadas para el crecimiento sano de todos sus miembros.
Somos un cúmulo de circunstancias que nos forman, que nos hacen ser quienes somo ahora. Porque no se trata de encontrar un culpable y dejar nuestra responsabilidad de lado, se trata de generar estrategias que nos ayuden a disminuir todo el innecesario sufrimiento y potencializar nuestras habilidades.
Tal vez nos tranquiliza la creencia de que somos así debido a una mala crianza y con esta idea tal vez podemos lidiar con algunos problemas del momento. Pero la realidad es que pertenecemos al presente, donde debemos dar la cara y solucionar nuestros problemas cada día, y entonces, ya no nos basta con culpar a nuestros ancestros. Porque la historia no la podemos borrar, eso sí es seguro. Pero siempre podemos trabajar en ella y restructurarla, redecorarla y resignificarla.
Entonces, sentir el dolor por las experiencias pasadas será un buen primer paso. Evitando el desgaste por la urgencia de no sentir. De esta manera daremos espacio a la creatividad y a la posibilidad de reacomodar esos eventos, y permitiendo trabajar con todo lo demás hasta alcanzar una postura de vida, que nos permita analizar con más claridad, cada situación presente o pasada que nos perturbe o que nos ayude.
No hay más camino que llorar, enojarnos por el dolor vivido, y continuar revisando lo que ahora sí nos pertenece y está en nuestras manos.
Antes, de niños, no había mucho por hacer, pero ahora, con tantas vivencias aprendidas, buenas o no, tenemos material más que suficiente, para trabajar en nuestra historia y transformarla en una hermosa obra de arte.
Quien sabe, tal vez las generaciones venideras, preguntarán, a quién agradecemos por ser quienes somos, por esta seguridad y esta alegría de vivir…la culpa será entonces, nuestra.
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL, Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.









