¿Qué es lo que deseamos en esta vida y por qué? ¿Una profesión, un empleo, un buen salario, un automóvil, una casa, un matrimonio, hijos, viajar por el mundo, ropa de diseñador, poder, sabiduría, espiritualidad, o qué más? En principio, el deseo no se trata de una imprudencia, sino de un anhelo natural, casi instintivo, pues el animal que somos exige su satisfacción, como tampoco es imprudente la búsqueda de la estabilidad material, pues, más allá del animal que somos nos hemos constituido como individuos gregarios sujetos a jerarquías sociales e involucrados con una dinámica que a la vez que nos dota de derechos nos expone nuestros deberes. No, el deseo no es una imprudencia, al menos no lo es cuando somos capaces de explicarnos claramente por qué deseamos lo que deseamos, así como cuando podemos reconocer en este deseo un impulso de libertad antes que una punzada de adoctrinamiento. Cuando el deseo está acompañado del ejercicio de la consciencia, será siempre en beneficio propio y de quienes nos rodean, pero cuando este deseo no es más que una burda imitación de los actos inconscientes de los demás será en detrimento de todos, uno mismo incluido.
Es frecuente la creencia de que el consumismo es una tendencia del sistema capitalista que hoy rige nuestra economía, sin embargo, el consumismo ha estado presente en toda la historia de la humanidad. El deseo de tener, como decíamos, es natural, sin embargo, este deseo es generalmente inmoderado y está presente en todos los estratos sociales. Siente deseo de tener tanto el que tiene mucho como el que no tiene nada y como el que tiene a medias, y no importa si el deseo es satisfecho, pues éste es una trampa que tan pronto como obtiene lo que perseguía, va por algo más y algo más y algo más, siempre sin límites y hasta condiciones obsesivas.
El consumismo es una enfermedad de nuestro tiempo, pero de los pasados también, y su presencia la atestiguan las obras pictóricas del periodo barroco, por dar un ejemplo concreto, que pertenecen al género de lo que hoy se llama ‘vanitas’, es decir, ‘vanidades’ y que muestran escenas en las que es posible observar una mesa repleta de riquezas, de libros, de juegos, de artículos religiosos y de instrumentos de poder. De estas representaciones pictóricas podríamos recordar una intitulada ‘El sueño del caballero’, elaborada por el español Antonio de Pereda en el año de 1650 y que precisamente muestra todo aquello con lo que los hombres de su tiempo, y aún del nuestro, soñaban y deseaban, a saber: el conocimiento científico, la religiosidad, la fama, la belleza, el arte, la guerra, las joyas, el dinero y el juego, seguramente la lista de deseos podría extenderse aún más, pero sería inútil, pues en esencia lo que antes se deseaba es semejante a lo que nosotros hoy deseamos en tanto que representan bienes inútiles y vacíos, es decir, vanidades.
La pintura mencionada, además de las vanidades, contiene tres elementos relevantes. El primero es un reloj, símbolo del inexorable paso del tiempo. El segundo son dos cráneos, los cuales se ubican por encima de todas las vanidades, representando que la muerte es lo único que queda al final. El tercer elemento es un ángel resplandeciente que sostiene un pañuelo en el que es posible leer: «Aeterna pungit, cito volat et occidit» y que podríamos traducir como: «Eternamente hiere, vuela veloz y mata», en alusión al tiempo que perdemos y que irónicamente nos aniquila mientras estamos interesados en las vanidades, tiempo que siempre, e inútilmente, queremos aprovechar justo cuando vemos que todo está perdido.
Es la desacralización del mundo la que paulatinamente va agravando el inmoderado deseo que sentimos por las cosas inútiles. El filósofo René Guenón lo expone así: «El mundo profano que hoy tenemos es resultado de la degeneración espiritual. Son los profanos quienes han popularizado la idea de lo que se denomina usualmente como la ‘vida ordinaria’ o la ‘vida corriente’, por esta expresión se entiende aquello que expulsa todo carácter sagrado, ritual o simbólico y lo que los profanos nombran ‘vida real’ no es sino el peor de los espejismos. La ‘vida ordinaria’ de los profanos es práctica y se aferra a lo material. Pero esta ‘vida ordinaria’ está fuertemente amenazada porque no es más que una ilusión; pero ¿hay verdaderamente que felicitarnos por ello? Quizás no, pues la caída de la ‘vida ordinaria’ nos llevará a otra ilusión peor, la de una ‘espiritualidad al revés’ expresada en movimientos ‘neo–espiritualistas’»
¿Quiénes son los profanos a los que René Guenón se refiere? Somos todos nosotros. Los hombres y mujeres interesados en las vanidades con las que el caballero sueño en la pintura de Antonio de Pereda. Los profanos somos los que condenamos el adoctrinamiento de las religiones al tiempo que ciegamente nos hacemos ciegos seguidores de grandes marcas, de deportistas, de artistas y de políticos. Los profanos somos todos los que vivimos de manera incongruente debido a nuestra incapacidad de armonizar lo que pensamos con lo que decimos y con lo que hacemos. Los profanos somos los que no podemos ver la esencia del mundo porque vivimos felices en la superficialidad de las cosas. Los profanos somos los que deseamos, sin saber porqué, lo mismo que todos y arrepentidos buscamos hacer ahorro con lo que queda al fondo del vaso.
La profanación del mundo, es decir, su desacralización debido al deseo de lo material nos presenta un futuro desesperanzador, pero, la sacralización del mismo a partir de los grupos neo–espiritualistas que dicen ‘amar lo trascendente’ no luce mejor y es que los hoy autodenominados ‘maestros espirituales’ son tan dañinos como los orgullosos tecnócratas, pues los unos y los otros realmente tienen sus ojos puestos en todo aquello que en la pintura ‘El sueño del caballero’ reluce sobre la mesa: las vanidades.
El deseo es connatural al ser humano. Somos materia y por ello deseamos materia, pero, mientras la consciencia no funja como intermediaria en ese deseo la existencia no será más que una serie de decepciones que nos orillarán, a nosotros los profanos, a vivir la vida ordinaria.
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