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Principio de cooperación

Por Miguel Ángel Martínez Barradas
20 abril, 2023
En Análisis
Trabajo en Equipo y la Regla 20/80

Basta con que una chispa del infierno salga del centro de la tierra para que el mundo arda. ¿De qué naturaleza es este fuego para tener el poder de abrasar todo? ¿Cuál es su finalidad y cuál es el combustible que lo anima y que lo aviva? ¿Es verdad que el infierno se halla en el subsuelo? ¿No será más bien que el infierno no está dentro de la tierra? La superficie terrestre que en este instante pisamos ha sido explorada en sus entrañas sin que hasta ahora exista ninguna señal del mencionado recinto del mal. ¿Pero si el infierno no se halla bajo tierra, en dónde está? La respuesta no agradará a muchos: En el corazón humano, en el interior del hombre y es a partir de este centro de carne desde donde se manifiesta en el mundo. Bastó una chispa para abrasar todo, una chispa de carne que deambula de un lugar a otro mintiendo, maldiciendo, vociferando llamas que no hacen sino avivar a otros fuegos vagabundos que repiten el mismo movimiento aniquilador y motivados, siempre, por el mismo combustible que todo lo destruye: la palabra.

La palabra es lenguaje y es por el lenguaje que somos. La palabra destruye, pero sin ella seríamos incapaces de desarrollarnos, pues la palabra, también, construye. La palabra es la chispa del infierno que abrasa al mundo, pero también es la chispa de la vida que en un pasado mítico se insufló en el barro para que éste tuviera vida. La palabra sesga la realidad, pero al mismo tiempo se abre cual ventana mostrándonos nuevos horizontes, otras posibilidades de ser en el mundo. La palabra es chispa desprendida del fuego original de la Creación, aquel por el que el universo entero inició y de cuya naturaleza y fin jamás obtendremos respuesta. Por la palabra el mundo es mundo y por ella nosotros somos nosotros, y para muestra volteemos a ver hacia nuestro nombre, imposición de nuestros progenitores sin la que seríamos incapaces de reconocernos. Somos palabras, nuestro nombre nos obliga a ello, pero también llevamos palabras dentro y nuestra lengua no puede esperar más para dispararlas a manera de dardos, de piedras o de flores. La palabra hiere, adula, convence y confunde, y tiene por enemigo al silencio, el cual es una suma de conceptos que se esfuerzan por dejar de ser, por desaparecer. El silencio es el retorno al estado ideal del barro, aquel que preexistió antes que el soplo descendiera sobre él.

El uso de palabras entre nosotros es desmesurado. El intercambio de mensajes, de imágenes, de llamadas y de conversaciones es tal que resulta imposible que el silencio se imponga en el mundo no ya por el espacio de un segundo, sino que ni siquiera en el de una micra de segundo. Hablamos y hablamos, escribimos y escribimos, hablamos y escribimos, escribimos y hablamos, pero realmente no decimos nada que valga la pena. Hablamos porque tenemos boca y escribimos porque tenemos manos, mas no porque lo necesitemos. El mundo arde en palabras, en chispas salidas del infierno de carne que cada uno de nosotros representa. Hablar y hablar, intercambiar palabras, pero no decir realmente nada. La palabra se desprecia con la misma intención con la que tiramos a la basura algo que nos es insignificante. Por la palabra somos y por la palabra el mundo es, nosotros hacemos el mundo con palabras, pero como somos inconscientes de lo que decimos, de lo que escribimos, es que este mundo que hemos hecho no es más que oscuridad. En la Epístola de Santiago, capítulo 3, podemos leer: «La lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán gran bosque enciende un pequeño fuego! La lengua contamina todo el cuerpo. Toda especie animal ha sido domada por el hombre, pero ningún hombre puede domar su lengua. Con ella bendecimos y con ella maldecimos. De una misma boca proceden bendición y maldición, pero esto no debe ser así.»

La realidad que percibimos es un reflejo de las palabras de nuestra mente, por lo que sí éstas son bellas, así también lo será el mundo, pero si éstas son malas, también lo será el mundo. El hecho de que la palabra sea cotidiana entre nosotros no significa que sepamos cómo emplearla. Todos, al pensar, damos a luz a las palabras y cuando hablamos les damos un sonido a las mismas, sin embargo, el hecho de que la palabra sea tan frecuente en nosotros no debe de llevarnos a la confusión de creer que sabemos cómo emplear la palabra. Tenemos boca para hablar, pero ello no debe de hacernos creer que sabemos hablar. Hablar es mucho más que poder emitir sonidos que serán entendidos lingüísticamente por los demás. Saber hablar implica saber pensar y saber pensar exige comprender el significado, la intención y el efecto de cada una de las palabras que empleemos. El filósofo Paul Grice explica sencillamente el proceso ideal del habla:

«Nuestras conversaciones no son sucesiones inconexas, sino esfuerzos comunes traducidos en un Principio de cooperación que podríamos dividir en cuatro categorías. Cantidad: en el habla hay que aportar tanta información como sea necesario, pero sin excederse. Cualidad: hay que decir siempre la verdad, no decir lo que creamos que es falso ni decir aquello de lo que nos falten pruebas. Relación: ser precisos, ir directo al asunto del que se habla. Modo: evitar ser oscuros al expresarnos, evitar se ambiguos, ser breves y proceder con orden.»

Estas cuatro categorías (cantidad, cualidad, relación y modo) buscan que los hablantes nos hagamos conscientes las palabras que empleamos, pues, como lo advirtió Santiago, al ser la naturaleza de éstas el fuego metafísico pueden ser empleadas tanto para dañar como para amar. La palabra moldea al mundo y la luz u oscuridad de éste será directamente proporcional a la luz u oscuridad de las palabras a las que les demos vida en nuestra mente. ¿Utilizamos palabras negativas? ¿Hablamos mal de los demás? ¿Enfatizamos los defectos de quienes nos rodean? De ser así, habremos de prepararnos para sucumbir en el incendio del mundo que nosotros mismos hemos provocado. El infierno y la redención son dimensiones íntimas de cada quien y la palabra es el combustible que las anima. Apagar el fuego que hemos provocado será posible cuando reconozcamos que la buena palabra depende de un principio de cooperación.

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