En redes sociales no es raro ojear referencias “decoloniales” o “postcoloniales” así, impuestas desde el inglés como también sus menos frecuentes “descolonial” y “poscolonial” castellanizadas. Surgidas del diálogo político entre militantes e investigadores, así como los prohombres (y algunas mujeres) que cultivaron ambas parcelas en luchas contra los poderes imperialistas en generaciones idas, hoy se presentan sin diferenciar orígenes ni significados, ignorando las obras en que se pueden reconocer las genealogías e historias de las que proceden. Si fuese así aún usaríamos su ancestro común “anticolonial”. Aunque el ejemplo hispanoamericano en las luchas independentistas y la negociación de sus relaciones con España, Inglaterra, Francia y los Estados Unidos es un antecedente reconocido, no se echó mano del vocablo colonial sino a posteriori para caracterizar el periodo de los virreinatos. No se les llamó colonia como tal y en sí es complicado fijar significados comunes en español hispanoamericano para lo que sigue teniendo sentido como política de desmote y deslinde de fronteras agrícolas o periurbanas. Es en francés al fin de la segunda guerra mundial cuando adquiere los significados que se evocan sin haberlos entendido. Poco a poco, pero de manera irreversible con la independencia de Ghana en 1957, se desgajan—negociada o violentamente—los imperios inglés y francés en África, Asía y el Caribe. Podemos sumar al neerlandés y portugués pero el primero había sido ya obliterado por la ocupación Nazi de los Países Bajos, mientras que el segundo era un cadáver incapaz de sostenerse sin el apoyo británico y la transferencia cultural del Brasil.
Los significados para darle sentido al proceso de negociada separación serán diferentes al hispanoamericano. Si es que O’Donojú en Córdoba (Veracruz) tentó a Iturbide con aquello que “debemos deshacer el nudo sin romper el lazo”, reconociéndose como mismas gentes y familia, el DISCURSO SOBRE EL COLONIALISMO de Aimé Césaire (Martinica) o EL RETRATO DEL COLONIZADO de Albert Memmi (Túnez) no permiten tales delusiones en francés. Frantz Fanon teoriza la lucha anticolonial que va de las Antillas al Magreb y sirve como modelo a generaciones posteriores de hablantes de inglés. La colonia es en la poética y política de la francofonía experiencias de abyección y humillación, degradación y abuso. Su herencia es el decadente imperio que se pudre en las guerras de Indochina (Vietnam) y Argelia, confirmando su naufragio en Haití (sin el que la Luisiana perdió valor). Ninguna apología desde “La Résistance” ni el mayo del 68, cuantimenos su infame cine “de autor” compensan o expían nada. Esas son cosas de “Whitexicans” para sus “fonomímicas” de fin de cursos de la Alianza Francesa.
Relativamente tarde, académicos y activistas de la principal lengua franca del mundo (imponiéndose desde Trafalgar, pero decididamente con la fundación de la ONU/OTAN por más que rompiese la Cortina del Nopal hasta el NAFTA) echarán mano de ese arsenal y al traducirlo es que tendrán dos significados contrastantes—vinculados pero acotados—lo postcolonial (en África, Asía, y Caribe) y lo decolonial en los Norteamérica y Oceanía. Así mientras que en el primer caso se pone atención a los rasgos de la relación entre metrópoli y colonia al fin formal de la relación imperial de dominio (Commonwealth), el segundo cuestiona los atavismos a corregir en las sociedades que supuestamente habían sido emancipadas con antelación. Uno hace hincapié en las relaciones internacionales, entre nuevos “socios” que antes fueron botín y predador, otro en el colonialismo interno de sociedades supuestamente avanzadas. En el primero son las nuevas mayorías contra la minoría de personeros administrando la miseria, en el segundo caso de las minorías contra la mayoría (“moral”) que asegura continúe la opresión negándola con los eufemismos a que son prontos no sólo los WASPs (blancos anglosajones y protestantes, entendiéndose no todos entre ellos, sí los bienpensantes mejor comidos y educados). En todos los países del hemisferio tienen a sus clases compradoras diferenciándose en la hipocresía de la progresía cacofónica.
Si bien pueden mencionarse antecedentes en literatura especializada como en escritura creativa, lo que se entiende como decolonial fue sistematizado en la academia a inicio de los noventa del XX. Un ejemplo destacado es el libro DECOLONIZING ANTHROPOLOGY editado por Faye H. Harrison (en 1991) con el peso institucional y respaldo irrestricto de la Asociación de Antropólogos Estadounidenses (que se autonombran americanos y regentean desde sus centros al proxy de la “antropología mundial”). En él es clara la introducción de un nuevo vocabulario y áreas de cuestionamiento, echando mano de metodologías de las humanidades y ciencias sociales. Su base son las dos décadas de reflexiva militancia en torno a los “derechos civiles” en los Estados Unidos y su liderazgo, emanado de la experiencia “afroamericana”, así como la inconmensurable importancia del feminismo y perspectiva de género. No es el único referente que existe, pero sí en más “autoritativo”. Tres décadas después, habiendo pasado por los estudios culturales y otros campos “subdisciplinares”, “interdisciplinares” y “transdisciplinares”, extendiéndose a las (pos[t]) “coloñas” se muestra autoritario al exigir imponer los términos de políticas públicas, ethos, y hasta ideología (sin partido radical, sólo gradualismo). Es en este momento que la mayoría de los estudiantes lo encuentra reducido a una vulgata vía Twitter y momentos “InstaGramameables”. Contra ello es que reaccionan aquellos que o bien no lo entienden, descartándolo por obtuso y chilletas, o bien los que saben partes importantes de aquello que ignoran quiénes lo regurgitan en máximas y “tags”, para en conjunto—las tres facciones—reducirlo a chacota en las mismas redes.
Antes que ironizar al respecto, quiero sugerir aceptemos su invocación como un síntoma. Ciertamente el racismo, sexismo y clasismo son prevalentes como inherentes a la sociedad y cultura contemporánea en el hemisferio occidental. Cada país los administra en la reproducción de su estructura de desigualdad y opresión, que conocemos como “Estado”, y busca formas de ocultarlos, relativizarlos, o silenciarlos. Precisamente porque son de la mayor importancia no pueden ser dejados a los activistas de redes o “influencers” que firman libros promoviéndose como “poster (old) boys/girls”. Deben integrarse al canon escolar de una manera didáctica y escalonada. Hacerlo bien no es sencillo ni se logra con prisas sexenales. Al parecer la parte más dada a la monserga chantajista con resentido revanchismo se ha colado a los nuevos libros de la SEP. Por ende, es dable esperar su fracaso. Confundiendo la audacia de la experiencia histórica anti-colonial con la dureza de la reproducción social en metrópoli y pos(t)colonia, lo decolonial queda como otro catecismo para incapaces de leer la antología canonizada (Biblia). Bien sabemos desde Lutero, que la meta es poder aprender a leerla solos, pero para ello precisamos de guía supervisada. Eso no define al protestantismo, sí una forma específica de lectura y apropiación del conocimiento. Precisamente porque está contrapuesto a otras dos—talmúdica y católica según el poblano que sí fue profeta en su tierra (Luis Vázquez León)—es que merece ponderarse cuidadosamente.









