En ciencias sociales y humanidades se usan los términos presentismo o presentista para criticar los análisis o propuestas ignorantes de la historia. Caracterizados por su inmediatez, dimensión coyuntural, cuando no determinismos economicistas o culturalistas, las intervenciones presentistas son populares porque permiten llegar a audiencias amplias. Independientemente de su formación, aquellos que reclaman, sin asomo de rubor, la ralea de “intelectuales públicos” suelen ser entusiastas portadores del presentismo. También debe incluirse ahí a quienes se autodenominan “opinólogos” o “comentócratas”. De hecho, el término que les cuadra mejor es “pandit”. Derivado del sánscrito y para funciones brahmánicas (hinduismo), su adopción al inglés mantiene el aura de “experticia”, mientras que en español mexicano (del altiplano central) su uso añade la sorna de “pandita” (chafita). Si bien no todos, la mayoría de ellos saben que el presentismo es un sesgo que contribuye poco al conocimiento, pero permite dotar de un sentido de urgencia política a lo que distorsiona. Así, de manera presentista, desbordada y agigantada, llegamos al malhadado año electoral de 2024 con seis meses de antelación. Huelga decir una industria artesanal de presentistas se ofertan para reducir la complejidad del país en el mundo y su diversidad interna a sólo un tema y espantar con el petate del muerto.
Además del arte adivinatorio, en el que se dividen quiénes ven en tal o cual vestal idéntico proceso de unción por un sumo pontífice (López Obrador a Sheinbaum, X. González a X. Gálvez), respecto a los apostadores por “caballos negros” (Ebrard y De la Madrid) sin llenar ninguno de los dos el símil, emana la alegoría presentista. El 2024, pese a que aún le quedan seis meses para catástrofes, despropósitos, ridículos, yerros y “fuego amigo”, se “narra” como una réplica de 1994. Buena parte de los electores no había nacido o eran muy “peques” para tener en mente el brincoteo informativo del acabose, yendo del alzamiento chiapatista el mismo día de entrada en vigor del NAFTA, a la campaña en que Fernández de Ceballos se pasmó para que Zedillo se hiciese de la última presidencia continua del partido de estado, pasando por los asesinatos de Colosio y Ruíz Massieu. Para ello se cuenta con patéticos mockumentales, series y películas en plataformas de Streaming. Todas sobran frente al olvidado libro de ensayos a botepronto que editó Carlos Fuentes con el titulo 1994. Quiénes lo compramos, hace mucho lo regalamos, menos por falta de espacio en nuestros libreros, más porque como toda alharaca presentista estaba destinado a perder relevancia al término de su lectura. Como tal y sólo junto al MuyInteresante o TvNotas mejoró la gama de entretenimiento en estéticas unisex barriales, bibliotecas rurales, o salas de espera dentales. Especialistas en la historia del presentismo pueden leerlo contra la evidencia acumulada de sus aciertos y yerros. En todo caso, el espantajo del 94 sirve como un potente chantaje a las degradadas alternativas que se ofrecen: continuidad en el estatismo autoritario a nombre de un amorfo pueblo vis a vis el regreso a la farsa de una democracia procedimental, regenteada por grupos de presión empresarial disfrazados de sociedad civil. Se dirá, con razón que Movimiento Ciudadano tercia en el sainete como “tercera vía”, pero es concederle demasiado. Acaso son el residual oportunista “comecuandohay” de las dos coaliciones. Su única oferta significativa es el regreso de el joven Yuawi López y sus éxitos para raves.
Es poco probable que la coalición liderada por morena pierda la presidencia. No sólo tienen todo el aparato de propaganda estatal, y “la estructura territorial”, por sobre todo resuena atronadoramente la voz del presidente. Tanto él como el electorado saben que esta es su decisión más difícil: ungir a quién lo suceda sabiendo será una decepción. Todo lacayo traiciona y no se puede confiar nunca en “une” achichincle. Como el rey del bosque del paganismo europeo, aquel que lo suplante debe ofrecerle en sacrificio. Hasta dónde se llegará en tal afán es una incógnita. Sólo sabemos que no será la muerte y que como pilón puede ser una mujer (“¡por primera vez!”). El espectáculo parece demasiado bueno para que se lo niegue su nutrida base clientelar-electoral y de convencidos, como aquellos asqueados con los impresentables esperpentos que barajea la oposición. Dado el centralismo, la segunda atracción será la jefatura de gobierno de la capital federal. Elegir entre otra regenta o un retador a la presidencia es una apuesta atractiva. López Obrador fue un dolor en el fundillo para Fox todo el sexenio, tumbándole (también) el aeropuerto de Texcoco, entreteniendo al irrespetable con rounds de sombra a favor de ambos. Es dable que los habitantes de la ciudad de la mugre decidan darle una chaineada con algún emisario de la oximorónica “derecha decente”. Sin embargo, la elección será antes que nada una “guerra de posiciones” en que cada uno de los trescientos distritos electorales para el congreso y su cauda de plurinominales pesen más que cualquier ejecutivo. Ahí es donde se esperan talentos como experiencia, conjugando “valores juveniles” con “colmillo”. Dependiendo de qué tan hechos a la medida estén, o impuestos por la maquinaria del padrón de programas sociales sean, pero la composición del poder legislativo será la que definirá al siguiente sexenio.
Históricamente, estamos obligados a tomar la perspectiva de larga duración en el proceso de formación del estado. La probabilidad de repetir el experimento del “partidazo-aplanadora” es baja. Lo es porque de forma interna no lograron hacerse del poder vía las armas, como tampoco se cuenta con un entorno internacional favorable. La guerra proxy en Ucrania no es parte de una confrontación entre bloques ideológicos sino regionales, quedando claro los grandes poderes ponen orden en sus traspatios. Volver a entusiasmar con la ficción de “transición inacabada” a la primavera democrática no da sino para vender camisas rosas. Como las pañoletas de las “mareas”, permiten el borlote gregario en demostraciones masivas, pero no se traducen en plataformas políticas consistentes. Si el sistema político tuvo una crisis de legitimidad en 1968, partiéndose para 1994, se ha recompuesto con cinismo y pragmatismo haciendo de la elección perenne un buen negocio y espectáculo. Así se mantendrá, sin repetir la epopeya de los Constitucionalistas aplastando ejércitos guerrilleros antes de matarse entre ellos, continuando con el inexorable proceso de evacuación de significados en la violencia política por una venal kakistocracia cleptómana.









