En sí la noticia no sorprende a nadie. La virtual cuasi-candidata de la coalición opositora, la senadora Xóchitl Gálvez incurrió en fraude académico, al no citar párrafos y secciones de su documento de titulación (informe) en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México. Tristemente, es un hecho que a la inmensa mayoría de los educandos de los sistemas público y privado en todas sus variantes se les enseña esa mala práctica como tarea. Si en algunos ocurre vía la copia de las mal llamadas “monografías” o “estampitas”, sea en sus cuadernos o sobre cartulinas para exponer, en otros se da vía los recursos cibernéticos o de heredadas enciclopedias. En sí lo que importa es que se entreguen las copias, no que se revisen las tareas y es muy tardíamente que se inicia el proceso de enseñanza profesional de la escritura. La mala práctica esta naturalizada pues en el sistema educativo. Ahora bien, lejos de ser la “máxima” formación posible, la licenciatura constituye la última oportunidad de lograr una educación minimalista entre quiénes ejercerán profesiones. De ahí que se hagan esfuerzos en franca desventaja para separar a los estudiantes que quieren educarse de aquellos que saben “nadar de muertito” yéndose con la corriente y la mayoría escandalosa que se mantiene por el privilegio de clase socializando, vegetando en aulas al tiempo que echa relajo en patios y pasillos, acude a noviar y salir de fiesta, o se suma al activismo burgués que profesionaliza “saber bajar” presupuestos. Sabemos que la educación como transferencia y aprendizaje crítico de un canon en artes y ciencias es opcional en las instituciones de educación superior. En ellas se miden porcentajes de egresados a cumplir y para ello han degradado la licenciatura vía formas de titulación diferentes a la tesis. Hasta aquí la historia es un lamento conocido.
Ahora bien, los políticos y aspirantes a puestos de elección popular deben contar con personas publicas creíbles. Una de ellas pasa por enfatizar sus conocimientos y dominio dentro de alguna profesión. Esta aura no inició con los tecnócratas, sino que tiene un largo prejuicio en los “licenciados” como equivalente de litigantes, “doctores” como equivalente de médicos, “maestros” como equivalente de instructores, y coronándoles a todos el barbarismo mexicanero “profesionista” para cualquiera con un grado de licenciatura. Las personas beneficiadas con el privilegio de la educación superior gozaron de un prestigio derivado del reconocimiento al esfuerzo personal, familiar y de clase. Histórica y regionalmente se pueden identificar los procesos de formaciones de “clases medias” basados sobre los trabajos del sector servicios en gobiernos y empresas, mismos que suponían la educación era la vía más ostensiblemente legítima de movilidad social. Considerada esta serie de prejuicios, los mal llamados “profesionistas” que entren a la política tienen que estar dispuestos al escrutinio de todo su expediente escolar.
El caso de la virtual cuasi-candidata es relevante menos por ella y la institución dónde cometió el plagio, sí por los grupos político-empresariales disfrazados de sociedad civil que propulsaron su campaña en el proceso interno de la coalición. Probablemente ponderen ya qué hacer con ella. Es bien sabido que no se puede esperar que los egresados de esa institución sepan citar con probidad. Los hay que sí por supuesto, pero aún entre los más férreos defensores de la UNAM no hay quién diga es una garantía sus graduados logren aprender ese mínimo objetivo. Igualmente ocurre en todas las instituciones superiores de masas sean públicas o privadas. Estas últimas fueron pioneras eliminando el requisito de tesis para evitarse vergüenzas. Son acaso las pequeñas escuelas de cuadros de ambos sectores dónde eso se hace una aspiración y en periodos acotados posibilidad. Dentro del equipo de entusiastas de la Senadora hay demasiados egresados de esas pequeñas escuelas de cuadros que cuentan además con grados avanzados en el extranjero. Instituciones en países que al llevarnos ventaja por décadas y has siglos en el posgrado han logrado estandarizar buenas prácticas y ser sensibles a su observancia. De ahí que el problema es menos explicar cómo o por qué se dio el fraude académico en la UNAM, sí cómo es que, entre tanto santo varón, ninguno se dio cuenta dentro del proceso de evaluación de expedientes y “background” para su candidatura. Es hilarante que a tan distinguidos “profesionistas” se les “chispotease” el proceso de “vetting”. Esto es, la investigación de antecedentes, corroborando y cotejando el historial de una persona. Va desde la vida pública hasta la privada y llega incluso a la secreta. De ellas la más fácil es la pública y entre ellas los récords escolares. No requiere ni de entrevistas adversariales, controles de confianza, ni auditorias forenses. Simplemente comparar lo que se expresa contra los documentos probatorios. Entre ellos los que sustentan la obtención de grados son los más accesibles. Es ahí donde radica el verdadero escándalo: en el equipo de la senadora abundan “huevones, rateros y pendejos”; tres lacras que dijo no tendria a su alrededor.
Lejos de reconocer el yerro, aceptando que lo que está en juego es la posibilidad de evitar el arrase (conocido como plan C) en las elecciones del 24 a manos de morena, trataron de minimizar el plagio relativizándolo a que no es tesis sino “informe”. Eso es imposible porque ellos mismos armaron—con razón—la campaña de indignación moral contra la “ministra pirata”. Irremediablemente, se les aplicarán los mismos criterios ahora que ellos tienen a una plagiaria en sus filas. A las claras, si se eliminase a todos cuantos cometen fraude académico no habría suficientes para staff, pero quiénes fungen como líderes de facciones y candidatos deben estar investigados (“vetted”) en tanto ofrecen flancos débiles de ataque. Al tratar de convencer que no es una falta grave o que no afecta de manera relevante el proceso y la credibilidad de la coalición, muestran la duplicidad en la que habitan sus fantasías pequeñoburguesas de “sociedad civil”, “experticia” y demás banalidades reducidas a chistes locales. Son viles lacras y como tales encaminan a su coalición a una derrota histórica. No porque la del 2018 no fuese ya épica, sí porque esta vez han probado ser indistinguibles de lo que dicen temer. Eso no es sorprendente, pues son los mismos mexicanos formados en sendos ambientes de corrupción, simulación, vulgaridad y agandalle. A la final son “la misma gata revolcada”.









