Siempre, de todo aquello que percibimos, emitimos un juicio. Las cosas, los seres y las circunstancias nos parecerán buenas o malas en función de la utilidad que podamos hacer de ellas. El acto de enjuiciar, es decir, de calificar algo como deseable o repulsivo lo hacemos a partir de dos conceptos: Eros y Thánatos, los cuales, estrictamente son: el amor y la muerte, pero, en términos prácticos podrían concebirse como el placer y el miedo.
Todos los días nos enfrentamos al dilema de lo que tenemos frente a lo que no tenemos, y de lo que deseamos frente a lo que tememos. Es decir, cada día resolvemos una y otra vez nuestra relación con el mundo a partir de: lo que queremos y no tenemos, pero podemos tener; lo que queremos y no tenemos, pero no podemos tener; lo que no queremos y tenemos, pero podemos dejar de tener; lo que no queremos y tenemos, pero no podemos dejar de tener. Esencialmente, es a partir de estas cuatro fórmulas que emitimos juicios de valor.
Si bien el distintivo de nuestra animalidad con respecto a la de otras especies es nuestra superior inteligencia, es un hecho innegable que la mayoría de nuestras decisiones las tomamos no desde la razón, sino desde las emociones. Detrás de las máscaras del placer y del temor lo que subyace son las emociones: por un lado, la del anhelo de eternidad en el placer; por otro, la de la ansiedad por desaparecer en el temor. Tanto el eros como el thánatos, en su aparente oposición, son aspectos complementarios de la misma dimensión: la del infinito, ya sea que éste se superponga en la trascendencia, o que éste se manifieste en el olvido.
Suponemos que la mayoría de nuestras decisiones las tomamos por la vía de la razón debido a que siempre tenemos pensamientos dando vueltas en nuestra mente, pero el hecho de que siempre estemos pensando no significa que estemos razonando; es posible pensar sin razonar y esto lo atestiguamos cuando caemos en movimientos automatizados que nos permiten resolver necesidades cotidianas sin que tengamos plena consciencia de cómo es que llegamos al resultado deseado. Esta capacidad de resolver necesidades sin racionalizarlas, así como el hecho de que los pensamientos y estímulos circundantes modifiquen nuestro ánimo, dejan clara nuestra predisposición a la emocionalidad, la cual si bien nos ayuda a subsistir, también nos hunde.
No somos individuos autónomos, dentro de nosotros hay diferentes motores que nos estimulan. Por un lado, tenemos el motor racional, el cual podría ser el menos desarrollado debido a que su fortalecimiento depende íntimamente de nuestro compromiso con el estudio de diferentes disciplinas, lo cual, generalmente no ocurre entre nosotros por la pereza que sentimos. Otro de nuestros motores es el instintivo, en el que se hallan necesidades sexuales, alimenticias, de reposo, respiratorias y motrices; este motor es el que nos recuerda que somos animales y que con ello traemos la marca del envejecimiento y de la muerte. El último de nuestros motores es el emocional, el cual se halla entre lo instintivo y lo racional. Las emociones son una especie de pensamientos hechos carne, así como de instinto elevado al nivel de la consciencia. Las emociones son lo que nos hace ser humanos, complejos, maravillosos y terribles.
Cuántas veces en nuestro día a día no hemos estado frente al dilema de no poder ejercer nuestra voluntad debido a que la razón va por un lado, el cuerpo por otro y las emociones por uno diferente, y nosotros nos hallamos en medio de estos tres motores que en lugar de avanzar al unísono, lo hacen desordenadamente. Esto nos permite darnos cuenta de que aquello que somos no es tan fácil de comprender, pues no somos un individuo armónico y uniforme, sino disfuncional y polivalente en tanto que estamos habitados por más de uno. Somos uno y muchos.
Aquello que somos, y que no sabemos a ciencia cierta qué es, está esclavizado por la cárcel de la materia que el cuerpo representa, pero, además, se encuentra amarrado por unos largos y enredados hilos que están a cargo de las emociones, esto nos hace semejantes a unas marionetas que si bien parece que son libres en sus movimientos, en realidad están limitadas a la extensión y elasticidad de los hilos a los que está amarrada. Como marionetas, no somos conscientes de nuestras limitaciones porque nuestros hilos son invisibles y al no verlos es fácil que caigamos en el error de sentirnos libres, hasta que queremos hacer o huir de algo, por placer o por miedo, y nos vemos limitados. Este sometimiento a las emociones, así como los efectos negativos que éstas nos generan, las aborda el escritor Jonas Salzgeber, en su obra El pequeño libro del estoicismo:
«Las emociones negativas surgen cuando no conseguimos lo que queremos. Las emociones negativas provienen de desear y temer lo que no está bajo nuestro control. La raíz de nuestro sufrimiento proviene de la preocupación por aquello que no controlamos. A las cosas indiferentes las valoramos como buenas o malas. Juzgar erróneamente las cosas materiales como buenas o deseables es la causa de las ansias de riqueza y placer. Los juicios de valor erróneos también funcionan a la inversa. Juzgamos erróneamente algún acontecimiento externo indiferente como la lluvia, las personas molestas o la pobreza, como algo malo y este juicio erróneo provoca ira o miedo. Mientras sintamos que las cosas suceden a favor o en contra de nosotros, mientras tengamos miedo de no conseguir lo que queremos y nos sintamos mal por no conseguirlo, sólo seremos marionetas de nuestras emociones, causadas por juicios erróneos sobre lo verdaderamente bueno y malo.»
Las emociones son necesarias, pero la falta de control sobre ellas nos enceguece. Si la vida nos parece desordenada, es porque los juicios que de las cosas hacemos no vienen de la razón, sino de los invisibles hilos que nos reducen a la triste figura de marionetas emocionales.









