Uno de los constantes errores de los individuos de nuestro tiempo es el de creer que todo lo que uno imagina y siente de sí mismo es real. Indudablemente, la mente es poderosa y es debido a sus superiores capacidades es que uno suele creer en todo lo que de ella emane, sin embargo, la principal razón por la que hoy las personas son tan susceptibles a sus fantasías es por el adoctrinamiento en que se hallan.
No todo lo que imaginemos y sintamos de nosotros mismos es real. El hecho de que yo crea o sienta algo de mí mismo no es evidencia de que verdaderamente aquello exista en mi persona. Cierto es que nos debemos a la mente, sin embargo, somos algo más que nuestra mente y por ello debemos ser cautelosos con respecto a lo que ella nos diga o nos haga sentir. El hecho de que en más de una ocasión hayamos dudado de lo que nuestra mente piensa es un indicio de la separación que tenemos con respecto a ella, separación que se debe a la consciencia, la cual es correspondiente al ser, mientras que la mente lo es a la personalidad.
En más de una ocasión, hemos atestiguado el debate interno en el que la mente y la consciencia deciden marchar por senderos separados; y qué decir de las emociones, aquellas que nos hacen sentir algo que quizás la mente no piensa y que la consciencia no considera como real. En este sentido, si atendemos a que somos al menos mente, consciencia y emociones, caemos en cuenta de que no somos uno, sino muchos.
Volviendo al inicio, las personas que suelen creer que son lo que piensan y/o lo que sienten son aquellas que se sienten principalmente identificadas con su cuerpo, son aquellas que suponen que son el cuerpo, sin embargo, puesto que el cuerpo todo el tiempo siempre está cambiando nunca es. Creer que uno es su cuerpo, que uno tiene posibilidades de ser en aquello que no es, resulta equivocado. Sin embargo, a pesar de que esencialmente uno no pueda ser en el cuerpo debido a sus constantes transformaciones, no significa que no sea importante cuidarlo.
El cuidado del cuerpo debe realizarse desde la dimensión natural del mismo y no partiendo de presupuestos psíquicos, es decir, puesto que el cuerpo es materia, debe atenderse de acuerdo a sus necesidades matéricas, naturales, y no a partir de ideas y sensaciones subjetivas cuyo origen es un adoctrinamiento que nace del enfermo contexto de las ciudades que habitamos. No somos el cuerpo, pero irónicamente para ser nos debemos a él, pues nuestra realidad es la de los sentidos. Pero no es lo mismo el cuidado desde la consciencia que desde la banalidad.
El cuidado del cuerpo, de unos años para acá, se ha visto afectado por el verboide “normalizar”, el cual cada día está más en el uso corriente. Desde el punto de vista médico, que es el que atiende las necesidades naturales del cuerpo, lo normal es aquel límite que separa a la salud no sólo de la enfermedad, sino aún de la muerte. Sin embargo, entre nosotros el verboide “normalizar” suele ser empleado para señalar que es preciso aceptar entre nosotros ciertas prácticas que más que mantenernos distantes de la enfermedad, nos acercan a ella.
El cuerpo es un objeto de culto, siempre lo ha sido, sin embargo resulta irónico que la época con más desarrollos científicos y particularmente médicos, sea la que más cuerpos enfermos tiene. Mes con mes aumenta la tasa mundial de enfermedades crónicas, mes con mes son más las personas que padecen diabetes, accidentes cerebrovasculares y cáncer, así como trastornos, enfermedades mentales y otras dolencias de carácter psíquico. El alza en la ingesta de los alimentos procesados, diseñados para la infructuosa vida rápida que llevamos, ha generado una gran cantidad de cuerpos gordos, obesos, que lejos de ser atendidos como un problema de salud pública, prefiere “normalizarse” como si fuera un genuino ejercicio de la libertad, sin embargo, ejemplos como los anteriores, aunados a otros tantos que devienen de creer que lo que todo lo que pensamos y sentimos es real, al único rincón al que nos está llevando es al de una sociedad enferma. El médico Gabor Maté, en su obra El mito de la normalidad, afirma:
«En la sociedad más obsesionada con la salud, no todo va bien. La salud y el bienestar se han convertido en una fijación moderna. Las industrias multimillonarias apuestan por la inversión continua de las personas en búsquedas interminables para comer mejor, lucir más jóvenes, vivir más o sentirse más animadas, o simplemente para sufrir menos síntomas. Y, sin embargo, nuestra salud colectiva se está deteriorando. Que la vida social influye en la salud no es un descubrimiento nuevo, pero su reconocimiento nunca ha sido más urgente. Por su propia naturaleza, nuestra cultura social y económica genera factores estresantes crónicos que socavan el bienestar de las formas más graves. Nuestra cultura actual, en medio de recursos económicos, tecnológicos y médicos espectaculares, induce a innumerables seres humanos a sufrir enfermedades derivadas del estrés, la ignorancia, la desigualdad, la degradación ambiental, el cambio climático, la pobreza y el aislamiento social. Aquellas características de la vida diaria que ahora nos parecen normales son las que más piden a gritos nuestro escrutinio. Mucho de lo que pasa por normal en nuestra sociedad no es saludable ni natural, y cumplir con los criterios de normalidad de la sociedad moderna es, en muchos sentidos, ajustarse a requisitos que son profundamente anormales con respecto a nuestra Naturaleza.»
El hecho de que un número considerable de personas repliquen ciertas prácticas o ideas inconvenientes sin duda es intimidante, sin embargo, en este caos de la sociedad globalizada que “normaliza” todo aquello que es nocivo, resulta imperioso saber que no todo lo que pensamos y sentimos es real, pues estamos ante una crisis sanitaria y espiritual en la que no todo va bien.
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