Cada vez es más evidente la dificultad que tienen las personas para distinguir lo falso de lo real, no es una tarea sencilla, pues requiere un considerable esfuerzo reflexivo y experiencial que pocos estarían dispuestos a realizar. La confusión es generalizada, ha estado desde los inicios de la historia de la humanidad, pero en nuestros tiempos se ha agravado debido al adoctrinamiento que la globalización ha favorecido en todos los sectores de la sociedad. ¿Cómo diferenciar lo falso de lo real? En esencia, lo falso nos acerca a la insatisfacción, mientras que lo real, a la paz.
La principal diferencia entre nosotros y el resto de los animales es la posesión de la consciencia. Gracias a la consciencia es que tenemos noción de nuestro “yo”, de que somos alguien, aunque no tengamos bien claro quién somos. Cierto es que algunos animales, como nosotros, tienen un raciocinio desarrollado, sin embargo, si bien la consciencia participa en algo en el raciocinio, es mucho más que razón. La paradoja a la que nos enfrentamos es que si bien tenemos consciencia, casi no somos conscientes de nada, pues nos hemos confiado a una vida tan sedentaria que hemos caído en la apatía; suponemos que somos alguien porque de alguna manera nos damos cuenta de la distancia que hay entre “el yo” y “el otro”, pero generalmente son pocas las personas que van más allá de este límite.
El hecho de que la mayoría de las personas no estén interesadas en desarrollar su consciencia (incluso podríamos afirmar que esta idea ni siquiera se les ha cruzado por su cabeza), las lleva a caer en el error de creer que la percepción parcial que tienen del mundo es válida para todos los casos y situaciones. El mundo que conocemos, lo conocemos parcialmente, pero pocas veces nos damos cuenta de ello, de ahí que en ocasiones caigamos en el error de querer que nuestra visión de mundo sea también la visión de mundo de los demás.
Existen también personas que se dan cuenta de que su visión de mundo es parcial y no total, desarrollando, entonces, un interés por expandir su consciencia, hasta aquí parece que todo va bien, sin embargo, muchas veces también ocurre que algunas personas interesadas en el desarrollo de su consciencia, lo están siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones, por ejemplo: que el lugar ideal para el desarrollo de la consciencia debe de ser un espacio apacible, o que debe deben de participar algunos objetos rituales como el incienso, los elementos primigenios o las piedras para favorecer una atmósfera “mística”, sin embargo, quien piense de esta manera se enfrentará a los mismos desafíos de quien no tiene el más mínimo interés por desarrollar su consciencia, pues estará sometido a una visión parcial de la realidad.
El Paraíso espiritual, que es lo que algunas escuelas llaman “el Aquí”, se halla en todas partes, pero por nuestra carencia de consciencia no notamos que esto que llamamos la tierra del exilio no es más que una ilusión, pues el Paraíso o el Aquí es siempre; tal y como reza una sentencia de las escuelas de misterios: si el Paraíso no está aquí y ahora, no está en ningún lugar.
La sociedad de consumo en que nos hallamos nos hace sentir con frecuencia que necesitamos algo, este “algo” puede ser algún objeto, puede ser dinero, puede ser incluso algo más emocional y menos físico como el cariño o el poder, y cuando sentimos que algo nos falta salimos a buscarlo, pero la trampa de nuestro sistema capitalista es que nunca hallaremos lo que creemos que nos falta porque aquello sencillamente no existe, de ahí que el deseo, cuando se consuma, lejos de apagarse, se enciende aún más. Creer que algo nos falta es parte de la ilusión.
Ya sea que nos sintamos desterrados, o que nos sintamos ansiosos y dispersos, ambas condiciones son resultado de nuestra falta de trabajo en el desarrollo de la consciencia. Generalmente, las personas asisten a los gimnasios porque “se dan cuenta” de que algo en sus cuerpos “les falta”, sin embargo, darse cuenta de las faltas de la consciencia es menos frecuente, sobre todo porque solemos creer que sabemos cómo es el mundo. El antropólogo Javier Melloni, en su obra De aquí a Aquí: Doce umbrales en el camino espiritual, menciona:
«Todo lo que necesitamos está aquí y todo lo que está aquí lo necesitamos. Pero pocas veces accedemos a la completud de este Aquí porque estamos distraídos o bloqueados en otro aquí. Tal es la paradoja de la condición humana: tener conciencia sin ser apenas conscientes. El Aquí del que nos sentimos exiliados es la tierra pura en la que ya estamos. Pero no es suficiente encontrar y encontrarse a uno mismo por unos instantes para volver a perderse, hay que poder permanecer arraigados en lo esencial. La consciencia es mucho más que el pensamiento. Participan la percepción, el corazón y la mente, y los tres están sostenidos por la determinación de permanecer abiertos, en estado de receptividad y de entrega, esos dos tiempos que ritman nuestra vida, como la respiración y el latir del corazón. El lugar por donde se camina es el lugar del despertar, el lugar donde estoy tumbado es el lugar del despertar, el lugar donde estoy sentado es el lugar del despertar, el lugar donde estoy de pie es el lugar del despertar. Levantar o bajar el pie es el lugar del despertar. Todo está aquí, pero somos incapaces de verlo.»
La consciencia es la suma del pensamiento, más el corazón y la mente, esta triada es la que el cristianismo, por citar un ejemplo conocido, llama la Sagrada Trinidad. El Exilio y el Paraíso, es decir, las experiencias de ansiedad o de paz a las que nos enfrentamos en el diario vivir, no son lugares físicos, sino estados del ser; el Exilio y el Paraíso, en este sentido, son no–lugares, pues están siempre. Todo momento es propicio para el despertar de la consciencia, de ahí que sea acertado el dicho que reza que para tocar el cielo basta con levantar la mano. La consciencia despierta siempre está unificada con lo que le rodea; ha superado al apego y no se aferra a los espacios, ni a las cosas ni a las personas, pues todo lugar es el lugar del despertar.
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