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Cuántas veces no nos hemos sentido agobiados ante alguna situación incómoda que nos desestabiliza nuestra realidad. La familia, el trabajo, la escuela, la calle, el dinero, las amistades, etcétera, son semejantes a un río debido a que siempre se están moviendo y nosotros junto con todo ello. En ocasiones, el caudal puede ser suave y armónico, elevándonos a vivencias placenteras, pero también hay momentos en los que el torrente de este río social es vertiginoso y nos ahoga con su movimiento, haciendo que el diario acontecer sea pesado e intolerable. Sin embargo, en última instancia lo que nos lleva a sentirnos dichosos o lastimados no es el río en sí, como tampoco su movimiento, sino las ideas que de éste nos formamos.
Todos hemos tenido días en los que no podemos sacarnos ciertas ideas de la mente, son ideas incómodas como la preocupación, la angustia y el miedo que independientemente de su veracidad, nos impiden desarrollar nuestras actividades en paz. Los pensamientos intrusivos son aquellos que revolotean sin rumbo en nuestra cabeza, como insectos que no van a ninguna parte y no hacen más que dar vueltas una y otra vez, siendo lo más incómodo que por más que nos esforcemos por dejar de prestarles atención, estos insectos mentales no se apartan con nada, por lo que el disfrute de la vida cotidiana se hace imposible.
Pensar y pensar una y otra vez en lo mismo podría tornarse enfermizo, lo sabemos y somos conscientes de los daños que los pensamientos intrusivos traen consigo mismos, sin embargo, nuestra mente nos doblega, nos manipula, reavivando una y otra vez los sentimientos negativos. Nosotros somos uno con la mente, pero al mismo tiempo la mente posee su propia autonomía, de ahí que pueda asumir los papeles de aliada o de enemiga. Cuando la mente está a nuestro favor, las experiencias diarias son más llevaderas que cuando la mente está en nuestra contra, sin embargo, es preciso saber que la mente siempre puede engañarnos, aún cuando se nos presente de nuestro lado, pues la mente lo que hace siempre es distorsionar la realidad.
Por la felicidad o el miedo que la mente nos haga sentir es que nos inventamos historias y nos engañamos a nosotros mismos a fin de vivir en una realidad que nos convenga. Cuando asumimos el papel de héroes, la realidad se nos presenta a nuestros pies y son nuestros delirios de grandeza los que nos hacen suponer que somos superiores a los demás y, por lo tanto, necesarios. En cambio, cuando el rol que desempeñamos es el de la víctima, construimos una realidad que nos lastima y cuya naturaleza es injusta para con nosotros, que no somos más que personas buenas e incomprendidas por su entorno. Sin embargo, en ambas situaciones, no es más que un espejismo lo que nuestra mente nos está mostrando.
Si bien las experiencias agradables son significativas para nosotros, son las desagradables las que más impacto tienen sobre nosotros, y esto es por el sufrimiento que implican. El sufrimiento se alimenta de la ignorancia, del apego y de la ira, y estos tres, a su vez, son producto del engaño de nuestra mente. Nuestra relación con el sufrimiento es complicada porque en la mayoría de los casos pensamos que éste es producido por agentes externos a nosotros, cuando en realidad somos nosotros mismos la fuente del mismo. Si sufrimos, es por nuestra incapacidad para gobernar nuestros pensamientos, y no porque el mundo o alguien esté en contra nuestra.
Tomando en cuenta que son nuestros pensamientos los que nos hacen sufrir, entonces son también ellos los que nos pueden otorgar la paz. Vivir en paz es aparentemente sencillo, pues únicamente implica reconocer cuáles son los engaños que hemos construido en derredor nuestro para satisfacernos, sin embargo, no cualquiera estará en la disposición de enfrentar sus engaños porque ello exigiría abandonar el papel de víctima, mismo que para la mayoría es muy cómodo, ya que la víctima no asume ninguna responsabilidad. Del sufrimiento y de la paz mental, el lama Zopa Rimpoché, en su obra Las cuatro nobles verdades, nos dice:
«¿Cuál es la causa del sufrimiento? Todo existe y ocurre por una razón. Podemos pensar que nuestros problemas son causados por enemigos exteriores, pero el verdadero enemigo vive en nuestra mente y nos manipula: nuestros enemigos son los engaños, los cuales son las aflicciones mentales de la ignorancia, el apego y la ira. Esos estados mentales nos empujan a realizar acciones negativas que nos conducen al sufrimiento. Por lo tanto, la paz depende de que reconozcamos los engaños, los problemas que causan y demos los pasos necesarios para detenerlos. Al entender el engaño y el modo en el cual causa sufrimiento, podemos abrir la puerta a las soluciones. Estamos atendiendo exclusivamente a la superficie del sufrimiento, deseando tratar sus síntomas, pero sin profundizar en descubrir la raíz del sufrimiento. Lo que anhelan las personas es estar completamente libres de la miseria, pero no hay manera de que esto ocurra sin identificar las causas del sufrimiento para luego erradicarlas.»
Hay quienes piensan que huir de las situaciones y de las personas es una solución, pero cambiar en lo exterior no sirve de nada cuando el interior se mantiene igual. Generalmente atendemos sólo a la superficie del sufrimiento, intentamos resolverlo con medicinas y placebos derivados del consumismo que en realidad no atacan la causa, sino que la agravan. Nuestra sociedad persigue la felicidad temporal, depositada en las cosas y en lo externo, y como lo externo siempre está cambiando la sociedad se hace insatisfecha. El sufrimiento se da cuando la mente nos envenena, identificar por qué la mente actúa de manera adversa podría acercarnos a la cura. En esencia, los males que nos afectan son la ignorancia, el apego, la ira, el orgullo, la duda y las visiones erróneas, y lo que subyace a cada uno de éstos es la raíz del sufrimiento.









