La experiencia del dolor es inevitable. La vida es posible gracias a la oposición de fuerzas, al triunfo y a la subyugación de la materia, de la energía y de las especies. La vida y la muerte, siempre en oposición, nunca dejan de manifestarse, pero se hacen más evidentes cuando atestiguamos el momento en el que un recién nacido llora y con ese grito contundente le dice un “No” rotundo a la muerte. Nacer es una experiencia dolorosa, como lo que sigue después.
Pero al hablar de dolor, evitemos confundirlo con el sufrimiento. El dolor es connatural a la vida objetiva, pero el sufrimiento es el resultado de la interpretación subjetiva de la realidad. Es decir, en ocasiones experimentamos dolor sencillamente porque estamos vivos y sujetos a los fenómenos naturales y sociales de nuestro entorno, pero cuando sufrimos siempre es debido a la interpretación que hacemos de tales fenómenos, y mientras que el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional, aunque a veces no nos lo parezca así.
La realidad nos rodea, pero el mundo en el que vivimos no es el de lo real, sino el de lo pensado, el de lo imaginado. A cada una de las personas y seres que nos rodean, así como a cada objeto y circunstancia le damos un valor y un grado de estimación basado en nuestras creencias, es decir, el mundo que “conocemos” es en realidad un reflejo de lo que pensamos, el mundo real es inaccesible para nosotros porque al pensar, al imaginar, ponemos de por medio un filtro que nos aleja de la esencia de la realidad, y será en relación a este filtro que sufriremos más o menos.
Lo que sentimos no procede de nuestro entorno, sino de nuestra interioridad; en otras palabras, sentimos lo que pensamos, no lo que vivimos directamente. Solamente sentimos lo que pensamos y como lo que pensamos muchas veces no está bien pensado (valga la redundancia) es que se manifiestan en nuestra vida experiencias como la ansiedad, la depresión, la ira, etcétera. Dejar de sufrir, en este sentido, dependerá de nuestra capacidad de aprender a pensar.
La raíz de nuestro sufrimiento está en nuestros pensamientos, mismos que, por ocurrir en nuestra cabeza, solemos considerarlos como reales; pero lo que pensamos, dista mucho de ser lo real, por ello es que no debemos de creer en la veracidad de nuestros pensamientos, trampa común en el que caen la mayoría de las personas. Muchas personas viven suponiendo que lo que piensan es cierto, que ellas son lo que piensan, pero no es así. Lo imaginado es un espejismo.
Si la raíz de nuestro sufrimiento está en lo que pensamos, la solución para no sufrir más sería dejar de pensar, lo cual es posible; lo que no podemos dejar de hacer es tener pensamientos, pues estos no dependen de nosotros y ocurren siempre de manera aleatoria; en cambio, el acto de pensar sí es voluntario y ponerle límites reduce el riesgo de caer en sufrimiento.
Pensar y sentir están íntimamente relacionados, por lo que si pensamos negativamente, sentiremos oscuramente; pero si pensamos sobriamente, sentiremos luminosamente. Cuántas veces no nos hemos sentido mal debido a que le estamos dando vueltas a la misma idea, en este sentido, la mente es como un recipiente con agua sucia el cual, mientras esté siendo agitado, mantendrá flotando todas las impurezas, pero al calmarse, al detener su cauce y entregarse a la inactividad, ofrece la oportunidad de aclararse. Una mente agitada será incapaz de ofrecer ideas claras y sólo cuando dejamos de insistir en la misma idea, se manifiesta la claridad. El escritor Joseph Nguyen lo explica de la siguiente manera en su obra No te creas todo lo que piensas:
«Aunque experimentamos mucho dolor en nuestra vida, el sufrimiento es opcional. El dolor es inevitable, pero depende de nosotros cómo reaccionemos ante los acontecimientos que nos suceden y eso determinará si sufrimos o no. Vivimos en un mundo de pensamiento, no de realidad. El pensamiento no es la realidad; sin embargo, es a través del pensamiento como se crean nuestras realidades. Sólo podemos sentir lo que pensamos. Así es como vivimos en un mundo de lo que pensamos, no de realidad. La raíz de nuestro sufrimiento es pensar. Si sabemos que solo podemos sentir lo que pensamos, entonces sabremos que podemos cambiar nuestros sentimientos cambiando nuestra forma de pensar. No es posible dejar de pensar por completo, pero lo que sí podemos hacer es reducir el tiempo que pasamos pensando. Si tuviéramos agua sucia en un cuenco y la dejamos reposar, muchas de sus impurezas se irían al fondo y el agua se aclararía. Así funciona también nuestra mente. Si dejamos que se asiente sin perturbarlo tratando de “filtrarlo” o “hervirlo”, el acto de pensar se calmará por sí solo y nuestra mente se liberará de ello. El estado natural del agua es claro, y el estado natural de nuestra mente también es claro si no lo perturbamos. Si la vida empieza a parecerte confusa, desorganizada, estresante y no estás seguro de qué hacer a continuación, ahora sabes que es solo porque el acto de pensar está agitando la suciedad, lo cual provoca que tu mente se enturbie y te cueste ver hacia delante. Una vez que nos percatamos de que solo sentimos lo que pensamos y de que pensar es la raíz de nuestra experiencia desagradable, lo vemos como lo que realmente es. Entonces permitimos que se asiente dándole espacio, y poco a poco veremos cómo empezamos a tener la mente clara de nuevo.»
La vida confusa es producto del pensamiento incesante. Pensar es necesario para organizar nuestra existencia, pero sobrepensar lo único que provoca es el derrumbe de nuestras convicciones. Una mente ensombrecida es neblina para los ojos y de esta manera caminar hacia adelante se torna difícil y cansado. Sentimos lo que pensamos, y lo que pensamos sin orden ni método muchas veces termina en sufrimiento. Experimentar el dolor es un mandato que, bien llevado, garantiza el crecimiento personal, pero el sufrimiento es opcional.









