Leo un tuit, o como sea que se llame a los mensajes ahora en X, del buen @MaxKaiser75: “Me alarma la falta de alarma de una población a la que el régimen más corrupto de la historia le arrebata sus derechos y libertades, una reforma a la vez”. Coincido plenamente con él. Y créanme, Max tiene toda la legitimidad para decirlo: lleva años impulsando la ciudadanización real de los mexicanos.
Aprovechando este espacio, quisiera revisar un poco esta idea.
No todos los ciudadanos están dormidos ni son apáticos. Hay quienes levantan la voz, proponen, argumentan y enfrentan con valentía el actuar y el discurso oficial. En el sector empresarial, COPARMEX, bajo el liderazgo de Juan José Sierra, cumple con su papel: se acabaron los llamados respetuosos, hoy va directo, con argumentos sólidos y convocando a la acción. Basta revisar sus entrevistas y comunicados recientes sobre el INFONAVIT, la fallida reforma judicial, la ley de amparo o la reforma electoral.
Afortunadamente ni Max ni la COPARMEX son casos aislados. Existen muchas otras organizaciones y ciudadanos que dan la batalla todos los días. El problema está en que sus voces no alcanzan el volumen necesario para despertar a una masa crítica capaz de hacer una diferencia.
A pesar de provocadores profesionales de ciudadanía como Max Kaiser, de organizaciones como Coparmex o de jóvenes activistas como Miguel Meza, la chispa no enciende la mecha. Millones de ciudadanos ven la corrupción, la ineptitud, el cinismo y la violencia; además entienden los riesgos del rumbo autoritario que llevamos, pero la pólvora sigue mojada.
Sí, el punto débil de toda democracia es la dolorosa ignorancia de sus votantes. Por eso a los aprendices de dictador bananero les incomoda tanto la educación: siempre buscan limitarla o sustituirla por adoctrinamiento.
Sin embargo, en México el problema va más allá. A la educación abandonada se suma una bajísima autoestima ciudadana, producto de una narrativa victimista muy bien construida. El régimen actual edificó su poder sobre la idea de que el “pueblo bueno y sabio” ha sido víctima de todos: conquistadores, políticos, empresarios y hasta del clima. Solo un “ángel vengador” venido de Tabasco podía redimirlo.
Pues bien, gracias en parte a esto, el sector de ciudadanos que más necesita que todo cambie, y que históricamente es el primero en iniciar estos cambios, hoy está atrapado en una relación cuasi romántica con los personajes políticos que les abusan y luego les premian con dádivas, para esclavizarlos a una rueda de hámster político-emocional que no va ningún lado ¿Puede una relación ser más tóxica que ésta?
No es la primera vez que ocurre, ni somos el único país con estos amores perros entre pueblo y caudillo. Pero esta dinámica explica el frágil estado de quietud que vivimos mientras medio México arde.
Entonces, como Max, me pregunto: ¿por qué aquellos ciudadanos que ven la relación tan tóxica y tan pública, que ven los abusos, que saben cómo termina la telenovela no se les enciende algo y toman cartas en el asunto?
Los corruptos, incompetentes y cínicos que hoy gobiernan hacen lo que hacen porque se los permitimos. Las voces disidentes no son lo bastante fuertes ni numerosas. Y solo la fuerza de los muchos obliga al poder a cambiar de conducta.
Un ejemplo reciente: cuando se envió al Congreso la iniciativa presidencial para reformar la ley de amparo, las reacciones iniciales fueron débiles. Pero al ver el tamaño de la barbaridad constitucional, provocada por un personaje 4T al que le faltó piso para postrarse y agregarle retroactividad anticonstitucional a la iniciativa, las voces contrarias de abogados, empresarios, académicos, ciudadanos, comenzaron a subir de número y de tono. Tras el desastre de la reforma judicial, nadie quería repetir la experiencia.
El ruido fue tanto que algunos operadores del régimen insinuaron la posibilidad de buscar consensos. Pero fieles a su naturaleza taimada, cuando vieron que el ruido bajaba, simularon diálogo, modificaron lo irrelevante y mantuvieron la retroactividad inconstitucional. En cuanto notaron que la pólvora seguía mojada, su pequeño dictador interior volvió a tomar el control.
Por un instante, sin embargo, mostraron miedo. Miedo a la ciudadanía organizada, a las voces claras y argumentadas que actúan en conjunto. Ese es el verdadero poder.
Es cierto que el acceso al poder político pasa por los partidos, y hoy eso no es precisamente una buena noticia. Pero mientras ellos deciden si escuchan o no a los ciudadanos que no están atrapados en esa relación tóxica con el régimen, la pelota está en nuestra cancha.
Lo que vivimos hoy es consecuencia directa de nuestra pasividad. Seguimos esperando a nuestro propio “ángel salvador”, en el fondo deseamos lo mismo que criticamos: una relación tóxica, pero con alguien que nos diga bonito las cosas que queremos escuchar.
No necesitamos otro tóxico. Necesitamos ciudadanos adultos, capaces de asumir su responsabilidad, entender la diversidad del país y actuar desde la empatía y la razón.
Si queremos cambio, digamos en qué, concreto. Informémonos, participemos, afiliémonos, multipliquemos los mensajes, alcemos la voz junto a quienes comparten nuestras causas, sin importar colores. No dejemos pasar una a quienes hoy gobiernan ni a los que vengan. Exijamos, exhibamos, presionemos: que sientan que gobernar mal tiene consecuencias.
Cuando fui presidente de COPARMEX Puebla invité a Max Kaiser a una sesión del consejo. Nos llevamos un buen regaño, pero también una lección: el poder solo puede estar en manos de los ciudadanos cuando éstos entienden dónde está, cómo se mueve y cómo influir en él.
Podemos influir. Pero primero dejemos de añorar una relación tóxica.
Un abrazo.
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










