Una de dos: o Dios nos quiere un montón, o, como dijera mi querido Gerardo Aranda Orozco:
“México es tan grande que, por más que le hacemos, no nos lo acabamos.”
Si no, no me lo explico.
Les cuento: ayer por la tarde platicaba con mi esposa sobre algunos temas para esta columna que comparto con ustedes cada miércoles. Hay tantos asuntos urgentes que tengo en el horno al mismo tiempo, no sabes por cuál decidirte. También está la idea del timing o de abordar algunos que no tienen tanto reflector, pero sobre los cuales vale la pena reflexionar. En fin, ya no sé a qué dedico más tiempo, si a escribir o a elegir sobre qué escribir.
Es oportuno aclarar que mi esposa es investigadora del SNI, profesora de tiempo completo y Decana en la Escuela de Negocios y Economía de una de las mejores universidades de México. Así que, cuando me dice algo, siempre paro oreja; pero si se trata de temas de negocios y economía, mucho más.
Me comentó que llevaba algunos días leyendo publicaciones y entrevistas sobre la posibilidad de que México tuviera una segunda oportunidad en el tema del nearshoring.
Reconozco que me sorprendió totalmente: no lo tenía en el radar. Tengo muy claro que, aunque gracias a nuestra ubicación geográfica, principalmente, sí fuimos beneficiados en este juego de relocalización de cadenas globales de valor para acercarlas a los mercados principales, dejamos pasar una oportunidad histórica.
No la aprovechamos, ya que negligentemente pusimos en el camino todas las piedras posibles y, desde el gobierno, enviamos la mayor cantidad de mensajes sobre lo poco confiables que éramos como destino de inversión (y lo aún menos confiables que pretendíamos ser en el futuro). La conclusión es que sólo llegó a México una de cada diez empresas que pudieron haber aterrizado aquí.
Así que una segunda ola de oportunidades en este juego sería increíble. Con la ayuda de toda la inteligencia artificial —y de la que naturalmente yo traía incluida— revisé notas, entrevistas y publicaciones de los últimos días para entender si esto era cierto y, en caso afirmativo, ver si ahora sí podemos hacer algo para capitalizarlo.
Pues bien, spoiler alert: ¡sí, es cierto!
Resulta que cada vez hay más señales de que México puede estar viviendo una especie de “segunda oportunidad” respecto al fenómeno del nearshoring. Pero, al mismo tiempo, esa oportunidad vuelve a estar en riesgo, justamente por los sospechosos de siempre —al menos en estos últimos años—: incertidumbre regulatoria, inseguridad, falta de reformas estructurales, problemas energéticos, etcétera.
Así que, ya que hice mi tarea, se las voy a contar… ¿qué dicen los datos?, ¿qué dicen los expertos? y ¿dónde están los retos clave?
México puede tener una segunda oportunidad, en primer lugar, gracias a Dios —nunca mejor dicho—, ya que nuestra ubicación geográfica nos da una ventaja logística natural. Evidentemente, esta es una ventaja física que, mientras los Estados Unidos sean lo que son, estará ahí. Casi ninguna reforma constitucional podría arruinarla… dije casi.
A ello se suma un cierto crecimiento aislado en exportaciones y diversificación que observan sectores vinculados al nearshoring.
También está la narrativa, que juega un papel importante. Por un lado, está creciendo y despertando interés el concepto de “nearshoring 2.0”, con artículos y opiniones que apuntan a que México concentraría una gran parte de este fenómeno en América Latina. Por el otro, está el gobierno, que al menos en su discurso oficial señala que la estrategia es “acelerar el nearshoring”. Algo es algo.
Aunque pueda ser sólo retórica, la narrativa también mueve expectativas.
Y finalmente, nuestro amigo Trump —que, gracias a su guerra de aranceles con el mundo— ha puesto a analistas y medios internacionales a hablar sobre cómo México podría ganar ventaja frente a otros hubs asiáticos.
Pero… siempre hay un pero, o varios.
Al igual que en la primera ola de relocalización, el alto nivel de incertidumbre regulatoria y de seguridad jurídica persiste. Muchos pensamos —incluidos los CEO de los gigantes estadounidenses— que se incrementa con cada ocurrencia presidencial o legislativa.
Varios estudios advierten que, aunque la oportunidad existe, el “boom” del nearshoring en México enfrenta serias amenazas: reformas judiciales, concentración del poder y un clima político y de inseguridad que genera dudas entre los inversionistas.
La infraestructura, los servicios y los costos siguen siendo un cuello de botella, lo que frena la llegada de nueva inversión extranjera directa, todavía muy por debajo de lo esperado.
Aunque México tiene la ventaja de jugar de local, no está solo en el campo: otros países de Asia, Europa del Este e incluso América Latina compiten por estas cadenas de suministro. Y no lo hacen mal.
Finalmente, la desaceleración económica en México —y en general— pone en riesgo el tamaño de esta segunda ola, y con ello se reduce la oportunidad de que muchos puedan subirse a ella. Con proyecciones de crecimiento mínimas, nos quedamos sin margen de error.
Entonces, como ya lo adelantamos: sí, México tiene una “segunda ola” de oportunidades para el nearshoring.
Esto significa que está en juego otro ciclo de reconfiguración global de cadenas de suministro que podría beneficiarnos.
Pero, al igual que con la primera, aunque estemos hasta adelante en la fila, no significa que ganaremos la carrera.
No podemos darnos el lujo de volver a fallar.
La ventana está ahí; el aprovechamiento dependerá de la responsabilidad con que la clase política asuma el reto, así como de las reformas y su implementación. También de la innovación, resiliencia y visión social de los distintos sectores empresariales, que deberán estar a la altura del desafío.
Si no, esta segunda oportunidad pasará de largo; pocos de los nuestros se subirán, otros países la aprovecharán, y en México seguiremos esperanzados en la buena voluntad de nuestros vecinos.
Un abrazo
Los leo en X: @RubenFurlongM










