Hace unas semanas, el analista Esteban Román lanzó una reflexión incómoda pero necesaria, sobre la fascinación casi romántica que sectores ciudadanos desarrollan hacia sus propios carceleros. En ella planteaba preguntas que hace apenas unos años habrían parecido absurdas: ¿Cuántos estadounidenses aceptarían que Donald Trump fuera presidente vitalicio? ¿Cuántos salvadoreños aplaudirían que Nayib Bukele siguiera acumulando poder sin límites? ¿Y aquí, cuántos mexicanos querrían que Andrés Manuel López Obrador volviera —oficialmente— al poder?
No entraré en los detalles de Estados Unidos ni de El Salvador —cada caso tiene su complejidad—, pero sobre México sí podemos… y debemos hablar.
Porque la respuesta honesta es brutal: muchos más de los que deberían.
Que en un país con tantas carencias y un gobierno tan poco receptivo a ellas, existan millones de ciudadanos profundamente enamorados de quien más daño les ha provocado es, en efecto, una forma colectiva del llamado Síndrome de Estocolmo.
No es nuevo: esta película ya la vimos. Los colores eran diferentes pero el libreto y los protagonistas eran casi los mismos. Muchos de los que hoy mandan en MORENA antes lo hacían en el PRI, otros en el PAN o en partidos satélite. La clase política mexicana es experta en reciclarse.
En la versión original, la del viejo PRI, el poder se sostuvo durante décadas gracias a una maquinaria de corrupción y complicidades, pero también gracias a una base social que se mantuvo fiel aun cuando era la más perjudicada. En la nueva versión —con MORENA como clon del PRI— el guion se repite: López Obrador encarnó al carcelero convertido en prócer, el líder mesiánico y paternal al que amplios sectores vulnerables le perdonan todo, incluso aquello que los afecta directamente.
Al igual que el asaltante del banco sueco en la historia que dio nombre al síndrome, el líder repite algunas palabras dulces, improvisa numeritos mientras compromete la seguridad, la salud y la dignidad de los suyos. Y aun así, ahí están: defendiendo a quien les arrebató el acceso a medicinas, a quien permitió que la violencia se disparara, a quien arruinó la confianza económica y espantó inversiones que habrían generado empleo y movilidad social. Ese sector que más lo sufre es el mismo que más lo idolatra y añora su regreso.
No es que al resto de la población le vaya mejor —todos hemos pagado el costo—, pero esos otros sectores no suelen ser tan condescendientes ni comprar tan fácilmente los “otros datos”.
Sí, es cierto: la pobreza, el abandono y la marginación no empezaron con la 4T. Pero también es cierto que llevan siete años con prácticamente todo el poder y que recibieron un país con estabilidad macroeconómica. No sólo no resolvieron nada: empeoraron lo urgente y descuidaron lo estratégico. Eso sí, aprendieron rápido el truco de halagar a los más desfavorecidos, ponerlos al centro de cada discurso y acompañar las palabras con transferencias económicas que funcionan como migajas emocionales que comprometen su futuro. Al final, es el clientelismo siempre regresa disfrazado de justicia social.
Pero México no es el único país que sufre este fenómeno. Estados Unidos con Trump, Rusia con Putin y buena parte de Sudamérica tienen ejemplos similares. Un mal de muchos que no consuela, pero sí nos da un contexto.
A veces pienso que es un defecto de fábrica de la democracia: esa vulnerabilidad que surge cuando los ciudadanos, frustrados con sus gobernantes, dejan de creer en las instituciones que los protegen. El desencanto se convierte en resentimiento, y el resentimiento en abandono. Y entonces, sorprendentemente, culpan a la democracia de todo: del mal desempeño, de la corrupción, de las promesas rotas. En lugar de exigir cuentas a los políticos, se rinden ante ellos y terminan atrapados en relaciones tóxicas, donde el abuso se confunde con liderazgo.
Algunos incluso llegan a creer que una dictadura encabezada por “su líder” sería mejor que una democracia imperfecta. La historia demuestra que esa ilusión suele costar caro.
Si alguien duda, bastaría mirar hacia el sur. Hace dos décadas, buena parte de los venezolanos aplaudió que Hugo Chávez, electo democráticamente, se deshiciera de los contrapesos institucionales. En sus primeros años, aunque hoy parezca imposible de creer, fue carismático y redujo un poco la pobreza. Después, todo se fue al carajo. Pero un amplio sector lo idolatró hasta el final y le entregó, sin resistirse, las llaves de su propia prisión. Hoy Venezuela es una dictadura dirigida por la incompetencia de Nicolás Maduro, un heredero personal del “comandante eterno”, aferrado al poder a costa del hambre y el exilio de millones.
Las democracias envejecen, y al envejecer olvidan que existen porque alguien luchó por ellas. Ante los desafíos se normaliza el poder absoluto, se minimizan los abusos y se romantiza al caudillo. Y cuando un solo hombre o un solo partido concentra todo el poder, ya no lo suelta. Lo convierte en prioridad absoluta. Lo decía Sun Tzu: “Un hombre malvado quemará su propia nación para reinar sobre las cenizas.” No estamos siendo pesimistas, es experiencia histórica.
Y en este mismo orden de ideas, les aviso que el ciudadano Andrés Manuel López Obrador ya anunció que regresa a la vida pública para defender la democracia y a la presidenta. Ya que es claro que tener todo el poder y a las instituciones no es suficiente protección.
Al final, la pregunta es: ¿por qué tantos ciudadanos justifican, protegen y adoran a quienes los dañan? Quizá porque el abandono histórico dejó heridas profundas. Quizá porque el discurso populista —ese que siempre tiene culpables fáciles y soluciones mágicas— es seductor. O quizá porque es más cómodo creer en salvadores que asumir responsabilidades ciudadanas.
Afortunadamente, no todos desarrollan ese síndrome. Y cada día son menos. Falta muchísimo, pero el desencanto con los caudillos comienza a crecer. Y cuando la lucidez regresa, aunque sea lentamente, la democracia vuelve a encontrar aliados.
Con eso basta para no perder la esperanza.
Un abrazo.
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










