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Buscamos la felicidad, no sabemos en dónde se esconde, pero suponemos que día con día nos acercamos un poco más a ella, de lo contrario, no estaríamos dispuestos a soportar largas jornadas de trabajo, interminables horas de estudio e incontables momentos de esfuerzo. ¿Qué forma, color, aroma o aspecto tiene la felicidad? Lo ignoramos, pero suponemos que de alguna manera se parece a lo que compramos, a lo que vestimos, a lo que comemos, a lo que leemos, en fin, a lo que consumimos, de lo contrario no haríamos lo que hacemos.
La búsqueda de la felicidad es sin duda una de las cuestiones más antiguas de la humanidad y es la que ha orientado su sentido de vida. Definir la felicidad no es sencillo, pues pareciera que ésta es relativa a cada persona. Además se dice que la felicidad no puede ser definida, pues más que ser una idea, es una experiencia, por ello es que quienes se dedican a pensar mucho, se alejan en la misma medida de la felicidad; mientras que quienes rara vez piensan en la felicidad, en su definición y en su expresión, son quienes más la viven sin darse cuenta, como si ésta fuera más una cuestión de la ignorancia, que de la consciencia.
La filosofía, la religión, el arte e incluso la política han definido la felicidad desde diferentes aristas, y si en algo coinciden todas estas ramas del pensamiento es que la felicidad es un estado de plenitud, entendida ésta como la ausencia del sufrimiento, sin embargo, es también un hecho que la conquista de la felicidad da la impresión de ser una conquista sobrehumana debido a los esfuerzos que implica, lo cual resulta totalmente contradictorio, pues mientras que la mayor búsqueda del ser humano es su felicidad, lo que tiene que hacer para conseguirla rebasa su humanidad. Siendo así, ¿es posible, entonces, ser felices? Entendiendo por felicidad la ausencia absoluta del sufrimiento.
Es necesario aclarar que la felicidad tampoco es fácil de conquistar porque se confunde con el placer, es decir, solemos pensar que lo que nos agrada es lo que nos hace felices, pero no es así, y esto lo verificamos cuando observamos que una vez que el placer se termina regresan los sufrimientos propios de la existencia. Podemos afirmar, con toda seguridad, que si alguien alcanzara el estado de plenitud del que las grandes escuelas del pensamiento nos han hablado, jamás regresaría a la cotidianidad que nosotros habitamos, pues esa plenitud es semejante al despertar de la consciencia, el cual esencialmente es irreversible.
Siendo entonces la felicidad un estado deseable, pero inaccesible, ¿qué nos queda entonces por hacer? Centrarnos en un nivel inferior al de la felicidad, pero no por ello insignificante: el de la alegría. Aquellas mentes que en siglos pasados se acercaron a la sabiduría propusieron en sus doctrinas que para llegar a la felicidad es fundamental la privación de los placeres y el control absoluto de los instintos y de las emociones, sin embargo, ni siquiera esas mentes fueron capaces de alcanzar lo que propusieron, por ello es que resulta fundamental cuestionarnos hasta qué punto sería válido practicar sus enseñanzas.
Indudablemente es necesario disciplinar nuestro cuerpo, mente y emociones para mejorar nuestra calidad de vida, pero eso dista mucho de buscar su anulación, tal y como las “doctrinas de la felicidad” lo postulan.
La alegría es un estado no solamente más humano, sino posible. Sentir alegría no nos exime de sentir dolor también. Quien vive en la alegría disfruta del placer sin padecer después las injurias del remordimiento. Vivir en la alegría no es lo mismo que vivir en la inalcanzable plenitud de la felicidad, pero no por ello resulta menos valioso, pues la alegría también puede favorecer en nosotros un estado de consciencia elevado que nos ayude a sentirnos en correspondencia con el mundo, más que en desventaja, a pesar de sus desavenencias y disgustos. El filósofo Frédéric Lenoir, en su obra La alegría, nos habla en estos términos:
«Hay dos caminos a la felicidad. El primero aspira a la serenidad mediante el alejamiento de los placeres. Otro camino aspira más a la alegría perfecta. No busca un ideal de renuncia, sino de desprendimiento, es decir, de vida alegre en el mundo, sin dependencia de los placeres mundanos y de los bienes materiales. Este segundo camino es más próximo a nuestras vidas modernas porque nos incita a vivir en medio del mundo para abrazar sus contradicciones e intentar ser levadura en la masa para contribuir a su transformación.
La alegría de vivir es empática, invita a la compasión, a compartir, a la solidaridad. Algunos afirman que cuando el mal es demasiado fuerte, cuando toma por ejemplo el rostro de los campos de exterminio, ninguna felicidad, ninguna alegría es ya posible en la tierra. Pienso exactamente lo contrario. No solo la felicidad y la alegría son todavía posibles, sino que constituyen incluso un deber para que semejantes tragedias no vuelvan a producirse. La alegría siempre ha existido en medio del horror. La sabiduría de la alegría no aporta ninguna respuesta teórica a la cuestión del mal, sino una respuesta práctica: a través de la transmisión de un fuerte amor por la vida, de un compromiso a favor de todos los seres vivos, es posible construir un mundo mejor.»
Mientras que la felicidad propuesta por los sabios antiguos consiste en un alejamiento del mundo, la alegría de quienes hoy habitamos el mundo consiste en un mayor compromiso con nosotros mismos, con la sociedad y con el medio ambiente. Es un hecho que sin el otro no podríamos ser, pues siempre dependemos de alguien más, por ello es que la felicidad del aislamiento no sólo es un imposible, sino un absurdo. El mundo consiste en una sucesión de claroscuros en los que a veces gozamos y a veces lloramos, en las que el amor y la muerte cohabitan, y en los que el deseo y la repulsión se manifiestan infinitamente, y esto no cambiará nunca, por ello estamos llamados a buscar no la felicidad, sino la alegría en medio del horror.









