Apenas estaba entendiendo lo que estaba pasando cuando ya pasó… ¿En qué momento se nos fue el año? Ni siquiera nos dio tiempo de agarrarle cariño, ahora mismo ya está empacando y ha pedido su Uber.
A pesar de todo, algo le hemos aprendido…
En primer lugar, este 2025 nos ha explicado con dureza que la política y la economía dejaron de jugar en ligas separadas. Para los mexicanos, este año fue un recordatorio brutal de que las decisiones ideológicas —mal diseñadas y peor ejecutadas— siempre terminan pasando la factura en la caja registradora, en el empleo y en la mesa de las familias.
A nivel global, 2025 estuvo marcado por una desaceleración económica persistente, tasas de interés aún altas, tensiones geopolíticas sin resolver y una creciente fatiga social frente a los experimentos populistas. Europa siguió navegando entre el estancamiento y la sobrerregulación; Estados Unidos entró en un año de definiciones políticas clave con una economía resistente, pero claramente más cautelosa; Asia mostró que la disciplina industrial sigue siendo su mayor ventaja competitiva.
Pero quizá el fenómeno político más relevante del año fue el giro hacia posiciones más conservadoras y pragmáticas en varias regiones del mundo, particularmente en América Latina. Más que una reflexión política de las sociedades, nuevamente es por hartazgo. Hartazgo de gobiernos que prometieron justicia social y entregaron inflación; que ofrecieron soberanía y produjeron aislamiento; que hablaron de los pobres mientras destruían a la clase media y se convertían a sí mismos en la nueva oligarquía económica.
En ese contexto, figuras como María Corina Machado se convirtieron en símbolos internacionales de resistencia democrática frente a dictaduras populistas de izquierda como la de Nicolás Maduro. Su reconocimiento global —incluida su constante mención en los principales foros internacionales y su premio Nobel— no es casualidad: el mundo empieza a ser más estricto a la hora de distinguir entre justicia social real y autoritarismo que presume una superioridad moral de chocolate.
Lamentablemente México decidió ir a contracorriente.
2025 fue un año complicado para la actividad empresarial nacional. La inversión privada siguió contenida, más que por falta de capital, por falta de confianza. La incertidumbre jurídica, el debilitamiento institucional, la inseguridad y la narrativa oficial que ve al empresario como sospechoso permanente terminaron por enfriar decisiones que ya estaban listas para ejecutarse.
El tan esperado nearshoring —esa oportunidad histórica que no se repite— avanzó, sí, pero a un ritmo muy inferior al que México podría haber capitalizado. Otros países entendieron mejor la lección: apostaron a la certidumbre y dejaron la ideología en segundo término. Aquí nos tiramos de cabeza en los discursos y torcimos las reglas para espanto del capital.
A esto se sumó un deterioro evidente en la relación entre gobierno y sector productivo. En lugar de diálogo, descalificación. En lugar de corresponsabilidad, centralización. En lugar de fortalecer al Estado de Derecho, se le debilitó hasta el límite.
Y así llegamos al 2026.
El próximo año no será sencillo. Para México, el mayor foco de riesgo no está fuera, sino dentro. La posible reforma electoral que se asoma en el horizonte no solo representa un debate político: es una señal directa a los mercados, a nuestros socios comerciales y, particularmente, a Estados Unidos y Canadá en el marco de la revisión del T-MEC.
¿De dónde sacan esa audacia política para decidir que es buen momento para jugar con las reglas del árbitro electoral mientras se revisa el tratado comercial más importante del país? No entender que democracia, certeza jurídica y comercio internacional van de la mano es no haber aprendido nada en los últimos treinta años.
2026 exigirá cabeza fría, instituciones fuertes y una sociedad —incluido el empresariado— mucho más participativa. Aunque siempre se agradece que las empresas permanezcan creando empleos y generando riqueza, hoy no basta con resistir; hay que involucrarse. No basta con pagar impuestos; hay que defender las condiciones que hacen posible generarlos.
Y aquí quiero cerrar con un mensaje claro y positivo: Deseo que en 2026 los regímenes populistas y autoritarios —en cualquier latitud y sin importar si se presentan como de izquierda o de derecha— sigan perdiendo terreno. Pero, sobre todo, que entendamos que todos somos parte de la solución a los grandes problemas de nuestro tiempo. Para lograrlo, será indispensable bajar el volumen de la polarización, recuperar el diálogo respetuoso y construir acuerdos a partir de las coincidencias, no de las diferencias.
Aunque desde hace tiempo escuchamos una narrativa oficial que insiste en presentar a las empresas como el problema, conviene decirlo con claridad: se trata de un discurso políticamente útil para algunos, pero profundamente equivocado. En la realidad, las empresas son parte esencial de la solución. Lo hemos dicho antes: después de la familia, siguen siendo la institución social más importante de este país. Generan empleo, pagan impuestos, innovan, forman talento y sostienen comunidades enteras, incluso en contextos adversos.
El México que viene —el México que queremos— no se construye desde el resentimiento ni desde el poder concentrado. Se construye desde la libertad económica, la responsabilidad social empresarial y un Estado que entienda que gobernar no es confrontar a quienes producen, sino crear las condiciones para que produzcan más y mejor.
2025 fue un año de advertencias. Ojalá 2026 sea el año en que decidamos escucharlas.
Estimado lector, aprovecho este espacio para agradecerte tu acompañamiento semanal en esta columna. Es un ejercicio que realizo con responsabilidad, pero también con el gusto de saber que hay alguien del otro lado, leyendo y reflexionando conmigo sobre los temas que aquí abordamos.
Con motivo de las fiestas de Navidad y Año Nuevo, tomaré un par de semanas de descanso. Si el juez de plaza celestial no dispone otra cosa, nos volveremos a leer en enero. Te mando un abrazo y mis mejores deseos para que estas fechas las disfrutes en compañía de tus seres queridos, y para que el próximo año te regale salud, retos y mucho éxito.
¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!










