elmundoiluminado.com
La rápida sociedad contemporánea nos estresa. Vivimos en la sobreproducción de información, de ideas, de objetos, de seres, y suponiendo que esta abundancia nos hace productivos y ejemplares. Sin embargo, este exceso no es más que el síntoma de nuestro descontrol, el resultado de no saber escuchar a nuestro cuerpo ni a nuestro planeta. ¿En verdad necesitamos tanto para vivir? Los efectos de la degradación social y ambiental nos dicen lo contrario.
Vivimos en un estrés constante, pues sentimos que el dinero no nos alcanza, que el tiempo pasa rápido, que las enfermedades son una amenaza constante, o que nuestros planes sencillamente no salen como lo esperamos, sin embargo, todo lo que nos ocurre, conlleva una enseñanza oculta que quizás en su momento no comprendemos, pero que con el paso de los días se va clarificando en nuestra mente. También es cierto que para que podamos aprender de todo lo que nos pasa, es fundamental estar dispuestos, lo cual no es sencillo, pues no hay tragedia que no desestabilice lo que pensamos y sentimos. Sin embargo, cuando nos abrimos a la posibilidad de que todo es una enseñanza, y cuando nos preguntamos “¿para qué me pasa esto?”, notamos que nada puede afectarnos verdaderamente. Sí, podrán ser verdades que duelen, pero que fortalecen.
La mayoría de las situaciones difíciles que experimentamos no se deben a que las circunstancias sean desfavorables para nosotros, sino más bien a los juicios que hacemos de los seres, las cosas y las vivencias, es decir, la raíz de todo conflicto esencialmente se halla en las ideas que tenemos del mundo. Todos poseemos una percepción de la realidad, pero cuando esta percepción es rígida, sufrimos, pues la realidad nunca será como nosotros lo esperamos. En cambio, si hacemos que nuestra interpretación de los hechos sea maleable, que no es lo mismo que manipulable, le cerraremos el paso al sufrimiento. El mundo nunca será del todo como lo esperamos, pues es un ente que escapa a nuestra voluntad, pero nuestros pensamientos sí pueden estar en sintonía con aquello a lo que aspiramos, siempre y cuando nos liberemos de los conceptos con los que definimos tajantemente a la realidad. Los hechos son lo que son, pero la interpretación es subjetiva y, por ende, con una tendencia al sufrimiento.
Cuántas veces no hemos tenido alguna vivencia que en el momento en el que ocurre nos da la impresión de ser adversa, pero que con el paso del tiempo cambia su significado, mostrándonos sus virtudes y ventajas. Esto nos recuerda la importancia de aprender a analizar los eventos con la ventaja de la perspectiva que solamente el tiempo otorga. Toda tormenta, cuando es vista desde su interior, es amenazante, pero el alejarnos de ella nos permite dimensionarla adecuadamente, así como tomar la mejor decisión para enfrentarla. Sin embargo, el constante estado de estrés en el que nos hallamos nos nubla la razón y nos hace creer que somos las únicas víctimas del infortunio, cuando la realidad es que cada quien atraviesa por sus propias tormentas.
Para alejarse del estrés y acercarse a la relajación, que es el estado ideal del ser, es fundamental prestar plena atención a lo que ocurre, abrir nuestros ojos y oídos, y reflexionar detenidamente y con perspectiva antes de sacar alguna conclusión que podría ser tildada de imprudente. Nos hemos malacostumbrado a que hoy todo tiene que ser rápido, o de lo contrario sentimos que el tiempo se nos fuga, sin embargo, ¿para qué queremos el tiempo, cuando lo único que hacemos con él es desperdiciarlo? Así como la naturaleza no adelanta sus ciclos, nosotros debemos de permitir que la realidad se desarrolle a su debido tiempo, sacando de cada una de sus etapas las enseñanzas necesarias para fortalecernos y relajarnos.
Ante toda adversidad, el sentido del humor es fundamental, se puede reír incluso de lo más trágico; esto no quiere decir que no tengamos respeto por los eventos, ni tampoco que seamos insensibles ante lo que ocurre, sino que el humor es más bien un reconocimiento de nuestra impotencia ante el vaivén del mundo. Reír no es burlarse, pues es una risa emanada de la humildad, y no desde la soberbia. Quienes ríen mucho también sufren, pero de igual manera se reponen de las desgracias cotidianas. El maestro de budismo, Lodro Rinzler, nos lo explica en su obra El Buda entra en un bar:
«Como parte del camino de la meditación, aprendemos a aceptar todo lo que surge en nuestro camino y a utilizarlo como combustible. Mientras podamos seguir confiados pero relajados a la vez, podremos disfrutar de nuestro mundo. Lo que nos causa problemas no es nuestra familia, trabajo o vida sexual, sino los conceptos y apegos que les colocamos. Nada de lo que surja en nuestro camino es problemático, sino una oportunidad para mejorarnos. Para relajarte, debes distanciarte de las situaciones, esto te dará perspectiva. No saques conclusiones precipitadas. Observa y escucha. Demuestra, además, cierto sentido del humor, sobre todo ante situaciones caóticas. Concede atención a los detalles y habita espacios limpios y ordenados, esto animará una actitud mental despierta. En general, es necesario mantener una consciencia activa a fin de observar con claridad las situaciones tal como son y actuar en consecuencia. La vida social no es un momento para excederte y perder el sentido, sino para continuar manifestándote como practicante de la atención plena y la compasión. Perdónate por tus errores, todos se equivocan. Explora las circunstancias que rodearon tus indiscreciones pasadas y aprende de ese proceso para no recorrer la misma senda otra vez. Podemos pasarnos la vida recordando nuestras fallas, pero eso es una pérdida de tiempo. En lugar de ello, necesitamos ser honestos, reconocer lo sucedido y continuar haciendo lo que toca en este momento. El ahora no es un error.»
Los errores son inevitables, pero de alguna manera todo se resuelve. La vida no es sencilla, pero tampoco es una desgracia. Lo bueno hay que aprovecharlo; lo malo, agradecerlo. Todos nos equivocamos y la manera de seguir adelante es confiados, pero relajados.









