Apenas arranca el año y la presidenta Claudia Sheinbaum ya nos avisa que será en este mismo mes cuando enviará al Poder Legislativo su propuesta de Reforma Electoral. Lo hace aun sabiendo —porque en Palacio Nacional no son ingenuos— que se trata de un mensaje profundamente negativo para el mundo, para los inversionistas y, sobre todo, totalmente inoportuno en medio de la revisión del T-MEC. Con ello, de facto, se ignoran todos los llamados al diálogo y a la construcción de una reforma incluyente que verdaderamente fortaleciera nuestra democracia.
Aunque todavía no conocemos el texto y sin pretensiones pitonisas, hay razones de sobra para preocuparnos. Si algo hemos aprendido de este régimen es que en su cocina no existen cucharillas de café: siempre se sirven con el cucharón de la cacerola chicharronera. Así que no podemos esperar una reforma moderada, equilibrada o pensada para fortalecer la democracia participativa y el sufragio efectivo. No es lo que buscan. Lo que quieren es controlar los procesos electorales. Y, como diría el líder macuspano, “no tienen llenadera”.
Y eso que hoy quienes gobiernan bajo la bandera de la 4T ya controlan prácticamente todo. Incluso sin reforma electoral han logrado torcer el brazo de algunos consejeros del INE y del TEPJF para ajustar resultados a sus deseos y evitar sorpresas desagradables. Basta recordar cómo se agandallaron su aplanadora legislativa.
O la forma en que se presentan como víctimas inocentes de feroces campañas de desprestigio, a pesar de concentrar la inmensa mayoría de los medios de comunicación y de tener bajo consigna a un ejército de periodistas serviles.
Y no conformes con ello, desde su cómoda posición de “víctimas”, acusan con nombre y apellido a los pocos periodistas, activistas y medios críticos que aún incomodan. Con todo el peso del Estado, les colocan una diana en el pecho.
Pero, como ya dijimos, en la 4T no hay cucharas pequeñas. Ahora han iniciado una peligrosa escalada de persecuciones judiciales contra activistas y periodistas críticos, que recuerda tiempos oscuros que creíamos superados.
Hago un paréntesis; puede que muchas veces no coincidamos con algún periodista o activista en particular. Puede incluso que, por a pesar de haber gozado de ella, no valoremos del todo la libertad de expresión. Y sí, es posible que alguna investigación esté legalmente justificada. Pero, apelando al más básico sentido común, vale la pena hacerse esta pregunta: después de los periodistas y activistas incómodos al régimen, ¿quién sigue? ¿Las organizaciones civiles, las universidades, los empresarios, los ciudadanos inconformes?
Estamos viendo cómo empieza… pero no sabemos cómo acaba.
Entonces, si en los hechos ya tienen el poder, el control institucional y altos niveles de popularidad, ¿Por qué empujar ahora una Reforma que costará más de lo que les beneficia? ¿Por qué esta escalada autoritaria? ¿Por qué tensar tanto la cuerda?
No se puede negar que, pese a tantas red flags, la relación tóxica entre un amplio sector de la sociedad y la 4T sigue vigente. Aún viven juntos en la casita del bienestar, aunque la calle esté intransitable y los asalten cada tercer día. La 4T pasa una lanita y juntos siguen yendo a los eventos de los chamacos en el Zócalo.
Así que citando al divo de Juárez: “¿Pero qué necesidad?”
Creo que están tratando de leer el mundo. De entender qué está pasando afuera y cómo eso podría afectarles. No les cayó nada bien el Nobel a Doña Corina, ni el creciente rechazo internacional a dictadores bananeros, gobiernos autoritarios y populismos europeos. Pero, sin duda, lo ocurrido en las recientes elecciones chilenas terminó por disipar cualquier duda sobre la urgencia de impulsar una Reforma Electoral que los blinde, aunque con ello exhiban sin pudor su vocación antidemocrática.
Seguro pusieron sus barbas a remojar al ver lo que pasó con Boric y con la izquierda chilena —la más moderada y moderna de América Latina, por cierto— y concluyeron que era momento de blindarse, atrincherarse y cerrar puertas y ventanas ante un eventual cambio de ánimo social en México.
Tal vez no tan abrupto como en Chile, pero saben que, si no actúan hoy, en 2027 el equilibrio de poder podría modificarse, aun manteniendo mayoría. Porque ellos mismos llegaron al poder gracias al hartazgo social provocado por gobiernos insensibles, corruptos e incapaces de resolver problemas como la violencia y la desigualdad. Lo malo es que no han sido mejores. En el mejor de los casos son iguales y en varios rubros ya son percibidos como peores.
Y esos ciudadanos que alguna vez los eligieron podrían decidir buscar alternativas en otras corrientes políticas. No es una locura: América Latina lo está haciendo. Y esa es la maravilla de la democracia: que permite corregir.
Por eso quieren blindarse con esta Reforma Electoral: para evitar que la sociedad corrija mediante procesos democráticos reales.
El problema es que ese blindaje no es definitivo. La historia demuestra que, llegado el momento, la ciudadanía siempre encuentra la manera de hacerse escuchar. Ahí está Venezuela: a pesar de controlar con mano de hierro todo el proceso electoral, la ciudadanía los rechazó a punta de votos, obligándolos a cometer el fraude más burdo de su historia y confirmando ante el mundo lo que ya sabíamos: son una dictadura de facto. Su caída está en marcha; falta ver qué tan profunda será.
Eso sí: aunque apropiarse del sistema electoral no garantiza perpetuidad, sí complica gravemente los procesos democráticos. Debilita la voluntad popular, cierra el paso a visiones distintas y siembra focos de crispación social, por decirlo con cuidado.
Además, en su visión cortoplacista no entienden que, aunque hoy estén ellos, tarde o temprano se irán. Y el andamiaje legal que hoy construyen con abuso de su aplanadora legislativa será el que mañana dificulte la vida democrática del país.
Un verdadero demócrata sabe que lo más importante no es si gana la izquierda o la derecha. Eso siempre puede corregirse. Lo verdaderamente grave es destruir el mecanismo que permite corregir.
Por eso, no importa si vives en Estados Unidos y apoyas a Trump, si admiras a Bukele o si en México suspiras por Andrés Manuel: hay algo más importante que derrotar al adversario ideológico, y es que tu presidente o presidenta no destruya la escalera que le permitió llegar al poder… y que a ti te dio el derecho de elegirlo.
De lo ocurrido el sábado en Caracas, ya hablaremos otro día.
¡Un abrazo!
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










