Este año no puede entenderse sin mirar una constante que atraviesa varios frentes internacionales: la política exterior de Donald Trump vuelve a marcar el ritmo. No como una reedición exacta de su primer mandato, sino como una versión más explícita de una idea que nunca abandonó: el poder se ejerce presionando, no esperando consensos. Groenlandia, Cuba, Irán y Venezuela no son episodios aislados, son piezas de una misma lógica.
Groenlandia reaparece como territorio estratégico en la disputa por rutas, recursos y presencia militar en el Ártico. Cuba vuelve a colocarse en el radar de seguridad hemisférica, no por nostalgia ideológica, sino como recordatorio de que el control regional sigue siendo prioridad para Washington. Irán continúa funcionando como antagonista útil para justificar endurecimiento, sanciones y despliegues. Y Venezuela, con Nicolás Maduro en el centro, se convierte en el escenario donde esa política de fuerza se vuelve más visible y más peligrosa.
El mensaje que atraviesa estos casos es consistente: Estados Unidos ya no se siente obligado a cuidar las formas del orden internacional como antes. La lógica no es construir acuerdos largos, sino imponer condiciones y administrar las consecuencias después. La pregunta deja de ser si una acción es correcta en términos normativos y pasa a ser si es viable en términos de poder.
Esta forma de operar redefine los equilibrios entre legalidad, soberanía y control. Trump no apela a la épica democrática ni a la retórica de valores universales; apela a la eficacia. El orden se presenta como justificación suficiente. Y cuando el actor más poderoso del sistema actúa así, los demás ajustan su conducta, aunque no lo digan en público.
América Latina queda atrapada en esa tensión. La región, históricamente sensible a cualquier forma de intervención, observa cómo el discurso de la no injerencia convive ahora con una demanda social interna de resultados, seguridad y control. El dilema es profundo: defender principios en un mundo que los relativiza o adaptarse a una lógica que premia la fuerza.
Para México y Claudia Sheinbaum el margen de maniobra es estrecho. La relación con Estados Unidos, la postura frente a Venezuela y el discurso de seguridad ya no se juegan solo en el terreno diplomático, sino en la capacidad de leer señales y anticipar movimientos. No basta con fijar una posición moral; hay que entender el tablero que se está endureciendo.
Lo que une Groenlandia, Cuba, Irán y Venezuela no es la ideología ni la coyuntura, es el método. Trump está reinstalando una política exterior que prioriza la presión, reduce la paciencia y normaliza el cruce de límites. La narrativa es clara: Ahora el poder se ejerce con menos pudor y más determinación.
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