Queremos más. Más cosas, más placer, más tiempo. Nuestro exacerbado consumismo, el cual cada vez tiene límites menos precisos, nos ha llevado a tener tantas posesiones que difícilmente podemos disfrutar plenamente alguna de ellas. Cada vez tenemos más cosas, es como si inconscientemente tuviéramos un vacío que intentamos llenar, pero, paradójicamente, mientras más posesiones introducimos en nuestras vidas, mayor se hace el vacío que sentimos; aunque no lo comprendamos, la única manera de llenar nuestras carencias es poseyendo menos.
Pero así como cada vez anhelamos tener más, al mismo tiempo nos enfocamos por sentir más, principalmente aquello que está ligado al placer. Tenemos muchas cosas y esa suma de posesiones intensifica nuestros deseos. Tener más nos hace desear más, pero ese deseo no se satisface en el placer que obtenemos, sino que, contrario a lo que esperaríamos, se frustra, y entonces nuestra vida se convierte en un cúmulo de insatisfacciones que fomenta en nosotros una inútil persecución del placer. Deseamos más porque queremos sentir más placer, sin embargo, lo único que nos queda de todo ello, en esta sociedad de consumo, es la frustración de los objetivos no realizados. Aunque no lo comprendamos, la única manera de satisfacerse en el placer es deseando menos.
En lo biológico, queremos más tiempo, vivir más años, ¿pero para qué si no tenemos ningún propósito relevante? Nuestros intereses están en lo efímero, en lo superficial, en lo vano, pero no podía ser de otra manera en la sociedad de consumo que hemos construido. Queremos vivir más años, y por ello hemos desarrollado la ciencia médica hasta fronteras anteriormente inimaginables, sin embargo, de nada sirve prolongar el funcionamiento de la máquina, es decir, del cuerpo, si la mente está perdida, si no hay un rumbo al cual dirigirse ni tampoco una voluntad que nos lleve a superarnos. Vivimos más años que nuestros ancestros, pero indudablemente vivimos también más vacíos que ellos, pues hoy, ni siquiera nos queda la consolación de lo sagrado. Aunque no lo comprendamos, la única manera de alcanzar la plenitud es con límites.
La obsesión que hoy demostramos por las prácticas de consumo esencialmente se debe a lo ya mencionado, una profunda sensación de vacío y por ello es que pretendemos aferrarnos a las cosas, a los deseos, a las personas, al tiempo, y esto es por nuestra negativa a aceptar la única verdad irrevocable: en esta realidad material a la que pertenecemos todo está llamado a terminarse. Pensar en el final es, irremediablemente, pensar en la muerte. Aún cuando pensemos en el final de cosas inanimadas, la muerte está de por medio, pues estas cosas, junto con todos nosotros, son testimonio del paso del tiempo y de la inminente llegada del olvido. De alguna manera, nos dirigimos a la nada, lo sabemos, y por eso es que nos obsesionamos con la acumulación de cosas, de placeres, de ideas, de personas, de lo que sea, queremos mucho de todo al mismo tiempo y en el aquí y el ahora, sin embargo, esa acumulación enfermiza en la que hemos caído es, precisamente, la que nos hace sentir un vacío, pues al pretender tener mucho de todo nos hacemos incapaces de disfrutar plenamente lo que nos acontece.
Le tememos al final, es un miedo inconsciente, pero ahí está manifestándose en todo momento. Nos miramos al espejo y atestiguamos con horror nuestra inminente desaparición. Todo está llamado a desaparecer, lo sabemos, ¿pero entonces qué sentido tiene la vida? Es una pregunta legítima y, humanamente, imposible de responder. Por razones inexplicables pertenecemos a un sistema natural condenado a la tiranía del tiempo, pero si la única ley que impera es que todo habrá de desaparecer, más que lamentarnos por ello, es fundamental que aprendamos a vivir con ello. Sí, moriremos, sí, todo se acaba, pero antes de que el último impulso de nuestra consciencia se extinga, podemos subsanar el vacío que sentimos. El escritor Terry Eagleton, en su libro El sentido de la vida, nos dice:
«Cuanto más nos percatemos del carácter perecedero de las cosas, con mayor cautela nos aferraremos a ellas. Gracias a ese habilitador distanciamiento de nosotros mismos, estaremos mejor capacitados para ver lo que realmente valen las cosas y para saborearlas más plenamente. Justamente en ese sentido la muerte agranda e intensifica la vida, en lugar de vaciarla de valor. No se trata de formular una típica receta para aprovechar el día, sino justamente de la recomendación inversa. La frenética necesidad de aprovechar el día, cortar las rosas, servirse una copa más y vivir como si no hubiera un mañana, es una estrategia extrema para burlar a la muerte, con la que se trata inútilmente de engañarla en lugar de aprovecharla. Todo ese hedonismo desesperado no hace más que rendir homenaje a la muerte de la que trata de renegar. Pese a tan brillante ejecución, no deja de ser una perspectiva pesimista, frente al realismo que supone la aceptación de ese trance final de la vida. Vivimos con una especie de negación perpetua, anulando una situación mientras nos proyectamos hacia otra. El deseo anida allí donde se echa algo en falta. Es una cuestión de carencias: vaciamos el presente de contenido para trasladarnos a un futuro similarmente vaciado. En un aspecto, la muerte y el deseo son antagónicos: si dejásemos de desear, la historia se detendría abruptamente. Pero, en un aspecto distinto, el deseo refleja en su propia carencia interna la muerte a la que finalmente nos conducirá. Precisamente en este último aspecto, la vida es una anticipación de la muerte: sólo somos capaces de seguir viviendo porque llevamos la muerte en nuestros huesos.»
Querer más antes de que la muerte se manifieste es lo que nos ha llevado a sentirnos menos ahora que la vida ocurre. Todo habrá de desaparecer y la tristeza en nada lo remedia. La muerte y el olvido nuestro insalvable destino, a pesar de ello es posible sentirse agradecidos por esta ilógica e inexplicable experiencia humana, en lugar de pretender burlar a la muerte.









