Todo está bien, a nuestro alrededor todo luce perfecto, pero no lo vemos. El ambiente destella radiante, las personas gozan, la naturaleza renueva sus formas, frutos y colores, pero nada puede quitar el velo gris que cubre nuestra mirada, y a pesar de la belleza del mundo, nosotros sentimos que cada vez nos hundimos más en una honda tristeza, en un profundo sinsentido, en un letargo interminable en el que caemos deseando no despertar jamás, porque sí, la vida es perfecta, pero hace mucho que perdimos la capacidad para deleitarnos. No estamos tristes, estamos deprimidos.
Vivir con depresión es difícil, como también lo es su definición. Dependiendo de sus causas y efectos, la depresión puede ser un trastorno clínico, un estado afectivo, una condición existencial, un fenómeno neurobiológico, un patrón cognitivo, un proceso social, y también un concepto cultural e histórico. Desde su aspecto médico y clínico, la depresión estaría ligada a desequilibrios químicos, a lesiones, a conexiones neuronales atípicas, pero desde otras dimensiones la depresión puede ser consecuencia de traumas sociales, de experiencias emocionales profundas, de pensamientos complejos, así como de pobreza económica.
La depresión, entendida como una experiencia que implica una desazón ante la vida, una desesperanza o una carencia de sentido de la existencia ha existido desde los orígenes de la humanidad, sin lugar a dudas y en este sentido, la depresión es connatural a nuestra especie, pues es para nosotros inevitable sentirnos, metafóricamente, abandonados. Pero, la depresión en su sentido clínico, es decir, como un trastorno que rebasa las fronteras de lo emocional y tiene repercusiones fisiológicas en quienes la padecen es mucho más reciente. Prácticamente es desde el siglo XIX que la depresión ha sido estudiada más allá de su dimensión filosófico–religiosa, para ser entendida como una “enfermedad” de la sociedad moderna, aquella que no sólo se inclina por la inmediatez y lo efímero, sino, además, que encumbra la idea de vivir en un estado constante de estrés que algunos malinterpretan como un signo de éxito.
La cuestión de la depresión, a medida que avanza el tiempo, acapara más la atención social, pues el número de personas que padecen depresión, en cualquiera de sus manifestaciones, va en aumento. La Organización Mundial de la Salud estima que en pocos años casi el seis por ciento de la población padecerá depresión, es decir, vivirá en un estado de tristeza, pero, además: de disociación, es decir, las personas se sentirán “separadas” de su realidad, lo cual las llevará a ser incapaces de atender tareas sencillas y cotidianas; la anhedonia es otro de los efectos que aumentarán entre la población, su característica es la incapacidad para disfrutar, para sentir placer, lo cual de alguna manera es irónico en una sociedad como la nuestra que privilegia el placer a niveles enfermizos; alteraciones cognitivas como la falta de concentración y cambios físicos como el cansancio prolongado también son síntomas de la depresión que aumentarán; sin lugar a dudas, los efectos más alarmantes son los relacionados con la pérdida de motivación, pues se corre el riesgo de que ésta avance hacia pensamientos de muerte obsesivos.
Son muchos los factores que determinan a la depresión, pero, es el factor social el que más incide tanto en las formas de depresión derivadas de la cultura, como aquellas de orden fisiológico. El estrés crónico, la alteración en los ciclos de sueño y el aislamiento relativo derivado del abuso de las nuevas tecnologías digitales terminan modificando nuestra biología y desarrollando estados depresivos que si bien son fisiológicos, tienen su origen en prácticas sociales desequilibradas. Sí, la depresión en última instancia es mental, ya sea por lo que pensamos a partir de lo que vivimos o por lo que sentimos a raíz de lo que conforma a nuestro organismo, sin embargo, la desorganizada interacción social contemporánea influye considerablemente en lo que somos, pensamos y sentimos. El neurocientífico José Ramón Alonso, en su obra Depresión, describe el sentir depresivo de la siguiente manera:
«La depresión es la incapacidad para imaginar un futuro o hallar respuesta a los problemas, un estado donde nada divierte y te sientes como un fantasma que no pertenece al mundo real, observando cómo otros respiran mientras tú te ahogas. Es un pozo profundo y una habitación sin luz ni salida, donde la oscuridad te envuelve y te entumece mientras la luz de tu vida pasada se aleja. Se siente como si te hubieran cambiado la mente por una que dicta tu falta de valor, robándote la confianza y el merecimiento del amor, hasta atraparte en una caja o bajo un suelo de cristal, gritando en silencio mientras finges sonreír ante un mundo que sigue su curso. Es un cáncer del alma y una niebla constante; eres, al mismo tiempo, el verdugo y la víctima, arrastrando una pesada bola de plomo mientras intentas parecer normal o sintiéndote como una semilla ahogada por la tierra que cae sobre ti. Esta condición te arrebata toda emoción salvo la tristeza, el miedo y la vergüenza, obligándote a vivir en un duelo perpetuo por quien solías ser: al mirarte al espejo, no hay chispa, sólo la mirada de alguien que se pregunta si podrá existir un día más. Es vivir en un túnel sin aire, con gente alrededor, pero en soledad absoluta, donde dormir es la única escapatoria al dolor de un peso en el pecho que nunca desaparece. Como un ladrón que te vacía y te deja respirando alquitrán, la depresión es un dolor invisible más intenso que cualquier daño físico; es un tsunami rugiendo bajo aguas que otros ven pacíficas, una parálisis mental que te lleva a despertar cada mañana deseando haber muerto mientras dormías.»
Indudablemente, existe un tipo de depresión derivada de nuestra composición química y orgánica, pero la mayoría de nuestras afecciones son de carácter social. Hemos normalizado rutinas cotidianas enfermizas que han derivado en una alteración de nuestra percepción del mundo. Sanarnos no es fácil, pero de no intentarlo, seguiremos sintiéndonos como un fantasma.
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