Hace unas semanas leí en Reforma una columna de Ana Laura Magaloni en la que plantea una verdad que debería dolernos mucho: el problema del acceso a la justicia no es la inteligencia artificial. Es que el derecho se escribió —y se ejerce— en un idioma que parece diseñado para no ser entendido. Compartido por unos cuantos. Por eso la justicia nunca ha sido realmente pública: apenas un servicio con intermediarios, traductores y, por supuesto, tarifas.
Magaloni hace una comparación provocadora: así como Lutero tradujo la Biblia para que cualquiera pudiera leerla sin pasar por el filtro de la Iglesia, hoy la inteligencia artificial puede hacer lo mismo con el lenguaje jurídico. Y aunque aún no sustituye a jueces ni a abogados, sí amenaza con romper una barrera histórica: la opacidad.
Que cualquiera pueda entender lo que firma, lo que recibe o lo que enfrenta cambia la relación de poder. De golpe, el ciudadano está menos indefenso.
Yo no soy abogado. Mi relación con el derecho ha sido más bien accidental. Además, tengo buenos amigos que sí dominan ese idioma críptico. Así que, en principio, este tema no debería quitarme el sueño.
Pero…
El problema es que esto no solo se trata de abogados.
En mi caso, la mayor parte de mi actividad profesional está en la consultoría estratégica empresarial y en la publicidad. Y es en la publicidad donde la inteligencia artificial ya se sentó a la mesa… y pidió el postre. La cuenta la pagaremos nosotros.
Hoy, la IA puede escribir copies, diseñar campañas, segmentar audiencias y optimizar presupuestos mejor que muchos equipos completos. Hace unos meses, Mark Zuckerberg prácticamente nos dio la despedida a los que vivimos del marketing y la creatividad. No lo dijo con esas palabras, pero el mensaje fue bastante claro: “gracias por participar”.
Alternativas hay. Siempre las hay. Pero no están a la mano ni son evidentes. Exigen dejar de hacer lo mismo de siempre.
Magaloni me hizo ver algo más de fondo: durante años, muchas profesiones construimos valor… ocultando valor. No explicamos, no formamos, no compartimos. Levantamos muros de lenguaje, de tecnicismos, de “expertise” que, en buena medida, también funcionaban como barreras de entrada.
Y ahora resulta que ese conocimiento sí se podía traducir, sí se podía abrir… y alguien más lo va a hacer.
Pensemos en los médicos. Durante décadas, el diagnóstico fue un territorio exclusivo. Hoy, millones de personas —especialmente en países en desarrollo— podrán acceder a diagnósticos de primer nivel a un costo prácticamente cero. ¿La diferencia? La responsabilidad. La IA sugiere, pero no responde ante una mala praxis. Aún.
Los consultores financieros tampoco están exentos. Durante años administraron información que parecía reservada para iniciados. Hoy, cualquier persona con acceso a internet puede obtener análisis y recomendaciones basadas en datos globales en tiempo real. Lo que antes era privilegio empieza a ser estándar.
Y por mencionar algún otro ejemplo: los arquitectos.
Ya hay sistemas de inteligencia artificial que pueden diseñar proyectos completos: optimizan espacios, materiales, costos y normativas; generan renders de calidad fotográfica en cuestión de minutos. De nuevo, el límite hoy no es la capacidad, es la responsabilidad. La máquina diseña, pero no firma. No asume consecuencias. No enfrenta demandas.
Ese, por ahora, es el último dique: la responsabilidad legal.
Apostar a que eso será suficiente es un bonito deseo, no una estrategia.
Con algo de optimismo, creo que a los oficios todavía les queda tiempo en el partido. Hay un valor difícil de codificar en el trabajo humano: el carpintero que entiende la madera, el barbero y su insustituible charla, el error afortunado de un cocinero que convierte una receta en experiencia.
Pero tampoco están a salvo. Su partido ya está en la segunda mitad… y la IA trae banca infinita.
La historia, sin embargo, nos da esperanza.
Cada gran revolución tecnológica llegó arrasando certezas. Desplazó oficios, desordenó industrias, dejó a muchos en el camino. Pero, una vez enterrados los cadáveres y asentada la polvareda, se convirtió en motor de desarrollo y prosperidad.
La imprenta no acabó con el conocimiento; lo multiplicó. La electricidad no destruyó el trabajo; lo transformó. Internet no eliminó industrias; creó otras que ni siquiera imaginábamos.
La inteligencia artificial no será la excepción.
El problema nunca ha sido la tecnología. Es la terquedad de querer seguir jugando el mismo juego cuando las reglas ya cambiaron. Subir las bardas y voltear la mirada no detiene el tiempo… solo nos deja fuera de la jugada.
Yo lo tengo claro: en la fiesta salvaje que fue la publicidad, de los ochenta a los dos miles, ya están recogiendo las sillas.
Lo que no se acaba es el valor de haber estado ahí. Porque la creatividad, el criterio y la experiencia no pertenecen a una industria: se trasladan.
Hoy operan en otros frentes, donde la inteligencia artificial no compite conmigo; amplifica lo que sé hacer.
Por eso sigo en la mesa: participando en consejos, diversificando mi actividad empresarial. No por nostalgia, sino por utilidad.
Aquí no gana el que resiste más.
Gana el que entiende primero.
Y en esta nueva etapa, entender, por fin, puede dejar de ser privilegio para convertirse en poder.
Un abrazo











