Nos sentimos libres; es más, no solo nos sentimos así, estamos convencidos de que lo somos. Creemos en esa idea porque vamos de un lado a otro, porque satisfacemos nuestros deseos, porque elegimos lo que nos conviene al tiempo que rechazamos lo que nos amenaza. Estamos convencidos de nuestra libertad porque prácticamente hacemos y pensamos lo que queremos; sin embargo, ¿hasta qué punto es cierto esto? ¿Y qué tanto es nuestra voluntad, y no un condicionamiento o incluso el miedo, lo que nos determina?
La libertad es uno de los bienes más anhelados por la humanidad. Ha sido el meollo de los acontecimientos históricos más emblemáticos de todas las sociedades, ya sea porque se amenaza con perderla o porque se carece de ella y es necesario construirla. Por la libertad han luchado innumerables pueblos a lo largo de la historia sin que, hasta la fecha, la hayan alcanzado plenamente; de ser así, no existirían tantas diferencias entre unos y otros.
Sin embargo, pareciera que nos gusta autoengañarnos creyéndonos libres, pues eso es precisamente lo que hacemos: afirmamos ser libres, aunque no lo seamos, y en esa mentira nos complacemos con una venda en los ojos, sin reconocer que irremediablemente avanzamos hacia un desfiladero que pareciera insalvable.
Sin importar qué tan libres nos sintamos, la realidad es que, si los pueblos anteriores a nosotros no fueron libres, con menos razón lo seremos nosotros. Pero nuestra esclavitud es diferente a la de nuestros antepasados, pues no está representada por grilletes en las manos ni cadenas en los tobillos, sino por el condicionamiento de las ideas que enarbolamos como propias; ideas que, más que acercarnos a la libertad, nos han alejado de ella a través del miedo: miedo a ser diferentes, miedo a ser excluidos, miedo a ser señalados, miedo a no ser tomados en cuenta; miedo, en fin, a vivir desapegados de la masa.
El ejercicio de la libertad es más complicado de lo que suponemos, pues la libertad no puede emanar de actos motivados por el miedo, como tampoco por ninguna de sus otras expresiones: el odio, la desconfianza, el remordimiento, la angustia o la vergüenza, entre otras. Si actuamos a partir del miedo, o de alguna otra emoción destructiva, no somos libres, pues de alguna manera estaremos condicionados.
La libertad es una expresión de la voluntad, y la voluntad lo es de la consciencia; es decir, de la comprensión, de la claridad y de la tranquilidad de ánimo. Quien es libre, lo es porque tiene consciencia, y quien tiene consciencia es gracias a que su voluntad está orientada hacia el bien, pues ni la libertad ni la consciencia atentarán jamás contra nada ni contra nadie.
La libertad es resultado de la educación. Nadie que esté sumido en la ignorancia puede ser libre. Pero no confundamos los conceptos: hablar de educación no es hablar únicamente de sistemas escolarizados, como tampoco hablar de ignorancia significa que para ser libres debamos saberlo todo.
Educarse es oponerse a la ignorancia; no a la ignorancia a secas, sino a aquella ignorancia malsana que opaca la razón y nos hace caer en actitudes soberbias desde las que nos creemos mejores y superiores a los demás. Educarse es no dejarse vencer por las pasiones, es aprender a gobernarse a uno mismo y no ceder ante los impulsos. Educarse es un ejercicio de voluntad constante y consciente cuyo objetivo es evitar el engaño en el que vive gran parte de la sociedad debido a su incapacidad para comprender el adoctrinamiento emanado de los partidismos, las ideologías y los dogmas.
Qué difícil resulta, en nuestra época, evitar caer en el error y la mentira, pues, a diferencia de las sociedades pasadas, hoy vivimos en un contexto de sobreinformación. Todos los días nos exponemos, por condicionamiento y no por voluntad, a una serie inmoderada de estímulos que terminan confundiendo nuestros sentidos. La consecuencia de ello es una emotividad marcada por la depresión, la ansiedad y el miedo.
Mucho de lo que nos rodea nos atemoriza y la única manera que encontramos para desenvolvernos en la sociedad es mediante la violencia. Nuestras ciudades son hostiles, nuestro entorno inspira desconfianza, carecemos de un plan de vida claro, pero, irónicamente, nos suponemos libres.
Sobre la libertad, el exconvicto Shaka Senghor reflexiona en su libro Cómo ser libre, escrito después de haber pasado casi veinte años en prisión por cargos de homicidio:
“La libertad no estriba tanto en dónde estás, sino en cómo te sientes por dentro. La libertad no es meramente una condición física. Puedes estar libre de los barrotes de una prisión y, aun así, estar atrapado en tu cabeza. Y puedes caminar todos los días sin estar confinado por cuatro paredes, y de todas maneras ser prisionero del miedo, la ira, el dolor o la vergüenza. La libertad es un viaje mental, emocional y espiritual. Para ser libres es necesario abandonar la prisión del miedo: el miedo a lo desconocido, al fracaso, a que te descubran, al ridículo… Estos miedos se encuentran profundamente arraigados en la vergüenza y nos mantienen encadenados a las creencias que heredamos o construimos alrededor de nosotros. Cada vez que revivimos un insulto del pasado, rumiamos una experiencia en la que nos sentimos menospreciados o dejamos que el juicio de alguien más dicte nuestras decisiones, apretamos las esposas alrededor de nuestras muñecas. Escapar de estas prisiones requiere más que conciencia; demanda atención, esfuerzo y la voluntad para enfrentar verdades incómodas”.
Alcanzar la libertad no es sencillo, pues requiere voluntad, consciencia y educación. Ser libres implica disciplinarnos en lo físico, pero principalmente en lo mental, porque es en nuestros pensamientos donde se encuentran las cadenas más fuertes que nos impiden avanzar hacia nuestra autorrealización.
Si somos esclavos, lo somos en nuestra mente, en la prisión del miedo.
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