En el mundo posterior a la pandemia de COVID-19, una enfermedad, un vector, un rumor epidemiológico o una mala comunicación de riesgo pueden transformarse, en cuestión de horas, en una crisis internacional, diplomática, económica y reputacional. La salud pública dejó de ser un asunto sectorial para convertirse en una variable estratégica de seguridad nacional.
El reciente caso de hantavirus asociado a un barco lo confirma. Más allá del número de personas afectadas, el episodio mostró cómo un incidente aparentemente focalizado puede activar alertas sanitarias, protocolos de aislamiento, revisiones portuarias, evacuaciones, restricciones de movilidad, presión mediática y preocupación internacional.
La reacción internacional fue reveladora. Diversos países observaron el incidente con cautela, no solo por el virus en sí mismo, sino por el temor a repetir errores del pasado. La COVID-19 dejó una huella profunda en la memoria colectiva. Hoy, cualquier brote genera preguntas inmediatas: ¿se está informando con transparencia?, ¿hay riesgo de expansión?, ¿qué sabe la autoridad?, ¿por qué se permite el desembarco?, ¿qué pasará con los pasajeros?, ¿existe control del vector?
En materia sanitaria, una rata no es solo una rata. Es un indicador de deterioro urbano, mala gestión de residuos, predios abandonados, debilidad de los servicios públicos, desorden ambiental y riesgo zoonótico. Los roedores pueden transmitir enfermedades de forma directa, mediante mordeduras, orina, heces o saliva; y de forma indirecta, a través de pulgas, garrapatas o ácaros.
El hantavirus puede adquirirse al inhalar partículas contaminadas provenientes de excretas secas de roedores infectados. La leptospirosis se asocia, entre otros mecanismos, con la exposición a orina contaminada. A ese mapa de riesgo deben sumarse pulgas, chinches y cucarachas. Las pulgas no son un problema menor: pueden participar en la transmisión de peste, tifus murino y algunas rickettsiosis, especialmente cuando existe convivencia entre roedores, animales domésticos, basura, humedad y espacios urbanos deteriorados.
Las cucarachas, actúan como transportadores mecánicos de microorganismos; su presencia en cocinas, mercados, restaurantes, bodegas, drenajes y zonas de preparación de alimentos representa un riesgo sanitario real, especialmente cuando se combina con deficiente manejo de residuos, humedad, hacinamiento y falta de control urbano.
La Ciudad de México no puede observar estos episodios como si fueran ajenos. El Centro Histórico concentra condiciones que deben analizarse con enfoque sanitario y de seguridad: alta densidad peatonal, comercio alimentario formal e informal, acumulación de residuos, parques con presencia de fauna nociva, predios deteriorados y servicios urbanos bajo presión.
La Alameda Central y diversos parques del Centro Histórico conviven cotidianamente con centros de consumo alimentario que atienden diariamente a volúmenes masivos de personas. Si esos espacios presentan infestación de roedores, cucarachas, pulgas o chinches, el riesgo deja de ser un asunto de imagen urbana para convertirse en un problema de salud pública, turismo, protección civil y gobernabilidad.
La situación adquiere mayor relevancia ante la proximidad del Mundial de Futbol 2026. La Ciudad de México recibirá una sobreexposición de movilidad humana nacional e internacional, con visitantes, delegaciones, medios de comunicación, turistas, aficionados y prestadores de servicios concentrados en espacios públicos, zonas hoteleras, corredores gastronómicos, centros de transporte y áreas de alta densidad urbana. En ese contexto, cualquier incidente sanitario mal gestionado puede escalar rápidamente hacia una crisis de percepción, reputación y confianza con impacto internacional.
El reciente brote de hantavirus en un barco no anunció necesariamente una nueva pandemia. Aunque diferente; fué algo igual de importante: vivimos en una época de hipersensibilidad sanitaria. Una enfermedad focalizada puede producir efectos globales si coincide con movilidad internacional, miedo social, desconfianza institucional y mala comunicación de riesgo.
México debe tomar nota. En tiempos de alta vulnerabilidad sanitaria, un roedor, una cucaracha, una pulga, una chinche, una garrapata, un barco, un mercado sucio, un parque infestado o una calle abandonada pueden ser el inicio de una crisis mayor. La diferencia entre un incidente controlado y una emergencia nacional no siempre está en el virus.
Está en la capacidad del Estado para anticipar, coordinar, comunicar y actuar antes de que el miedo se convierta en una enfermedad contagiosa.
@evrossainz









