Dicen que el hombre adulto es, en el fondo, un adolescente con mejores herramientas para esconder sus cicatrices. Por eso, muchas veces, los conflictos que no resolvemos a los 15 años son los que terminan por destruirnos a los 40.
Esa reflexión me lleva al más reciente estreno de HBO Max, “Hombre a medias” (Half Man), el nuevo proyecto de Richard Gadd. Se trata del creador del impactante relato personal llevado a serie hace un par de años, “Bebé Reno”, quien ahora, en una miniserie de seis episodios producida junto a la BBC, entrega un drama humano que mantiene su sello crudo y psicológico. En esta ocasión, transitando un camino similar al de fenómenos como “Adolescencia”, su relato se aleja de lo biográfico para abordar la masculinidad tóxica y los lazos familiares rotos.
La trama sigue a Ruben y Niall, adolescentes que crecieron como hermanos sin estar emparentados por sangre: uno violento e inestable; el otro gentil, aunque inseguro y con un secreto. Treinta años después, Ruben (interpretado por el propio Gadd) reaparece en la boda de un Niall adulto (Jamie Bell), un reencuentro que no resulta nada agradable. Tras un repentino acto de violencia, la historia retrocede al pasado compartido para revelar cómo se forjó este vínculo que, incluso en su cercanía, estaba destinado a destruirlos.
La narrativa salta entre los años 80 y la actualidad y abarca alrededor de cuatro décadas de una relación que, en muchos momentos, resulta insana. Niall y Ruben carecen de una referencia clara de lo que significa “ser hombre”. Entre la ausencia del padre fallecido de uno y la sombra de un padre alcohólico en el otro, su hermandad parece la última balsa de salvación. Sin embargo, surge la pregunta inevitable: ¿qué tanto estamos dispuestos a soportar de alguien que destruye todo lo que toca?
Esta dependencia poco saludable entre los protagonistas da foco al desarrollo de masculinidades mal encauzadas, ligadas al autoritarismo y al terror. Problemas de violencia que no son exclusivos de las relaciones de pareja o entre padres e hijos: afectan cualquier vínculo afectivo cuando alguien se niega a la vulnerabilidad o invisibiliza la identidad del otro, incluso la propia, con tal de agradar.
“Hombre a medias” huye de los villanos de manual. La toxicidad aquí es sutil: es el miedo a la fragilidad, la incapacidad de pedir perdón y la fuerza bruta como único lenguaje de validación. Mientras que en “Bebé Reno” el personaje interpretado por Richard Gadd lidiaba con una confusión interna, aquí vemos cómo la identidad masculina se construye —y se rompe— a través de la mirada de otro hombre. Gadd utiliza la estructura de los “hermanos de crianza” para lanzar un mensaje brutal: la familia no se elige, pero los traumas heredados sí nos marcan. Niall y Ruben son dos caras de una misma moneda. Uno intenta “limpiar” su pasado mediante una vida ordenada; el otro es el recordatorio de que el ayer siempre encuentra una grieta por donde colarse.
¿Una serie perfecta? Para nada. Al inicio parece esforzarse más en encontrar lo que quiere decir que en simplemente serlo, como si los primeros episodios fueran necesarios para encontrar su verdadero rumbo. Pero cuando lo encuentra, nos obliga a analizar al arquetipo de esos hombres que, en su intento por ser “completos”, terminan siendo hombres a medias: fragmentados por una sociedad que les enseñó a golpear antes que a hablar y a odiarlo todo, empezando por ellos mismos.
Puedes disfrutar de “Hombre a medias”, con un nuevo episodio cada viernes en HBO Max.
Ángel Sarmiento
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