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Mirándonos a los ojos

Por Miguel Ángel Martínez Barradas
21 mayo, 2026
En Análisis
Mirándonos a los ojos

Sad fair-skinned adult woman blonde in warm sweater and jeans, sitting on windowsill on sunny day. Mood concept

La soledad es cada vez más notable entre nosotros. Nuestras ciudades están plagadas de personas, viajamos hacinados en las calles y medios de transporte, nos mantenemos al tanto de lo que los demás hacen, pero a pesar del constante e inevitable contacto con el otro, no podemos evitar el sentimiento de soledad. La soledad se plantea hoy como un ideal, como sinónimo de libertad, o acaso de éxito, también como un requisito para la paz mental, pero quizás estas creencias buscan esconder nuestra cada vez más evidente discapacidad para socializar, para cohabitar, para hacer comunidad. Si preferimos la soledad, no es tanto por un anhelo genuino de libertad, sino por miedo a compartir lo poco que tenemos.

La soledad es placentera cuando tenemos la opción de terminar con ella con una simple llamada telefónica, el envío de un mensaje o un paso fuera de la habitación; es disfrutable porque este tipo de soledad nos da la posibilidad de salir y regresar a ella cuando lo necesitemos, en este sentido, se trata de una soledad parcial. Sin embargo, también existe la soledad no elegida, aquella que por más que intentemos concluir, se resiste; la soledad no elegida es la causante de nuestros estados de depresión, de nuestra falta de sentido ante la vida, de nuestras más hondas penas frente a un ocaso al que no le vemos final.

La soledad es tan grave que se ha convertido en un problema de salud pública que afecta a casi un cuarto del total de la población mundial. Cada vez conocemos más casos de personas que prefieren hacer su vida sin salir de casa, recibiendo todo a domicilio, en una “comodidad” que más bien podría interpretarse como un miedo a relacionarse con el otro. La soledad, principalmente la que se elige, podría ser provechosa durante la juventud o la adultez temprana, pues permitiría al individuo enfocarse en algunos de sus proyectos y metas, pero cuando la soledad forma parte de la vida diaria de adultos de mediana edad o ancianos, incluso niños, deja de parecer atractiva, dando la sensación de que no hay diferencia entre un amanecer y otro, pues todos lucen igual de grises.

Si preferimos la soledad, es principalmente porque hemos perdido la capacidad de sentir empatía por el otro, de verlo como nuestro igual, de interesarnos por su existencia con la misma intensidad con la que nos interesamos por la propia. Cuando estamos frente a alguien más o en medio de un grupo tendemos a aislarnos, primero, y a sentirnos solos, después, como si fuera un mecanismo de “defensa” al que nos entregamos a fin de evitar que los demás nos decepcionen. Sin embargo, ¿son los otros los que nos decepcionan o somos nosotros mismos?

Pero nuestra sociedad no solamente es solitaria, sino que también ha adoptado la vía del mutismo, es decir, estamos ante una sociedad que no habla, al menos no de lo trascendente, pero su silencio no es el que resulta de un acercamiento a la sabiduría, sino el que se gesta en la sombra de la desconfianza. Nos sentimos muy solos, aunque no necesariamente lo estemos, y hablamos muy poco, sino es que nada, de lo verdaderamente relevante, de lo que nos acerca, de los que nos une, de lo que despierta nuestra empatía y compromiso con nuestros semejantes.

De alguna manera, la soledad es un síntoma del egoísmo. Suponernos mejores que los demás es lo que nos ha llevado a una vida de aislamiento, y si no lo creemos, veamos cuántas personas estarían dispuestas a gastar todo su tiempo y recursos en el mantenimiento de un animal de compañía, antes que inclinarse por la recuperación de las dotes sociales de la empatía, de la comprensión, incluso, del amor. Pero si bien las consecuencias del egoísmo son más, podrían sintetizarse en el cierre de los sentidos mediante los cuales percibimos el mundo, o al menos en el uso arbitrario de los mismos: no vemos, no oímos, no olemos, no probamos, no sentimos, o si lo hacemos es únicamente en la medida en que nos conviene. El filósofo Miquel Seguró Mendlewicz lo explica de la siguiente manera en su obra La vida también se piensa:

«La clave de la experiencia ética reside en la relación cara a cara con los “otros”. Nuestro mundo es relacional, lo afirmemos o lo neguemos, y eso constituye la realidad. El “otro” nos afecta siempre, y no podemos ser “yo” sin la referencia, positiva o negativa, del “otro”. El “otro” nos apela, y su simple presencia nos llama a la responsabilidad. La palabra “responsabilidad” guarda relación con “responder”. Ser responsable es ser capaz de dar respuesta ante una situación. No importa cómo, para eso está el proceso de deliberación, pero hay que responder de alguna forma. Esta responsabilidad hacia el “otro” nos convierte en agentes éticos. Estamos convocados a una relación con el “otro” y no podemos renunciar a ella. No podemos elegir relacionarnos con los demás porque la relación está dada antes de que la pensemos. El “otro” ya está ahí, de manera concreta, por eso es un “rostro”, unos ojos que nos miran, una voz que nos llama. Se impone la relación cara a cara, mirándonos a los ojos, a una presencia que nos apela. Esa interpelación que nos provoca, esa llamada a la responsabilidad, nos dispone en la vía de la bondad. La superación de la monotonía y de la angustia de la soledad, de la precariedad existencial y el encadenamiento al individualismo, pasa precisamente por este camino de bondad. Todo lo demás son trampas al solitario. Jamás hay fin en la responsabilidad hacia los demás, hacia cada una de las alteridades que nos encontramos en la vida. Esta inagotabilidad abre la puerta al infinito, a la experiencia de un presente que se excede a sí mismo y que nunca llega a reconciliarse consigo mismo. El futuro no es más que el apelar inalcanzable del “otro”, la infinita apertura de nuestra responsabilidad hacia los demás.»

Nuestra relación con el otro inicia desde antes de que lo sepamos. La soledad es aparente y superarla dependerá de nuestra capacidad para sentir empatía mutua mirándonos a los ojos.

Etiquetas: El mundo iluminado
Miguel Ángel Martínez Barradas

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