Dicen por ahí que las comparaciones son odiosas. Seguramente sí, pero muchas ocasiones también son necesarias, obligatorias y hasta medicinales, sobre todo para evidenciar el nivel de cinismo y desproporción de la FIFA en este Mundial 2026. Un torneo que, digan lo que digan sus comerciales llenos de “inclusión de plástico”, le robó el derecho de ir al estadio al verdadero aficionado. Sí, a ese que se la parte cada quince días, que va al estadio bajo la lluvia, que traga humo y muerde el polvo por sus colores; no al que va por moda a tomarse la selfie o a hacer un TikTok para presumir que tiene el bolsillo lleno de billetes.
Hace poco, leyendo un artículo muy interesante en el portal de Sopitas, que me atrapó y me empujó a compartir con ustedes parte de su investigación y sumar otros datos duros e históricos, me topé con una realidad que da asco. Les propongo viajar en el tiempo. Si usted, apreciable lector, es joven, quizá pueda hacer este viaje acompañado de su padre, su tío o su abuelo, quienes podrán corroborar que no son cifras inventadas e incluso podrán agregar otras que se nos escapan en este momento. Vamos a comparar el Mundial de México 1986 con este monstruo de la mercadotecnia del 2026. Y agárrense, porque las cifras no mienten… pero cómo duelen. Y eso que no compararemos la calidad futbolística de los seleccionados de aquella época con los actuales, porque entonces sí que se infartarían varios.
1986: CUANDO EL FÚTBOL SE SENTÍA Y SE TOCABA
Primero situémonos en el contexto: el México de 1986 venía saliendo de la peor tragedia de su historia moderna, el devastador sismo del 85. La economía estaba golpeada, las familias lastimadas. Pero la gestión y el acceso al Mundial eran de otra galaxia. En ese entonces no existían las filas virtuales, ni los algoritmos, ni los códigos de fanático, ni Ticketmaster o Fanki con sus fraudes de cada fin de semana. No, señor. En el 86, si querías ir al fútbol, ibas y te formabas en las taquillas del Estadio Azteca, en los bancos autorizados o en las oficinas del comité organizador.

Cierto, en muchos casos te pasabas horas en la madrugada, te tomabas un café de termo, platicabas con el de adelante, pero salías con tu boleto físico en la mano. ¿Y cómo te enterabas de la venta? Por la radio, la televisión abierta o comprando tu periódico en el puesto de la esquina. Para que se den una idea de la época: el coche más barato en México era el Vocho. Un departamento en la Condesa no era la zona gentrificada de hoy llena de extranjeros tomando “lattes” de avena; era un barrio tradicional donde un departamento era accesible para la clase media. Pero vamos a lo importante: ¿cuánto costaba ir al Mundial del 86?
LA CONVERSIÓN QUE DA VERGÜENZA
En aquella época se usaban los “pesos viejos”, antes de la eliminación de ceros en 1993. Los paquetes para el Mundial se vendían para varios partidos en una misma sede, y Banamex fue el banco oficial para su venta. Los reportes de la época señalan que el paquete más económico rondaba los 8 mil 125 pesos viejos, mientras que el más caro, en zona VIP del Azteca, llegaba a los 135 mil. El salario mínimo diario en 1986 era de entre 2 mil y 2 mil 500 pesos viejos. Es decir, con cuatro días de salario mínimo un trabajador podía comprar el paquete más barato. Cuatro días de trabajo. El ahorro era posible; el pueblo podía ir, la clase media podía ir. Hoy, en cambio, el acceso es para quienes tienen membresía de club privado o palcos de lujo. Si hacemos la conversión a valor actual, esos paquetes equivaldrían aproximadamente a entre 900 y 1,200 pesos de hoy. Es decir, un boleto individual para ver a Maradona en 1986 costaba el equivalente a menos de 600 pesos actuales. Hoy, ver un partido puede costar más de 70 mil pesos en hospitality. Una auténtica locura.
2026: EL NEGOCIO DEL “HOSPITALITY”
Ahora regresemos a la realidad del 2026. Pasamos del romanticismo de la taquilla al terror digital y al FOMO que la FIFA explota como petróleo. Hoy, si quieres ir al Mundial, la FIFA y su socio On Location te reciben con paquetes premium de hospitalidad. Por ejemplo, un partido de fase de grupos en Guadalajara —Corea del Sur contra República Checa— cuesta alrededor de 381 dólares, es decir, casi 6 mil 600 pesos mexicanos. En 1986, un boleto costaba alrededor de 600 pesos actuales. En 2026, un partido cuesta 6 mil 600 pesos. Once veces más. Y eso sin contar transporte, comida, hospedaje y vuelos. Ir al Mundial se volvió un lujo para empresarios, influencers y cazadores de estatus.
SUITES “BARATAS” EN EL AZTECA
En el colmo de lo grotesco, Bloomberg reportó suites en el Estadio Azteca para 27 personas por 27 millones de pesos para cinco partidos, con versiones “económicas” de 7.5 millones para 15 personas. Una ganga, según el sarcasmo del mercado. Por si fuera poco, el sistema está podrido: filas virtuales de 80 mil personas, horas de espera y al final el mensaje de “boletos agotados”. Pero cinco minutos después aparecen en reventa legalizada a precios triplicados o cuadruplicados. Un boleto de 6 mil puede terminar en 25 mil pesos.
LA PRUEBA DEL ESTADIO
Antes de Infantino, ir al Mundial era posible para todas las clases sociales. Había diversidad real en los estadios. La llamada “prueba del estadio” proviene de la política mexicana: la capacidad de un mandatario de llenar un estadio sin ser abucheado, como medida simbólica de popularidad. Algunos presidentes la reprobaron en distintos contextos históricos: Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y Miguel de la Madrid. En este contexto, la actual administración evitó someterse a una prueba similar, en un entorno ya segmentado socialmente.
EL DESPOJO DEL SIGLO
La inflación existe, claro. Pero lo que ocurre en este 2026 no es solo inflación: es un despojo sistemático. La FIFA convirtió el fútbol, nacido en las calles y en los barrios, en un club privado donde el aficionado común estorba porque no consume suficiente champaña en los palcos. En 1986 el Mundial fue medicina para un país herido; en 2026, parece una enfermedad de codicia. La pregunta es inevitable: ¿la FIFA terminó por matar el alma del fútbol o simplemente el fútbol dejó de ser del pueblo?
“El problema de ser rico es que te aísla tanto de la pobreza que llegas a creer que los pobres no trabajan, en lugar de reconocer que no tienen las oportunidades que tú sí tuviste.” — Nelson Mandela









