Hace apenas tres años parecía que América Latina marchaba en una sola dirección: no importaba el ritmo, siempre y cuando fuera a la izquierda.
La izquierda gobernaba las principales economías de la región, en su nombre se hablaba de una nueva integración continental y muchos daban por sentado que había llegado para quedarse.
Hoy la fotografía es muy distinta.
Argentina, Ecuador y Chile cambiaron de rumbo. Bolivia enfrenta crecientes tensiones internas. Y ahora Colombia parece sumarse a una tendencia que ya no puede ignorarse: los ciudadanos están castigando a los gobiernos izquierdistas y buscando alternativas que prometen más seguridad, más crecimiento económico y mayor capacidad de gobierno.
Y no necesariamente porque se hayan vuelto conservadores de la noche a la mañana. Más bien porque están cansados.
La inseguridad cansa. El estancamiento económico cansa. Las absurdas explicaciones ideológicas también cansan cuando el refrigerador sigue vacío.
La gran incógnita regional hoy está en Brasil.
Si Lula conserva la presidencia, la izquierda latinoamericana mantendrá un ancla de enorme peso político y económico. Si la pierde podríamos estar observando el cierre formal de un ciclo político que dominó buena parte de la última década.
Y en medio de esa transformación aparece una pregunta de examen final para México.
¿Aun nos quedan amigos?
Durante los últimos 8 años, la política exterior mexicana apostó por construir afinidades ideológicas antes que alianzas estratégicas. Se privilegió la cercanía con gobiernos afines, incluso cuando varios de ellos acumulaban cuestionamientos democráticos, de derechos humanos, crisis económicas o evidentes problemas de gobernabilidad.
La apuesta, incompatible con esa superioridad moral pregonada, podía parecer razonable mientras existía un bloque relativamente amplio al que aferrarse. A pesar de que nos ponía en ruta de colisión con nuestro socio comercial más importante.
Hoy ese gran bloque se ha encogido. Nos estamos quedando solos, sin amigos. Y en política internacional, igual que en los negocios, el día que necesitas aliados no es el día para descubrir que ya no los tienes.
Poco importará que seamos vecinos de la mayor potencia económica del planeta y tengamos acceso privilegiado a su mercado. Porque hemos preferido la complicidad de las afinidades ideológicas a la construcción de alianzas estratégicas. Y ahora descubrimos que varios de aquellos amigos ya ni siquiera quieren, o pueden, seguir sentados en la misma mesa.
Poco a poco hemos dejado de comportarnos como un socio estratégico para comenzar a proyectar la imagen de un país ideológicamente atrincherado.
Un país al que le quedará el consuelo de aparecer en camisetas de protesta vendidas en tianguis, de ser el tema central en seminarios universitarios y conversaciones de cafeterías orgánicas en Nueva York, pero que aparecerá cada vez menos en las mesas donde se diseñan las inversiones, las cadenas de suministro y los acuerdos geopolíticos del futuro.
Ante el inminente giro a la derecha del continente, estoy seguro de que en Palacio Nacional deben estar buscando nuevos amigos. El problema es que buena parte del mundo que hasta hace poco jugaba en el lado izquierdo del tablero hoy está corrigiendo rumbo. Algunos buscan posiciones más moderadas. Otros simplemente están cambiando de bando. Europa ofrece varios ejemplos interesantes en ese sentido.
Y por si alguien pensaba buscar refugio en los viejos referentes de siempre, ni Rusia ni China están hoy para adoptar causas ajenas. Bastante tienen con las propias.
Además, la lista de países dispuestos a ignorar los cuestionamientos sobre la relación entre poder político y crimen organizado suele ser mucho más corta de lo que algunos imaginan.
Al final, cada quien anda resolviendo lo suyo, mientras Estados Unidos observa cada vez más el continente desde una lógica de seguridad nacional.
Por eso vale la pena hacer un ejercicio sencillo.
Imaginemos que México fuera una empresa.
No una nación. Una empresa. Y la Presidenta Sheinbaum, la Directora General.
¿Qué le diría un consejo de administración responsable a la Directora General?
Primero, que dejara de tomar decisiones basadas en afinidades personales o ideológicas.
Segundo, que realizara una auditoría urgente de aliados. Cuando demasiados nombres del círculo cercano aparecen repetidamente en expedientes, investigaciones y acusaciones, la reputación de toda la organización termina pagando la factura.
Tercero, que reconstruyera la relación con sus principales clientes y socios estratégicos.
Cuarto, que fortaleciera la gobernanza. Ninguna organización seria puede aspirar a crecer cuando las reglas cambian según la conveniencia del momento o dejan de aplicarse por igual.
Quinto, que volviera a competir por la inversión privada, en lugar de tratarla como si fuera un adversario.
Y finalmente, que nunca olvidara una de las lecciones más básicas de cualquier consejo de administración: una empresa puede darse el lujo de tener opiniones; no puede darse el lujo de quedarse sin clientes.
Un abrazo!











