Querer no siempre es poder. Cuántas veces no se nos ha dicho que lo único que necesitamos para mejorar, para alcanzar nuestros objetivos, es fuerza de voluntad, sin embargo, la realidad no es tan simple. Nuestro contexto nos determina, lo cual significa que estamos subyugados a una infinidad de condicionantes que nos impiden progresar como esperaríamos; además, existen a nuestro alrededor límites de los cuales ni siquiera somos conscientes y que de alguna manera privan nuestro avance en el camino del perfeccionamiento. Por ello es que querer no siempre es poder, pero tampoco debemos darnos por vencidos ni tampoco conformarnos
Son los vicios los responsables principales de que no podamos hacer lo que nos hemos propuesto. Los vicios van más allá de las sustancias tóxicas con las que nos envenenamos por nuestra libre y espontánea voluntad, o al menos eso es lo que suponemos; los vicios son todos aquellos malos hábitos con los que contentamos a nuestras pasiones. Toda práctica que nos aleje de la disciplina, en detrimento de nuestra persona, es un vicio. Los malos hábitos son muchos, quizás los primeros en los que pensamos son el cigarrillo o el alcohol, pero también dormir mucho es un vicio; pensar ideas negativas de los demás también es un vicio; carecer de control sobre nuestras emociones es un vicio; alegrarnos o enfadarnos al extremo es un vicio; consumir alimentos y bebidas chatarra es un vicio; como también lo es el consumo excesivo de juegos, programas televisivos y producciones cinematográficas; en fin, todo aquello que nos saque de nuestro equilibrio es un vicio, pero como no lo sabemos, suponemos que estamos limpios, aunque la realidad es otra.
El camino más común para enfrentar a los vicios es el de la fuerza de voluntad. Cuando sentimos la tentación de hacer lo que no debemos porque sabemos que nos hace mal, generalmente oponemos resistencia, desviamos la mirada, movemos el pensamiento hacia otros temas y asumimos una actitud esquiva que quizás en un principio podría salvarnos de ese vicio en el que tanto caemos, sin embargo, no hay resistencia que no se canse y por ello es que terminamos cediendo a las prácticas que tanto nos esmeramos por evitar.
La resistencia parece el mejor camino, sin embargo, no se trata de mostrarnos fuertes ante el deseo de lo inconveniente, sino de anularlo; en otras palabras, no se trata de soportar la carga, sino de dejar de llevarla sobre las espaldas. El deseo es un enemigo terrible porque no tiene límites, siempre nos hace querer más y más, hasta que llega un punto en el que aún con remordimiento seguimos cayendo en el mismo atolladero, por lo anterior es que la conducta ideal para remediar nuestros malos hábitos no consiste en resistirse al deseo, sino en dejar de sentirlo.
En este punto, la fuerza de voluntad es importante, pero, como hemos visto, no es suficiente para ganar la batalla contra las bajas pasiones. Como en toda batalla, los aliados son necesarios y en este caso es la imaginación una de las fuerzas principales de las que la voluntad puede asirse para salir adelante. La imaginación tiene una función diferente a la fuerza de voluntad, se mueve por otro camino, uno más sutil y elevado que ni siquiera el vicio es capaz de percibirlo. La imaginación es capaz de viajar por el tiempo, así como de crear escenarios ideales en los que los malos hábitos no tienen cabida. En este orden de ideas, la imaginación no está aquí para resistirse al deseo, sino para plantearnos otra forma de ser en el mundo, para mostrarnos que es posible vivir de una manera realmente libre, pues lo que hoy llamamos “libertad” no es más que un condicionamiento inconsciente al que la sociedad, en sus diferentes expresiones, nos ha llevado. Del poder de la imaginación nos hablan José Silva y Philip Miele en su obra El método Silva de control mental, cuyo objetivo es llevar al individuo al dominio de su propia mente:
«La fuerza de voluntad necesita conquistar a un enemigo; antes de alcanzar su objetivo. Trata de ser ruda y, al igual que la mayor parte de los rufianes, se acobarda cuando las cosas se ponen difíciles. Una manera más sencilla de vencer los hábitos nocivos es la imaginación. Si usted estimula a su imaginación con creencias, deseos y expectativas, y la entrena para que visualice sus objetivos de tal manera que usted los vea, los sienta, los escuche, los pruebe y los toque, conseguirá lo que desea. Cuando la voluntad y la imaginación están en conflicto, es siempre la imaginación la que triunfa. Si usted piensa que desea abandonar un hábito nocivo, es probable que se esté engañando a sí mismo. Si en realidad deseara abandonarlo, el hábito desaparecería por sí solo. Lo que usted debe desear más que el hábito como tal es el beneficio de abandonarlo. Una vez que aprenda a desear ese beneficio, quedará libre del hábito «indeseable». El pensar acerca de su hábito y decidir firmemente que lo va a abandonar puede ligarlo más estrechamente a él. La situación se parece un poco a la de proponerse que se va a dormir; la misma firmeza de su decisión puede mantenerlo despierto.»
Si habremos de desear algo, será únicamente el bien en sí mismo, aquel que, generalizado, proyecta sus virtudes de todos los individuos por igual. Desear el bien nos lleva a evitar el mal, desear el bien, elimina el deseo que tenemos por los vicios. El equilibrio no consiste en resistirse a los vicios, tampoco en esconderse de ellos ni en negar el placer, por el contrario, el equilibrio está en desear con más fuerza los beneficios que podríamos adquirir, si dejamos de repetir ciertos comportamientos dañinos. Si el fumador abandonará el cigarrillo, será porque desea el bien de la salud; si el iracundo se complacerá en la empatía, será porque comprenderá el bien de la paz; y si nosotros, en general, hallaremos nuestro progreso físico, espiritual y moral, será porque, del cualquier vicio, vislumbraremos el beneficio de abandonarlo.








