Como amante del entretenimiento y los deportes, me resulta imposible no hablar una vez más sobre el fenómeno mundialista —y advierto desde ya que no será la última ocasión—. Pero antes del recuento de lo que el verano de la FIFA nos dejó, me es obligatorio escribir sobre el «efecto Selección Mexicana» y su afición, que en este Mundial se convirtió en un auténtico ejercicio de hipnosis colectiva, desafiando toda lógica deportiva y social.
El paso de la Selección Mexicana en este México/Estados Unidos/Canadá 2026 parecía, para muchos, el auténtico blockbuster del año; una superproducción televisiva que durante semanas nos vendió un guion que poco a poco nos fue enganchando y nos mantuvo a todos pegados a la pantalla, sufriendo cada giro dramático.
Bajo la dirección técnica de un experimentado Javier Aguirre —en su cuestionado tercer ciclo en el banquillo mexicano—, el Tri firmó un inicio que encendió las alarmas del optimismo, a pesar del pobre y criticado camino de preparación que le precedió. La fase de grupos se volvió el estreno más taquillero del verano en México, cuando canchas atestiguaron el empuje y el hambre de victoria de Julián Quiñones y Luis Romo, junto a la frescura de jóvenes como Mateo Chávez o la revelación en la que se convirtió Gilberto Mora dentro y fuera de la cancha. Una selección que por momentos hizo creer que el orden táctico y la solidez defensiva eran el preludio de una gesta histórica o, al menos, para una nueva generación.
La opinión pública y la afición nos devoramos la ilusión por completo: en las calles, en las mesas y en las redes sociales ya no se pedía el quinto partido como un milagro, sino que se exigía como un derecho de piso bien ganado, impulsados además por la narrativa de redención de un delantero como Raúl Jiménez, que lo dejó todo en la cancha. Sin embargo, este idilio popular terminó estrellándose de frente contra la implacable y fría realidad del balompié nacional, recordándonos que la vida real no siempre tiene un final de Hollywood.
El último silbatazo retumbó en las pantallas y, de golpe, el país entero experimentó esa extraña amnesia colectiva que nos asalta cada cuatro años. Se desinflaron los globos, los sombreros regresaron al baúl y la salsa verde de la comida nos empezó a saber un poco más amarga. Así terminó el sueño mundialista de México.
El doloroso y vibrante 3-2 ante Inglaterra en el Estadio Ciudad de México funcionó como un cubetazo de agua fría que desnudó, una vez más, las carencias estructurales que sabemos que arrastramos desde hace décadas. Y mientras el público exige un nivel de potencia mundial y la maquinaria comercial lo alimenta, la realidad deportiva nos vuelve a demostrar que el fútbol mexicano sigue topándose con el mismo límite competitivo de siempre. Se jugó «un poquito mejor», se compitió de tú a tú y se cayó con el pecho al frente, pero el desenlace fue el mismo.
A pesar de esta situación, y dejando a un lado la realidad futbolística de sus seleccionados, el mayor fenómeno no estuvo en la cancha, sino en las tribunas, en las calles y en los videos virales. La afición mexicana volvió a demostrar que, si el Mundial se ganara con folclor, pasión y ánimo, seríamos pentacampeones.
Es fascinante —y digno de estudio sociológico— el brutal sentimiento nacionalista que nos despierta este torneo. En un país a menudo fragmentado, la camiseta verde funciona como el pegamento social perfecto. De repente, todos somos hermanos, todos sabemos de táctica y todos nos abrazamos con desconocidos en espacios públicos. Para nosotros, durante noventa minutos, el optimismo se vuelve una obligación nacional. Por eso creímos, de verdad creímos, que esta vez el destino nos debía una tregua.
Pero entonces llegó el triste despertar. La cruda realidad nos devolvió al lugar de siempre. Sí, se compitió mejor, se vio un planteamiento más serio y nos quedamos en la raya con una dignidad que había faltado en los últimos torneos. Quedamos poco mejor en lo numérico, pero en la misma instancia de siempre. El techo de cristal del fútbol mexicano demostró estar completamente blindado.
La lección que nos queda es que el entusiasmo no sustituye a la estructura. No se puede ganar un Mundial solo con «ganas» y con el empuje de una fanaticada que gasta lo que no tiene para alentar a los suyos. Quedarse a las puertas de la gloria con la sensación de que «esta vez sí se pudo» es, quizás, más doloroso que perder por goleada. Al final, la justa también justa nos muestra un gran contraste nacional: el entusiasmo de la gente viaja abarrotado de altas expectativas por todas las estaciones del metro, mientras que el desarrollo real de nuestra estructura futbolística sigue atrapado y estancado en la misma estación de siempre.
Quizá, distinto a los Ted Lasso nos enseñó en el futbol de la TV, hay que hacer, porque no es suficiente con solo “creer”.
Angel Sarmiento
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