Vamos en contra de nuestra voluntad más de lo que imaginamos. Nos suponemos libres porque “hacemos lo que queremos”, aunque la realidad es que muchos de nuestros actos están condicionados por agentes externos poseedores de una gran capacidad de convencimiento, como lo son los medios de comunicación, por ejemplo. Pero dejando de lado todo aquello que nos manipula sin que lo sepamos, si vamos en contra de nuestra voluntad es porque, en gran medida, no sabemos decir que “no” y por eso es que terminamos comprometiéndonos con lo que no queremos, o haciendo lo que nos desagrada, o involucrándonos en todo aquello que nada tiene que ver con nosotros y que tampoco suma a nuestro desarrollo, pero que aceptamos ante la incomodidad de sentir el extraño sentimiento de vergüenza que padecemos cuando nos negamos.
Decir “no”, o decir “sí”, es un acto fundamentalmente comunicativo. Lo que negamos o aceptamos idealmente tiene que ver con nuestra voluntad y nuestro deseo; idealmente porque, como ya sabemos, no siempre hacemos ni decimos lo que queremos ni lo que nos gusta. Es cierto que la vida no puede ser a nuestro antojo, a veces hay que hacer lo que nos pesa porque de alguna manera es necesario, sin embargo, en muchas ocasiones nuestra incapacidad para expresar lo que está en concordancia con nosotros mismos es lo que nos lleva a situaciones incómodas, vergonzosas, molestas y dolorosas.
Aceptar o negarse a algo no es fácil porque ningún acto de comunicación lo es. La comunicación es el proceso mediante el cual hacemos externo lo que es interno, específicamente lo que tiene que ver con las ideas, los pensamientos y los sentimientos. Nos comunicamos con los demás para resolver necesidades personales, pero también para existir, pues al comunicarnos el otro nos percibe y con ello es que existimos. Lo que no se percibe sencillamente no es, y por ello es que la comunicación resulta fundamental para nosotros.
Sin embargo, no todo lo que comunicamos o nos es comunicado es siempre comprensible, de hecho, casi nunca lo es. La mayoría de nuestros mensajes verbales y no verbales son malinterpretados por el otro, y de la misma manera nosotros somos incapaces de comprender plenamente los mensajes emanados por las demás personas. Prácticamente vivimos no en un sinsentido, sino en un malentendido, y por eso es que no nos ponemos de acuerdo.
Decir lo que sentimos y lo que pensamos es necesario para alcanzar la plenitud, sin embargo, la expresión tiene sus matices. Las leyendas de los sabios de la antigüedad mencionan que la sapiencia de éstos se debía al silencio que eran capaces de guardar, es decir, los sabios eran sabios porque hablaban poco y pensaban mucho, si pronunciaban alguna palabra o hilaban ciertas oraciones era porque antes ya habían reflexionado lo suficiente para tomar tal decisión, pero nuestros tiempos son muy distintos a los referidos por aquellas leyendas del pasado, y esto es porque nuestra sociedad habla mucho y piensa poco; las personas de nuestro tiempo generalmente comunica lo primero que piensa y siente, sin detenerse a pensar en si es pertinente. Comunicarse es necesario, pero a la vez es un aprendizaje constante, sobre todo cuando comprendemos la importancia de considerar la vida interna de quienes habrán de escucharnos.
Hay ideas que merecen ser dichas, pero otras vale la pena que se queden guardadas. En otros momentos, la comunicación tiene que hacerse a medias y guardando lo más valioso para uno mismo. Pero también hay personas con las que vale la pena arriesgarse y decirlo todo, principalmente cuando el mensaje es en bien general y no particular. Un antiguo proverbio dice que hay que cuidar no echar perlas a los cerdos porque habrán de devorarlas sin considerar su valor, lo que el proverbio nos indica es que si tenemos un tesoro, lo guardemos para quienes sabrán valorarlo, y qué mayor tesoro que la palabra, que el mensaje, que la comunicación por la cual somos alguien en la vida del otro. Los divulgadores Molo Cebrián, Luis Muiño y Mónica González explican el valor de la comunicación asertiva en su obra Entiende tu mente:
«¿Podemos decir “no” en un mundo donde parece que está mal no agradar, no asentir, o hacer comentarios alejados del pensamiento normativo? Parece que no es lo más indicado. La asertividad es la capacidad de tener relaciones de igualdad, de comunicar y transmitir a los demás que no somos ni menos ni más. Hablar con asertividad es abrirse con confianza al receptor del mensaje, sentirse con libertad para compartir y, a la vez, con la predisposición de respetar; decir “sí” a nosotros, aunque implique decirle “no” a los demás, y darle al receptor nuestro mensaje directo, sin ambigüedades, sin tibiezas. Cuando somos asertivos, nos quedamos a medio camino entre la agresividad (imponerse) y la pasividad (ser dominados). Si al comunicarnos somos pasivos, ponemos por delante el bienestar ajeno; parece que somos del agrado de los demás, pero lo que aprueban es nuestra sumisión; al someternos, no nos respetamos. Si nos comunicamos agresivamente es porque nos imponemos, suponemos que nuestra perspectiva es la única correcta; no respetamos al otro. En la comunicación pasivo–agresiva nos movemos a través de la manipulación para que el otro haga lo que queremos; el chantaje, el sarcasmo y el resentimiento son sus expresiones. En la comunicación asertiva, decimos lo que queremos y sentimos, a la vez que consideramos el sentir y querer del otro; a partir de ahí, se construyen acuerdos, aun cuando haya un “no” de por medio.»
Basta una sola palabra para darle a la vida un giro total. Un “sí” o un “no” pueden abrir o cerrar muchas puertas. La comunicación plena es un acto de la consciencia, pero hoy la palabra está más que degradada y lo único para salvarla es unir lo que pensamos con lo que sentimos, principalmente cuando se trata de cuidarnos y es necesario decirle “no” a los demás.








