El tiempo se agota, lo sabemos, ¿pero, entonces, por qué lo aceleramos?, ¿a qué se debe que malgastemos nuestros días o que nos entreguemos a hábitos que lejos de construirnos, nos degradan? El tiempo se agota, no el tiempo de este día, ni tampoco el tiempo para acabar lo que tenemos pendiente, sino el tiempo en el que nuestro corazón seguirá latiendo, bondadosamente, y sin pedirnos nada a cambio, ni siquiera que nos cuidemos.
La experiencia de la vida es única, pues para que se haya hecho realidad fue necesaria la interconexión de un sinfín de variables que hoy nos tienen aquí con los pies sobre la tierra, a pesar de ello, pocas veces, sino es que nunca, nos damos cuenta de ello. Vivimos dando por hecho que mañana habrá un nuevo amanecer, como si en verdad fuéramos imprescindibles para el cosmos, cuando en realidad no somos más que una de sus partes, en gran medida reemplazables, por ello es que cuando alguien muere el mundo sigue girando sin ningún cambio mayor al que podría producir en nuestra interioridad. Somos una mota de polvo en el universo.
Si todo, invariablemente, habrá de terminarse algún día, no hay razón para que caigamos en exageraciones. En ocasiones, abordamos las situaciones como si de éstas dependiera que el sol se levantara nuevamente el día de mañana, pero no es así; como las vidas humanas, cada uno de nuestros actos, es de alguna manera insignificante; ello no quiere decir que la vida carezca de valor; que algunas cuestiones no deban tomarse con seriedad; o que el respeto, el amor y la amistad deban olvidarse, sencillamente es importante a darle a cada persona y circunstancia el valor que realmente se merecen, nada de más ni de menos.
La obsesión y enaltecimiento que hoy en día se hace de la juventud, entendida ésta como expresión de la edad dorada del ser humano, no es más que la expresión del miedo a la muerte. ¿Pero qué es lo que tememos: la muerte en sí misma o la idea de morir? Posiblemente la respuesta sea la segunda en la mayoría de los casos. Tenemos el valor suficiente para enfrentar a la muerte, si un día nos la topáramos de frente con su armadura de huesos, su reloj de arena, sus alas marchitas y su guadaña, seguramente no dudaríamos en lanzarse uno que otro reclamo; incluso si la viéramos elegantemente vestida tendríamos el mismo coraje para plantarnos frente a ella y con la cara en alto.
Pero cuando hablamos no de la muerte, sino de la idea de morir las cosas cambian. Lo primero que imaginamos es nuestro cuerpo yaciendo bajo tierra o entrando en un horno para ser cremado, sin embargo, el error en tales alucinaciones es que sigue presente la idea del “yo”, es decir, cuando nos imaginamos así lo hacemos afirmando “yo debajo de la tierra”, “yo entrando en el horno”, pero cuando la muerte llega, el “yo” sencillamente desaparece, dejamos de ser y quedamos suspensos en ninguna parte; y eso es lo que nos atemoriza: saber que siendo en la muerte, no sabemos ni somos ante la vida.
Tener miedo de nuestra propia muerte no sirve de nada, lo sabemos, pero tampoco podemos hacer nada al respecto, pues no se trata de un miedo racional, sino existencial. No tememos por lo que pasará, sino por lo que ya está pasando: ahora mismo avanzamos hacia nuestra desintegración. El día de nuestra muerte no llegará en la vejez, tampoco cuando experimentemos un fatal accidente, un inevitable desastre natural, una violenta vivencia que agote todas nuestras fuerzas, no, el día de nuestra muerte es ahora mismo, fue ayer, y también fue antes de ayer, porque sin saberlo, hemos muerto ya muchas veces, sólo que lo hicimos sin tener consciencia de ello; de esto nos habla la médico Ana Claudia Quintana Arantes en su obra La muerte es un día que vale la pena vivir:
«Más que tenerle miedo a la muerte, tenemos miedo a morir. La muerte está después de nosotros, pero quienes habremos de morir somos nosotros, y tendremos que estar presentes al dar paso a quienes llegarán. Morir es vivir sabiendo que nos vamos. Mucha gente dice tener miedo a la muerte. Y nosotros nos espantamos cuando vemos cómo viven: beben más de la cuenta, fuman más de la cuenta, trabajan más de la cuenta, reclaman más de la cuenta, sufren más de la cuenta. Y viven de una manera insuficiente. Tienen miedo de la muerte y se apresuran locamente a su encuentro. Quien dice tener miedo a la muerte debería tener un miedo más responsable. Quién sabe si podríamos decir que deberían tenerle respeto. El miedo no salva a nadie del fin, tampoco el coraje. Pero el respeto por la muerte trae equilibrio y armonía en las decisiones. No trae inmortalidad física, pero posibilita la experiencia consciente de una vida que vale la pena de ser vivida, aunque tenga sufrimientos de vez en cuando. Podemos intentar creer que engañamos a la muerte, pero somos demasiado ignorantes para tal efecto. No morimos solamente el día de nuestra muerte. Morimos cada día que vivimos, conscientes o no de que estamos vivos. Pero morimos más aprisa cada día que vivimos privados de esa consciencia. Moriremos antes de la muerte cuando nos abandonemos. Moriremos después de la muerte cuando nos olviden.»
Tener consciencia de la muerte, así como de nuestra muerte, no nos salva del final, pero sí redirige la forma en la que caminamos hacia lo inevitable. Tener consciencia de la muerte es tener respeto por ella, así como amor a la vida. La consciencia no evita nuestra desaparición, pero sí reduce la ansiedad que ésta nos produce. Vivir sabiendo que de alguna manera ya hemos muerto nos hace conscientes del espejismo por el que transitamos diariamente, espejismo maravilloso y terrible al mismo tiempo y en donde la realidad del sufrimiento es inseparable de la del agradecimiento. Ya estamos aquí, no lo elegimos, y no queda más que aprender a caminar hacia donde lo ignoto y esperanzador se unen. Estar aquí es vivir sabiendo que nos vamos.








