Se acabó el Mundial.
Los pronósticos fallaron. Mi ilusión de ver a Cristiano Ronaldo levantando la copa tendrá que esperar… quizá para otra vida. Tenemos un nuevo campeón que no era el favorito, pero terminó dominando el torneo con una autoridad que pocos imaginaron.
Como ocurre después de cualquier batalla, aparecen los ganadores y los perdedores.
Yo veo entre los ganadores a España, por supuesto. También a Vozinha y esa inolvidable selección de Cabo Verde. Haaland y los vikingos noruegos que remaron contra la corriente. África confirmó que hoy es la cantera más fértil del futbol de élite. Estados Unidos terminó reconciliándose con su «soccer». Y, para nosotros, fue imposible no celebrar el extraordinario Mundial de Quiñones y Morita.
De lado de los perdedores también hay nombres inevitables.
La FIFA, una organización incapaz de encontrar el detergente que limpie décadas de descrédito. Canadá desperdició una oportunidad histórica como coanfitrión. Francia quedó lejos de las expectativas. Y Argentina, que salió con su prestigio futbolístico abollado, no por el resultado, sino por la suma de declaraciones desafortunadas, polémicas arbitrales y un estilo que nunca terminó de convencer.
Pero el Mundial nunca ha sido solamente futbol.
Es un gigantesco escenario donde la humanidad exhibe, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de sí misma.
Durante unas semanas vimos convivir rivalidades históricas, tensiones geopolíticas, gestos de enorme generosidad y escenas vergonzosas. Hubo racismo, discriminación, violencia, excesos y tragedias. También hubo abrazos entre desconocidos, historias de resiliencia, solidaridad y millones de personas compartiendo una emoción común sin importar el idioma.
Las redes sociales amplificaron todo.
Lo bueno… y lo miserable.
Cualquiera con un teléfono y hambre de viralidad se convirtió en el embajador internacional de lo peor que tiene una sociedad.
Y para allá es donde voy.
Terminamos creyendo que personajes viles representan lo que es un país entero.
No.
Los mexicanos no somos los energúmenos que arrojan cerveza por la espalda a turistas. Tampoco somos los jóvenes que, para cubrirse de la lluvia, arrancan una lona colocada por madres buscadoras, como si el dolor ajeno fuera su mobiliario urbano.
La inmensa mayoría de los paraguayos tampoco se siente representada por los exabruptos clasistas y racistas de una senadora. Como tampoco Argentina puede reducirse a un periodista estridente o a un puñado de influencers empeñados en convertir la arrogancia en contenido.
Somos bastante mejores que nuestros peores cinco minutos.
El problema es que los algoritmos nunca premian la normalidad. Premian el escándalo, engrandeciéndolo.
Nadie comparte al vecino amable, al aficionado respetuoso o al policía que hizo bien su trabajo. Eso no genera clics. Lo viral casi siempre encuentra combustible en la indignación.
Y terminamos construyendo caricaturas de sociedades completas a partir de sus personajes más impresentables.
Por fortuna, la moneda también tiene otra cara.
Gracias a esas mismas redes conocimos historias extraordinarias de jugadores, familias y aficionados. Descubrimos sacrificios invisibles, derrotas heroicas y victorias que iban mucho más allá del marcador. Durante unas semanas, cuarenta y ocho países tan distintos encontraron un lenguaje común alrededor de una pelota.
No es poca cosa.
Pero el Mundial tampoco escapa de la política.
Nunca lo ha hecho.
Mientras rodaba el balón, los gobiernos siguieron enfrentando guerras, crisis económicas, conflictos diplomáticos y problemas internos. Ahí estuvo también la presidenta Claudia Sheinbaum, sorteando con poco éxito semanas particularmente complicadas, hasta terminar presenciando la final desde el palco junto a Donald Trump y Melania, en una imagen que hace apenas unos meses habría parecido improbable.
Ojalá ese encuentro haya servido para algo más que la fotografía. Aunque, siendo sincero, me cuesta trabajo ser optimista.
Regresando a la cancha, conviene no perder la perspectiva y recordar que antes de juzgar a un país por su selección de fútbol, no olvidemos que son sólo once muchachos persiguiendo una pelota. Visten la camiseta de un país, pero no son ese país. Muchas veces ni siquiera nacieron o viven en él. Así que no hablan ni actúan en nombre de millones de personas.
Para bien o para mal. Nunca podrían representar la diversidad, las emociones, la riqueza, la historia y los retos de algo tan complejo como una nación, es imposible.
Es solamente un juego.
Quizá el más hermoso del mundo.
Y un país nunca cabe en una camiseta.
Yo, por lo pronto, me quedo con Animal destrozando la batería mientras Gustavo Dudamel dirigía a la banda de los Muppets en el mejor espectáculo de medio tiempo de la historia.
Y ahí sí, no pienso entrar en discusión.
Un abrazo!











