Cuando se anunció que México volvería a recibir una Copa del Mundo, muchos imaginaron restaurantes llenos, plazas abarrotadas, comercios vestidos de futbol y una derrama económica que beneficiaría prácticamente a todos.
La realidad fue distinta: Los datos publicados por Canirac muestran una derrama económica importante, superior a los 2 mil 500 millones de dólares, pero también revelan que fue menor a la proyectada. Llegaron muchos menos visitantes de los esperados y, sorprendentemente, el principal motor del consumo no fueron los turistas extranjeros, sino los propios mexicanos.
Más que un Mundial vivido en las calles, fue un Mundial hogareño.
Creo que existen al menos tres razones que ayudan a explicarlo. La primera fue el precio de acceso a los partidos. Para una gran parte de las familias mexicanas, asistir a un encuentro implicaba boletos, transporte, hospedaje y alimentos con costos difíciles de asumir. El torneo terminó siendo una experiencia presencial para una minoría, mientras millones lo siguieron desde casa.
La segunda fue la incertidumbre alrededor de las transmisiones públicas. Durante semanas, muchos restaurantes enfrentaron dudas sobre las condiciones para transmitir los partidos. Algunos optaron por no hacerlo por temor a incumplir las condiciones de sus contratos de televisión o exponerse a reclamaciones. Al mismo tiempo, muchos consumidores tampoco sabían con certeza qué establecimientos ofrecerían las transmisiones, reduciendo así el incentivo para salir. En los negocios, la incertidumbre suele ser enemiga del consumo.
La tercera fue un entorno comercial excesivamente restringido. La protección de los derechos comerciales asociados al torneo es comprensible y necesaria. Sin embargo, cuando las reglas para utilizar nombres, imágenes o referencias comerciales son percibidas como demasiado restrictivas, muchos pequeños negocios prefieren mantenerse al margen antes que correr riesgos. El resultado fue que miles de comercios no se apropiaron del ambiente mundialista como sí ocurrió en otras épocas.
Los grandes eventos internacionales generan valor cuando logran involucrar a toda la economía, desde las grandes marcas hasta el pequeño restaurante de barrio, la tienda de la esquina o la cafetería familiar.
Cuando la conversación comercial queda concentrada en unos cuantos actores, el entusiasmo colectivo pierde fuerza.
No significa que el torneo haya sido un fracaso. Al contrario, dejó una derrama económica importante y confirmó que la gastronomía sigue siendo uno de los motores del consumo en México.
Pero también dejó una enseñanza para empresarios y autoridades.
La economía de los grandes eventos no depende únicamente del número de turistas o del tamaño de la inversión. Depende, sobre todo, de la capacidad de hacer que millones de personas sientan que también forman parte de la fiesta.
Porque un Mundial no solo se juega dentro de un estadio. También se vive en las calles, en los restaurantes, en los comercios y en las pequeñas empresas que encuentran una oportunidad para crecer.
Cuando esa emoción logra contagiar a todo un país, entonces el verdadero ganador no es una selección, es la economía.
Foto de Angel Gabriel/Agencia Enfoque
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