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El mundo iluminado

Por Redacción
14 septiembre, 2020
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El mundo iluminado

Miguel Ángel Martínez Barradas

Seis meses desde que este año enfermó y nos sentimos al borde de la angustia; qué patéticos y débiles resultamos ser, pero no casual, vivimos en una sociedad terriblemente temerosa de cualquier forma de dolor y por eso nos hemos llenado de eufemismos que evitan hablar directamente de la muerte, del rechazo, de la fealdad, de lo grotesco, de la ignorancia. ¡Qué felices estábamos habitando este palacio de mentiras, hasta que la mortalidad tocó a la puerta y nos recordó la podredumbre a la que todos estamos llamados! Seis meses apenas, ¿de cuántos? ¿Siete, doce, veinticuatro? Si supiéramos estar con nosotros mismos la experiencia del dolor sería luminosa; el dolor es necesario, sobre todo si consideramos que la consigna que dice que el ser humano es esencialmente malvado parece no estar equivocada.

Hay enfermedades que se adquieren y otras vienen con nosotros desde el nacimiento, algunas, en los genes, y pocas, en el espíritu, éstas últimas parecen ser incurables y las únicas cuyos tormentos son realmente graves, no como los nuestros, mínimos y fácilmente olvidables gracias a las drogas electrónicas y digitales que diariamente nos suministramos. A propósito de estas afecciones espirituales hay una que ha prevalecido de generación en generación y que sólo ataca a determinados individuos, su nombre es melancolía y ya desde tiempos de la antigua Grecia eran advertidos sus mortales efectos. Melancolía significa ‘bilis negra’ y era el bazo el órgano en el que se pensaba que era generada, estando entre sus mayores síntomas una tristeza profunda acompañada de una nostalgia indescifrable, de una añoranza del origen verdadero de la esencia. La melancolía es una enfermedad espiritual detonada por una nostalgia estética en donde hay algo que se extraña, pero nunca se sabe qué concretamente. Y es la negrura de esta bilis la que oscurece nuestra mente y con ello la visión que del mundo tenemos.

El siglo XIX tuvo muchas modas, la melancolía fue una de ellas, y así, fingir un estado melancólico fue, en algunos casos, práctica jocosa y recurrente entre los artistas, principales pacientes de este mal. Hubo quienes se adelantaron al abordaje burlón de la melancolía, por ejemplo el poeta español Tomás de Iriarte, quien en el siglo de la luz racional hablaba así de la oscuridad espiritual: «Es el esplín, señora, una dolencia que de Inglaterra dicen que nos vino. Es mal humor, manía, displicencia, es amar la aflicción, perder el tino, aborrecer un hombre su existencia, renegar de su genio y su destino, y es, en fin, para hablarte sin rodeo, aquello que me da si no te veo». El esplín es la melancolía y la intención irónica del poema es evidente, se acentúa en el último verso, pero no todos los artistas trataron con la misma suavidad a la que es, hasta hoy, la enfermedad, por su incurabilidad y acción en el espíritu, más abismal de todas.

Muy distanciado está del poeta español, el maldito francés, Charles Baudelaire, maestro de la melancolía, llamada en sus versos ‘spleen’, voz de origen griego que significa ‘bazo’. En su obra “Las flores del mal”, Baudelaire se refiere a este mal en más de un poema, y sirvan de siniestra luz estos versos: «La necedad, el error, el pecado, la tacañería, ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos […] Cada día hacia el Infierno descendemos un paso, sin horror, a través de las tinieblas que hieden […] En nuestros cerebros bulle un pueblo de demonios, y, cuando respiramos, la muerte a los pulmones desciende, río invisible, con sordas quejas […] Pero entre los chacales, los escorpiones, los monstruos […] en la jaula infame de nuestros vicios, ¡hay uno más hórrido, más malo, más inmundo! […] que en un bostezo tragaríase todo: ¡Es el Tedio! Tú conoces, lector, este monstruo delicado, —Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano! […] La Esperanza vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica, sobre mi cráneo prosternado planta su bandera negra».

Los griegos advirtieron bien la predisposición de algunos hacia la melancolía. Los españoles y franceses la satirizaron fingidamente, pues sucumbieron hondamente a ella. De América Latina la melancolía no se olvidó, y entre las muchas almas que atormentó fue la del poeta colombiano José Asunción Silva una de sus obras maestras. Cuando niño, a la edad de diez años, Silva se hizo notar con su poema “Primera comunión”, que alegre e inocente cantaba: «Todo en esos momentos respiraba una pureza mística; las luces matinales que alumbraban la ignorada capilla, los cantos religiosos que pausados hasta el cielo subían, el aroma suave del incienso al perderse en espiras, las voces interiores de otro mundo sonoras y tranquilas, los dulces niños colocados junto al altar de rodillas y hasta los viejos santos en los lienzos de oscura vaga tinta bajo el polvo de siglos que los cubre mudos sonreían». ¡Ah, maravilloso poema!, sin embargo, la semilla de la melancolía crecería en este dulce infante, quien pasados sus treinta años se haría notar como suicida ejemplar y elegante, dejando entre sus poemas el llamado “Mal de siglo”, que ya no canta, sino que llora, así: «Un desaliento de la vida que en lo íntimo de mí se arraiga y nace, el mal del siglo… el mismo mal de Werther, de Rolla, de Manfredo y de Leopardi. Un cansancio de todo, un absoluto desprecio por lo humano… un incesante renegar de lo vil de la existencia, digno de mi maestro Schopenhauer; un malestar profundo que se aumenta con todas las torturas del análisis…»; llegado a estas conclusiones, Silva se disparó en el pecho.

¿Qué es nuestro confinamiento medianamente cómodo y causado por un mal externo, si lo comparamos con este mal espiritual llamado melancolía? Somos débiles y torpes, es necesario repetirlo hasta el cansancio, niños caprichosos y furiosos por no poder salir al mundo a malgastar nuestros días. La bilis negra es un río cuyo manantial hay que buscar en los orígenes de nuestra especie. Sentimos melancolía, nostalgia, añoranza, ¿pero de qué? El siglo XIX explotó hasta el cansancio el tema del spleen, sin embargo, ya desde antes de Silva, de Baudelaire y aún de Hipócrates la melancolía se presentaba como un oleaje sagrado que nos mece hacia la oscuridad del ser. Somos melancólicos, ¿no sería mejor dejar de huir y darle una oportunidad al dolor?

www.elmundoiluminado.com
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Etiquetas: El mundo iluminadoMiguel Martínez BarradasUn río de bilis negra
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