Miguel Ángel Martínez Barradas
Hagamos un ejercicio. Imaginemos que tenemos la posibilidad de despojarnos de nuestras cosas, de nuestros libros, de nuestra casa y aún de toda nuestra ropa, incluso la que llevamos puesta. Abandonemos nuestro dinero, nuestros títulos y reconocimientos, nuestra historia. Dejemos también apartada nuestra posición social y nuestra reputación, y desechemos a las personas que estimemos. Renunciemos a todo bien material, a toda ideología, al poco o mucho poder que ejerzamos. Todavía falta. Sin cosas, sin reconocimientos, sin personas y sin poder, dejemos ahora y para siempre nuestro nombre, aquellas palabras en torno a las que nos hemos construído. ¿Qué nos queda? Nada. Vacíos, o mejor dicho despojados, nos llenamos de un miedo a la vacuidad que nos paraliza frente al mundo. Tenemos temor de convertirnos en nada, y por eso nos aferramos a tenerlo todo, y de este anhelo equivocado deviene toda la ansiedad que en veces nos atormenta.
¿Qué podemos hacer frente a la ansiedad? ¿Cómo podríamos sobrevivir en este mundo de desigualdades e injusticias sin poseer nada? ¿Cuál es la herramienta que poseemos para salvarnos de ser devorados por nuestros iguales? La ansiedad es el efecto de un espíritu intranquilo, de un individuo que vive en constante estado de alerta por miedo al mundo en el que vive, pero esto no es más que apariencia, no es más que ilusión. Vive tranquilamente y con una mente pacífica y verás la tranquilidad y la paz del mundo; vive con miedo y con un pensamiento angustiado y verás odio e injusticias en donde sea que poses tu mirada. El mundo no es más que el reflejo de nuestra vida interior.
El filósofo hindú Jiddu Krishnamurti consideraba que antes de buscar la justicia, de aspirar a la verdad o de indagar en la reconciliación con lo sagrado era fundamental conocerse a sí mismo. Podríamos pensar que esto es una obviedad y que además no es nada nuevo, pues anteriormente ya había dicho lo mismo el oráculo de Delfos de la antigua Grecia: Conócete a ti mismo. Sin embargo, la vía hacia el autoconocimiento que Krishnamurti propone es muy diferente a la de los helenos, pues mientras que para éstos la razón es la vía principal para llevar a cabo dicha empresa, para el hindú la razón se muestra como un estorbo que sólo nos engaña y estrecha nuestra visión del mundo.
Krishnamurti fue un niño común hasta que llegó a la adolescencia y fue descubierto en unas playas de la india por un hombre llamado Charles Webster Leadbeater, quien en ese entonces dirigía a la Sociedad Teosófica junto con Annie Besant, quien años después presidiría el Congreso Nacional Indio. La Sociedad Teosófica es una fraternidad esotérica fundada hacia finales del siglo XIX por Helena Blavatsky, quien considera a la Verdad como la más elevada religión, por lo que la Teosofía será una escuela iniciática que, además de reunir las enseñanzas herméticas de las principales escuelas ocultistas, se nutrirá con las doctrinas del cristianismo, del budismo y del hinduismo. Leadbeater, líder conjunto de esta fraternidad, vislumbró en el niño Krishnamurti que se paseaba por las costas indias al próximo gran maestro de la humanidad, y con este ideal lo adoptó junto con Annie Besant, instruyéndolo ambos en los misterios de la Teosofía.
Ya en la edad adulta, Krishnamurti, quien había atravesado por experiencias mistéricas que habían abierto su tercer ojo, se separó de la Sociedad Teosófica y emprendió un camino de autoconocimiento que a pesar de estar centrado en la vida modesta lo llevó a ser conocido en todo el mundo. El legado que se conserva de él consiste en una amplia bibliografía escrita por él mismo, así como la reunión de innumerables conferencias centradas en la búsqueda de la felicidad a partir del conocimiento del yo. De entre sus innúmeras ideas, centrémonos en las siguientes: «Para comprender los innumerables problemas que tiene cada uno de nosotros, ¿no es esencial que haya conocimiento propio? Uno se descubre a sí mismo, no en el aislamiento, sino en la con la sociedad. La transformación del mundo resulta de la transformación de uno mismo. Uno debe conocerse tal como es, no como quisiera ser. La autoridad impide la comprensión de uno mismo. La mente puede estar quieta sólo cuando es sencilla, cuando ya no acumula, ni condena, ni juzga, ni sopesa. Entiendo por «conocerse a sí mismo», conocer cada pensamiento, cada estado de ánimo, cada palabra, cada sentimiento. Yo y el mundo no somos dos entidades diferentes con problemas separados; yo y el mundo somos uno.»
El problema de no conocerse a uno mismo es más serio de lo que parece. El desconocimiento de sí implica carecer de una base para estructurar al pensamiento. ¿Qué es lo que cada uno de nosotros quiere en la vida? ¿Cómo pretendemos alcanzarlo si somos desconocidos para nosotros mismos? A la pregunta de qué buscamos para nosotros la mayoría respondería que anhela la conquista de la felicidad. ¿Pero es realmente la felicidad a lo que aspiramos? ¿No será, acaso, que la hemos confundido con la satisfacción? Porque la una no es lo mismo que la otra. La felicidad implica renuncia a nuestras creencias y a lo que somos, mientras que la satisfacción está más emparentada con lo que nos es placentero y nos hace destacar por sobre los demás. Krishnamurti estaba convencido de que en la sociedad actual pocos eran los individuos que buscaban genuinamente lograr su autoconocimiento y que más que felicidad, lo que la mayoría perseguía era la satisfacción, representada ésta en bienes materiales, religiones, ideologías sociales y políticas, aspectos de la vida humana que si bien son imborrables del mundo resultan perniciosos para el ser humano.
Autoconocernos requiere sólo de atención y es la base para vivir en consonancia con el mundo, para distinguir cuándo estamos buscando la felicidad, y cuando estamos cayendo en la trampa del egoísmo, de la idolatría del poder y de la satisfacción.

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