Blanca Alcalá
Pese a representar 10% del PIB mundial, y al menos 20% de la población activa del planeta, el turismo tuvo que detenerse ante la visita de un huésped inesperado: la emergencia sanitaria ocasionada por el COVID-19. En varias ciudades patrimonio –como Barcelona o Venecia– se pasó del overtourism (exceso del turismo) al undertourism (decrecimiento del turismo, un periodo de hibernación). Se pasó también de la turismofobia a la turiscovidfobia, como ocurrió en España cuando los madrileños, al dirigirse a sus casas de descanso en otras regiones del país, encontraron obstáculos físicos en las carreteras de acceso, colocados por residentes locales que buscaban protegerse de la llegada de turistas ante el miedo de que fueran agentes trasmisores de la enfermedad.
La pandemia paralizó la ocupación hotelera, los movimientos en fronteras, canceló itinerarios de vuelos, colapsó el servicio en restaurantes, la visita de paseantes, los eventos deportivos masivos, los espectáculos culturales, etc. El Consejo Mundial de Viajes (WTTC por sus siglas en inglés) estima un impacto negativo mundial de 30 mil millones de dólares y la pérdida de 1 millón de empleos cada día que pasa la pandemia.
La hiperconectividad, característica del siglo XXI derivada del uso de los medios modernos de transporte y comunicación que hacen posible recorrer destinos múltiples en tiempos antes inimaginables, entró en una nueva fase. Las actividades trasfrontera de diplomáticos, hombres y mujeres de negocios, así como los intercambios académicos, se han detenido por lo pronto.
Recuerdo un martes en el que asistí por la mañana a la sesión del Senado, salí hacia el mediodía para tener una reunión con representantes de 26 países esa misma tarde en Panamá, viajé por la noche al viejo continente, participé al día siguiente en la Sesión del Parlamento Europeo y regresé al país antes de concluir la semana, hoy la viabilidad y pertinencia de ese itinerario hubiera estado en duda.
En 2019, México se consolidó como uno de los 10 países más visitados del mundo al recibir 45 millones de turistas internacionales con una derrama económica de 24 mil 563 millones de dólares y un crecimiento de 9% anual. Desafortunadamente, la crisis internacional del COVID-19 ha golpeado a este sector de forma drástica.
En México se registra una caída de 34.4% de visitantes extranjeros para el primer trimestre de 2020 y la disminución de 45.6% en la derrama económica. Los problemas, amenazas y esperanzas para ciudades que se nutrían o vivían del turismo, y para todos los agentes involucrados en el sector, se multiplican. La vuelta a la normalidad para ellos será mas lenta que para otras actividades. La magnitud de los cambios que deben afrontar es mayúscula.
Plantear respuestas de corto, mediano y largo plazo, e inclusive replantear estrategias para reconvertir su mercado hacia lo local, regional y nacional antes de volver a pensar en el turismo internacional, será no solo prioridad sino una necesidad.
Estudiosos del tema señalan, por ejemplo, que los consumidores vigilarán a las empresas que no hagan nada por sus clientes y los exhibirán, que los sitios naturales e intactos serán más apetecibles que los urbanos y artificiales, que la tendencia a los viajes nacionales se acelerará, que aumentarán los viajes más cortos, sea por razones de seguridad o por presupuestos más reducidos, y que los millenials estarán más abiertos para viajar en comparación con la gente adulta que preferirá permanecer en casa.
Cinco meses después de haberse iniciado esta pandemia, el mundo cambió y el sector turístico no será la excepción; su tamaño, características e impacto, como hemos anotado, tendrá que redimensionarse. Habrá esperanzas, pero también nuevos desafíos. Serán necesarios cambios estructurales y no solo coyunturales. Por cierto, en ciudades con vocación turística como Puebla capital, urge que las condiciones de seguridad pública, reordenamiento del comercio informal y limpieza, requisitos para su promoción, vuelvan a ser práctica de un ejercicio de gobernanza de la autoridad.
Los prestadores del servicio, los visitantes, irán a donde se les ofrezca seguridad ante un posible contagio, pero también donde puedan caminar con tranquilidad, donde descubran experiencias positivas que disfrutar y un trato amable para recuperar la confianza de viajar.
Son tiempos de reinventarse, de repensar la relación con hoteleros, restauranteros, pequeños emprendedores que abastecen productos locales, camareras, valet parkings, cocineras, chefs; todos los que intervienen en la cadena de valor, desde el modesto negocios de cemitas hasta el restaurante que apostó su capital en un establecimiento que hoy tendrá que readaptar.
Son tiempos de cambio, tiempos en que las autoridades deben actuar con innovación y responsabilidad para estar a la altura de las esperanzas y los desafíos de un sector estratégico para México y nuestra entidad.

Blanca Alcalá
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