El Heraldo de Puebla

El mundo iluminado

Hombres de poca fe

Miguel Martínez Barradas

A ninguno de nosotros nos es ajeno el dolor, como tampoco el sufrimiento, y si bien todos nuestros esfuerzos, día con día, están encaminados a la obtención de la felicidad ulterior, de la alegría resplandeciente, lo cierto es que hay temporadas en las que pareciera que tenemos al mundo en contra. Pero no todos los días son así –¿afortunadamente?–, pues hay otros en los que es la humanidad entera la que pareciera estar siendo castigada por el universo mismo, y así, no sólo es uno mismo el que sufre, sino también el otro, los demás, a quienes conocemos, pero también de quienes ignoramos sus nombres, incluso sus existencias; los que sufrimos somos todos; nuestra única herencia segura es el castigo por la desobediencia de Eva y Adán.

¿Qué hacer con la infelicidad que nos aqueja? ¿Cómo enfrentar al necesario dolor, distinguiéndolo del opcional sufrimiento? Muchas son las mentes que han intentado dar una respuesta a este problema depresivo que pareciera estar en la misma constitución natural del ser humano, sin embargo, baste revisar únicamente a dos de estos intelectos –¿superiores?– a fin de obtener enseñanzas útiles que si bien no remediarán nuestros conflictos internos, permitirán al menos enderezar ligeramente el paso torcido con que andamos por la vida desde hace mucho.

Hace unos pocos años, no hace falta decir cuántos para no enturbiar a la imaginación, dos hombres de fe, guías espirituales, iluminados podríamos llamarlos sin pretender mover a la emoción que precede a la decepción, se reunieron amistosamente no para soslayar sus convicciones personales, sino para enriquecerse mutuamente aceptando que cada uno practicara un dogma diferente. La reunión ocurrió en un lugar apartado y privado, pero esto no evitó que los rumores de su encuentro viajaran con la misma prontitud de un rayo que se abre paso entre la tormenta. El motivo del encuentro era único: reflexionar sobre el lugar en que debemos de buscar a la alegría, luchando en todo momento con el sufrimiento que nos aprisiona. Múltiples fueron los diálogos que lograron filtrarse de aquella vasta conversación, pero por las limitaciones a que estamos sujetos sirvan los siguientes para comenzar a reflexionar.

Inicia el maestro número uno –así lo conoceremos por ahora– diciendo: «Somos criaturas frágiles, y precisamente desde esa debilidad y no a pesar de ella, descubrimos la posibilidad de la auténtica felicidad». Los pocos curiosos que hasta el recinto han logrado inmiscuirse quedan abortos ante la elocuencia del maestro número uno, misma que podríamos resumir así: La auténtica felicidad es asequible a pesar de nuestra fragilidad, de nuestra debilidad, de la escasa fuerza con que resistimos a la opresión de este mundo al que parece que no le importamos, ¿o acaso no es así? Unos nacen y otros mueren, y el mundo continúa con la misma vivacidad que poseía desde que lo conocimos cuando niños, aquella etapa pueril en la que nuestros más profundos miedos se moldean y nos someten, pues ¿acaso el miedo que nos paraliza en el presente, no ha sido siempre el mismo?, aquel que surgía cuando la luz del hogar faltaba o cuando nuestros padres encolerizados jadeaban mientras nos buscaban para reprendernos. El mundo, además de tristeza, pareciera ser también miedo.

El maestro número dos revira: «La vida está llena de desafíos y adversidades. El miedo es inevitable, al igual que el dolor y, con el tiempo, la muerte. Siento decir que, por desgracia, el descubrimiento de una alegría mayor no nos salva de la adversidad o de la pena. ». El maestro número uno, desde su sitial, añade: «¿Cuál es el propósito de la vida? Tras considerarlo largamente, creo que es encontrar la felicidad. Desde el momento en que nacemos, todos ansiamos hallar la felicidad y evitar el sufrimiento. La principal fuente de felicidad está en nuestro interior. No en el dinero, ni en el poder, ni en el estatus social».

Por los rumores de algunos testigos que estuvieron presentes en la conversación, sabemos que las exclamaciones de júbilo no faltaron cuando el maestro número uno resolvió el enigma de la vida: lo que buscamos es la felicidad y ésta se halla en el interior de cada uno de nosotros. Cuánta alegría hubo entre los asistentes al saber que, a pesar de su pobreza material, mas no espiritual, podrían llegar a ser tan felices como el maestro número uno y el maestro número dos, cuyos nombres, respectivamente, son Tenzin Gyatso y Desmond Tutu, al primero lo conocemos como Dalai Lama, y el segundo ostentó el cargo de Arzobispo Primado de la Unión Sudafricana. Ambos personajes fueron condecorados, en periodos diferentes con el Premio Nobel de la Paz.

La mencionada conversación tuvo lugar en la residencia privada del Dalai Lama, a la que llegaron los guías espirituales escoltados por el ejército nacional, luego de que salieran del jet privado que los había dejado en el aeropuerto la ciudad de Dharamsala. Vestidos elegantemente y con la bandera de la paz y de la fe, los iluminados atravesaron las calles de la ciudad que habían sido cerradas en favor suyo a fin de que pudieran disertar, alejados de la marginalidad de sus hermanos, sobre cómo es conveniente alejarse de los bienes materiales para alcanzar la felicidad y la alegría. El relato quedó registrado en una obra intitulada “El libro de la alegría”, escrito por Douglas Abrams, quien estuvo alegremente presente en cada uno de los encuentros entre el budista y el anglicano, quienes a pesar de haber instruido a los curiosos sobre las necesidad de vivir para el desapego, fueron incapaces de demostrar alguna evidencia, aunque fuera mínima, de correlación entre sus palabras y sus actos. Si “El libro de la alegría” nos es útil, no es tanto por lo que nos dice literalmente, sino por lo que nos enseña en las contradicciones de los mencionados “guías espirituales”, quienes al término de cada conversación bebían té y se retiraban, ayudados por sus sirvientes, a la privacidad de sus habitaciones, desde la que faltos de toda humildad, y llenos de ego, negaban ser hombres de poca fe.

www.elmundoiluminado.com
miguelmartinezbarradas@gmail.com

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