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Tú, Yo y el Rayo

Por Redacción
22 octubre, 2020
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Tú, Yo y el Rayo

Atenea dormía plácidamente cuando el Rayo descendió del cielo. Tronó como los mil demonios. El intenso destello del meteoro hizo tiras la noche. La casa se tambaleó en ánimos de caerse. Se le hizo un boquete grande a la fachada como si gigantescas garras buscaran algo adentro. La nana subió a la planta alta luego de recobrar el equilibrio y comprender lo que había sucedido; encontró a Atenea tirada e inconsciente en el piso, la habitación estaba hecha un desastre, los muebles rotos y chamuscados, todo ennegrecido. Era la madrugada del tres de noviembre.

Cuando Aarón llegó al Restaurante del Muelle poco antes de las tres de la tarde el chofer de Atenea ya lo esperaba. Fue la nana quien lo envió a avisarle del siniestro; sabía que entre ellos existía algo más que amistad, además de que lo tenía por hombre de buena fe. Atenea se encontraba internada en el hospital San Carlos del puerto de Veracruz, viva, pero todavía inconsciente. El parte médico, a una semana del meteoro, consignaba que los signos vitales se encontraban estables y su estado de salud fuera de peligro; sin embargo, seguía dormida, sin indicios de despertar. Aarón ingresó al área donde convalecía para estar con ella. Su piel era del color de la flor del durazno y la expresión del rostro de tranquilidad. La nana que no se le había despegado un solo instante se encargó de peinarla para que la encontrara linda y rozagante. Así la vio Aarón, dormida, soñadora y con los ojos de tonto con que los enamorados ven al ser amado. Sin quitarle la vista de encima le acarició la mejilla, cogió su mano suavemente y con el dorso se acarició la cara para sentir su calor. Se inclinó para besarla, pero antes de consumar el beso, recordó que la nana lo observaba. Retrocedió avergonzado.

–Adelante. Por mí ni se incomode. Si la amas bésala. Estoy segura que la harías muy feliz… si estuviera despierta –dijo la nana casi entre sollozos. Sabía que el hombre ideal para su niña era él y la mujer ideal para él era ella.

Aarón se reclinó sin prisa, depositó un tierno beso en sus labios y aspiró de su cabello el peculiar aroma a flores del campo que la distinguía. Tres zopilotes entraron por la puerta en ese instante, presenciaron la escena romántica. Eran sus tías que después de una larga semana, finalmente, hacían acto de presencia a pesar de haber sido avisadas con oportunidad. El beso las escandalizó. Atenea no era una mujer casada y que ellas supieran tampoco tenía prometido; además, no conocían a Aarón, jamás se lo presentaron, no tenían referencias de él en las fiestas de alcurnia ni sabían el origen de su familia. Se armó tremendo alboroto. Las tías se indignaron. Quisieron echarlo a empujones del cuarto de convalecencia pero la nana, que arrojo era lo que le sobraba, salió en su defensa:

–El señor Aarón y la señorita Atenea son novios desde hace tiempo, se aman y él ha estado al pendiente de ella desde que ocurrió el accidente –mintió.

La terna de zopilotes peinó sus elegantes vestidos de organdí con las manos, lo barrieron de arriba abajo y recobraron la compostura. A regañadientes admitieron su presencia, pero sin dignarse a cruzar palabra con él.

–¿Se muere o no se muere? –preguntó una de ellas, la peor y más alzada.

–¡No! ¡No se muere! –respondió la nana envalentonada dispuesta a defender a su niña de los carroñeros–. ¡Y si desean su muerte, lamento decirles que los médicos han dicho que tiene tan buena salud que despertará en cualquier momento! ¡Incluso ahora mismo! ¡¡Y si a eso fue a lo único que vinieron, ya pueden irse!!

–¡Insolente! ¡Majadera! ¡Cuando muera tu ama lo primero que haremos será ponerte de patitas en la calle! –amenazó otra de las tías.

–¡Pues mientras eso no ocurra tendrán que seguirme soportando! ¡¡Ahora, largo de aquí!!

Furiosas por la respuesta de la niñera abandonaron presurosas el cuarto de hospital como lo hiciera una terna de pavorreales correteados por el perro, no sin antes lanzar miradas abrasadoras al supuesto novio, al que vieron por encima del hombro con etiqueta de rival de la herencia en ciernes a la que según ellas tenían más derecho que la propia nieta del Abuelo. Una cosa era conocer de oídas a las tías de Atenea y otra muy distinta conocerlas en persona. Acostumbrada a ellas la nana no le dio mayor importancia al incidente.

Tres días habrían de transcurrir para que Atenea despertara. Aarón no se despegó de ella ni un instante. Él y la nana se hicieron compañía casi sin dirigirse la palabra, aunque con el mismo deseo de que Atenea saliera del estado vegetativo en que se encontraba. Cosa curiosa, a la misma hora que el Rayo cayó en La Antigua, a esa misma hora de la madrugada abrió los ojos. La nana dormitaba con la cabeza puesta sobre la cama en tanto que Aarón la observaba de pie, en un estado de catarsis casi meditativo, como aquel que estoico resiste las inclemencias del medio que lo rodea para no perderse el regalo de la naturaleza. Atenea lo miró fijamente, observó a la mujer que recargaba la cabeza en la orilla de la cama y la identificó, curioseó lo que la rodeaba y, por último, vio sus manos, su cuerpo, sus pies. Aarón se convirtió en simple espectador. Atenea no era la misma. Sus ojos ahora, además de aceitunados, eran vivos, sensibles, extraordinariamente bellos y divinos, apreciaban lo que existía a su alrededor, lo que había, los colores, los objetos y las personas en su estado natural. Otra, en su lugar, habría estallado en llanto por la dicha de ver, después de vivir una larga y tormentosa vida en completa oscuridad, pero Atenea no era así, ella asumía toda situación, adversa o benévola, con la mayor naturalidad posible. Y si tuvo ganas de hacerlo supo aparentarlo bastante bien.

–¿Quién eres? –preguntó.

Los gestos de Aarón y su estatura le hicieron imaginar de quién se trataba, sin embargo, evitó adelantarse, pues el Aarón que conocía no olía a nada y el sujeto que estaba parado a un lado de la cama despedía un aroma avasallador, casi obsceno.

–Soy un amigo tuyo…

Por la voz lo supo. Con las palabras que escuchó fue suficiente.

–¡Silencio! –ordenó categórica–. No digas más. Eres Aarón –lo calificó de un vistazo rápido de pies a cabeza–. Mmm, estás más guapo de lo que creí, eres más apuesto, eres realmente atractivo, aunque noto un cambio, ¡no lo niegues que no soy estúpida! A diferencia de la última vez que estuvimos juntos, ahora ya secretas testosterona, digamos que hueles a macho. Tu olor es bastante fuerte y penetrante. Invita al sexo. ¿Qué hiciste bribón?

Después de lanzar la pregunta se quedó callada en espera de la respuesta. La nana seguía dormida, o lo aparentaba porque no se movió. Aarón por supuesto que quería contarle su experiencia, pero priorizó el milagro de que Atenea podía ver siendo que carecía de ese privilegio desde su nacimiento.

–Lo mío no importa. Ya te lo contaré –esquivó la demanda por creer que no era el momento adecuado para abordar el tema–. Lo realmente importante es que puedes ver –sonrió entusiasmado– y desde este momento te asombrarás de cómo es el mundo que te rodea en sus colores naturales, igual que sus formas.

Atenea le dio la razón. Ver era una maravilla, una bendición del cielo, algo formidable, de tal manera que se olvidó de la pregunta. Su rostro adoptó la expresión de una niña feliz por la muñeca nueva. No era para menos. En ese momento la nana despertó, alzó la cara y se llevó la sorpresa de su vida. Atenea la recibió con su nueva mirada. Compartió con ella el milagro de la vista. Si antes la nana había maldecido al Rayo que casi mata a su niña ahora lo bendijo. Atenea estaba sedienta de explicaciones. Quiso saber lo ocurrido pues no recordaba nada, ni siquiera que se encontraba dormida en la recámara cuando el meteoro impactó la fachada de la casa. Se le contó con lujo de detalles el suceso, por lo que había pasado en el hospital y los días que había permanecido inconsciente. Atenea y la nana se preguntaron una, mil veces, cómo un Rayo pudo curar lo que los médicos no pudieron. Y fueron ellos, los que inventaron mil explicaciones pero ninguna las convenció plenamente, cargaron el milagro al Dios Todo Poderoso de los cristianos. Algo tan simple como eso para explicar lo inexplicable. Aarón asintió las mil invenciones que les pasaron por la cabeza, compartió la alegría de las dos mujeres. Él no opinó, no dijo nada, sólo escuchó y estuvo de acuerdo. La nana consiguió un espejo cosmético con las enfermeras para que Atenea se conociera, por vez primera, pues aunque al tacto ya se conocía, verse reflejada en el cristal era completamente distinto.

–Eres muy hermosa –adelantó Aarón el juicio antes de que ella o la nana opinaran al respecto–. Eres encantadora.

–¿Te parece?

–Por supuesto.

La nana asintió. Todo fue nuevo para Atenea. Vio el pequeño espacio en que estaba y se maravilló.

Etiquetas: Jesús RamosTú yo y el RayoUn rayo le quitó la vista y otro se la devolvió
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