El Heraldo de Puebla

Un susurro de las calles

Maestra Ruth García Rivera 

Caminaba un día de la mano de mi abuela, fuimos a comprar dulces típicos en la Calle de Santa Clara; degustábamos una tortita cuando se detuvo delante de una casona abandonada, la mirada se le perdió a través de la reja que mostraba una hermosa escalinata, las luces bañaban el espacio delicadamente, dejando a la imaginación lo que en ese lugar alguna vez pasó. Mi abuela soltó un gran suspiro y retomó el caminar, volteo a verme, porque sintió mi inquietante mirada que, a modo de súplica, le pedía que me contara lo que por su mente pasaba sobre aquel hermoso lugar. 

Ahora que han pasado los años, vuelvo a comprar dulces por esa calle y procuro pasar por aquel lugar, para recordar las aventuras e historias que mi abuela me solía contar, no sólo de esa preciosa casona, sino de las muchas otras que en Puebla hay. 

De acuerdo al libro de “Las Calles de Puebla” de Hugo Leicht , la Calle de Santa Clara, es nombrada en 1741 y desde las Ordenanzas de Flon de 1796, conocida también como la 3ª cuadra de la Calle de los Mercaderes hasta 1795, y Calle de Santa Clara o 3ª de Mercaderes a partir de 1839, hoy conocida como la 6 oriente, envuelve varias historias de aromas de dulces típicos, a pólvora de la revolución, a inciensos de iglesia y de otros tantos olores, imágenes, colores, letreros y muchos detalles más, que por esos pasajes se entretejen y que en la historia de mi abuela, comenzaba por unos niños, que ataviados en trajes de gala, crinolinas y zapatos bien lustrados, bajaban por esa gran escalera para salir a pasear por las hermosas calles de Puebla, y si se portaban bien, ser premiados al final por unos coloridos y deliciosos camotes. 

De aquella reja que deja ver aún el interior del edificio, si pones mucha atención, podrás escuchar la risa de los niños que corrían por los pasillos, de esa gran escalinata rematada por una hermosa forja muy bien labrada con flores y aves, ver a los enamorados salir de la mano, claro acompañados de su chaperón, para ir a tomar un helado al zócalo, de las ventanas y balcones podrás escuchar los suspiros dejados a la luna y si pones mucho cuidado hasta sentir el miedo de escuchar los disparos que a pocos metros salían de la casa de los vecinos apellidados Serdán. 

Entre los azulejos de talavera que decoraban la cocina, podrás ver a un Pascual Baylón que lucha por no ser borrado por la intemperie, e imaginar los hervores que de aquellas ollas de barro se producían. El piso de mosaicos de pasta multicolores se niega a soltar el zapateo constante que por años vivió, y la pintura de los muros, ya desquebrajada aún muestra el patrón realizado con sellos que tan cuidadosamente era trabajado para ser simétrico. 

Por esa gran puerta podrás imaginar, al padre de familia, que muy orgulloso llevaba a sus hijas del brazo, ataviadas con hermosos y elaborados vestidos de novia, llenos de detalles bordados a mano, pedrería que formaba flores y alegorías, tul, organza, o seda, llevando azahares en sus tocados y en el ramo de sus manos, para ser entregadas a una cuadra más, en la Capilla del Rosario. 

Mi abuela me enseñó a ver cada detalle arquitectónico, la tipografía de los rótulos de las tiendas, de los letreros de las calles, las curiosidades de las formas adoquines, los detalles de las esculturas, de las lámparas, portones y hasta en los grabados de las alcantarillas circulares, tal vez por eso estudié diseño. 

Ahora en días de muertos, no sólo le coloco, sus dulces favoritos, le agrego alguna foto de lugares por donde solíamos a caminar y que ella tanto me enseñó a amar. 

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